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Los inicios de la educación sexual bajo el castrismo

LA HABANA, Cuba. — A finales de los años 70 y hasta bien entrada la década de 1980, cuando al régimen castrista le dio por introducir la educación sexual en Cuba, el enfoque dado difería mucho del que propugna en la actualidad, particularmente con el tan avanzado en algunos aspectos Código de las Familias que pretende imponer hoy.

Por más que intentara disimularlo, la educación que pretendía el Grupo Nacional de Trabajo sobre Educación Sexual no dejaba de ser heteronormativa, patriarcal y discriminatoria hacia las personas homosexuales.

Aunque habían quedado atrás las UMAP y la parametración, y las redadas policiales contra los gais ya no eran tan sistemáticas, el carácter del régimen seguía siendo fuertemente machista y homofóbico.

Recordemos que en el verano de 1980, cuando el éxodo de Mariel, “maricón” era uno de los insultos más usados en los mítines de repudio, y bastaba declarar a la policía que se era homosexual para que, fuera cierto o no, te apuntaran como “escoria” y luego de tener que soportar humillaciones y vejámenes, te montaran en una embarcación rumbo a Miami.

En la persistencia de los prejuicios contra las personas homosexuales poco influyó el hecho de que el Grupo Nacional de Trabajo sobre Educación Sexual ―creado en 1977 bajo la dirección del doctor Celestino Álvarez Lajonchere y que en 1989 se convertiría en el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX)― buscara la asesoría de la doctora Monika Krause y otros  especialistas de la República Democrática Alemana (RDA, Alemania Oriental), que era uno de los países comunistas donde con menos rigor era reprimida la homosexualidad.

Entre 1979 y 1981 se publicaron en Cuba dos libros sobre la sexualidad de autores germano-orientales que despertaron gran interés entre una población que estaba ávida de información sobre temas que hasta entonces eran tabú en una sociedad que seguía siendo mojigata pese a los cambios en las costumbres determinados por la “moral revolucionaria”.

Esos libros fueron El hombre y la mujer en la intimidad, de Siegfried Schnabl, publicado en 1979 por la Editorial Científico-Técnica; y ¿Piensas ya en el amor?, de Heinrich Bruckner, publicado en 1981 por la Editorial Gente Nueva. En ambos volúmenes, al traducirlos del alemán al español, las editoriales cubanas distorsionaron totalmente lo que decían los autores sobre la homosexualidad.

Esto fue más marcado en el libro de Bruckner. El capítulo 12 de ¿Piensas ya en el amor? fue modificado por petición expresa del Grupo Nacional de Trabajo sobre Educación Sexual, el Ministerio de Educación y una comisión permanente sobre la atención a la niñez de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Las modificaciones hechas reforzaban prejuicios y estereotipos homofóbicos, al hablar de “desviaciones sexuales” y sentenciar que los homosexuales, aunque podían funcionar en la sociedad tan bien como las demás personas y hacer contribuciones sociales igual que los heterosexuales, “en realidad no podían ser tan felices como las personas casadas”.

Pero lo que es peor, en la versión cubana del capítulo 12 se hacía hincapié en lo que consideraba “prácticas anormales y degradantes” y “conductas neuróticas, escandalosas y antisociales”.

En las segundas ediciones de ¿Piensas ya en el amor? y El hombre y la mujer en la intimidad, cuyas revisiones fueron encargadas a la doctora Monica Krause, volvieron a hacer modificaciones, en este caso para atenuar el carácter marcadamente prejuicioso y homofóbico de los textos.

En el nuevamente reescrito capítulo 12 de ¿Piensas ya en el amor? se admitía que la violación de menores no tenía relación causal con la homosexualidad y se apuntaba que las personas homosexuales tenían tanto derecho como las heterosexuales a ser respetadas y disfrutar de su sexualidad. 

Y en la segunda edición de El hombre y la mujer en la intimidad, hecha en 1989, diez años después de la primera, dejaron intactos los criterios de Schnabl, que afirmaba que no podía haber cura para la homosexualidad porque no era una enfermedad, y que los homosexuales no debían ser criticados ni presionados para que cambiaran su orientación sexual, sino que debían recibir apoyo para tener vidas plenas y felices. Y para más, dejaron sin cambios las críticas de Schnabl a los prejuicios sociales y “la discriminación institucionalizada” contra las personas homosexuales. 

No obstante, los cambios en la resistente actitud oficial sobre la homosexualidad fueron a paso muy lento, y a regañadientes. Basta echar un vistazo a La educación sexual de la joven generación, un manual de 1985 de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), donde solo hay dos referencias a la homosexualidad: una para hablar de “las enfermedades trasmitidas por personas de conducta social perturbada, como los homosexuales”, y la otra, para recordar que el artículo 135 del Código Penal entonces vigente castigaba severamente los actos homosexuales con menores de 16 años.

Todavía en 1989, era abiertamente heteronormativo, excluyente y discriminatorio el enfoque del libro publicado por la Editorial Gente Nueva Del amor hablemos francamente, de Aloyma Ravelo García, con la asesoría de los sexólogos Monika Krause, Elsa Gutiérrez Baró y el propio doctor Celestino Álvarez Lajonchere, que dirigía el Grupo Nacional de Trabajo sobre Educación Sexual.

Muy oportunos estos recuerdos en tiempos en que Mariela Castro y el CENESEX pretenden ser los abanderados de las personas de la comunidad LGBTIQ+, siempre que comulguen incondicionalmente con el régimen.

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