Máximo Gómez y la ingratitud humana Cubanet

(Foto El Toque)

LA HABANA, Cuba.- El cadáver medía un metro y setenta centímetros, y quizás no llegaba a las 140 libras. El hombre tenía 69 años mal cumplidos. La guerra, el frío y el mal comer en los campos irredentos habían pasado la cuenta a su cuerpo siempre esquelético y nervioso. Nunca tuvo suerte en los negocios. La vida le sonrió pocas veces y siempre de medio lado. A su primera novia la asesinó, a machetazos, un oficial español durante la Guerra Grande. Sus hijos pasaron hambre y él mismo tuvo que empeñar el reloj, el revólver y sus lentes para seguir peleando por Cuba.

Aunque hicieron falta veinte carrozas y una larga fila de personas para cargar las ofrendas fúnebres que acompañaban su cortejo (lo cuenta Ciro Bianchi en una crónica minuciosa), nadie se imaginó que el mismo día de su muerte, el general Máximo Gómez iniciaba la más cruenta de sus batallas: la que aún libra contra el olvido.

La casa donde murió, el 17 de junio de 1905, brinda un pobrísimo espectáculo en el centro del Vedado habanero, calle D esquina a 5ta. La visité hace poco y, aunque solo estuve unos instantes a su alrededor, me conmovieron el abandono y el aire de miseria que ronda el lugar: las paredes desconchadas, el césped despoblado y repleto de escombros, el busto macrocefálico sobre una columnata de cemento crudo.

Alguna explicación debe haber para que Máximo Gómez tenga tan poco éxito en el altar de la Patria. Cuando uno lo veía por primera vez no parecía un general, sino un estricto campesino de Baire o el Camagüey. Era flaco, de mirada viva y penetrante, modales ásperos. Así lo describe José Miró Argenter en sus Crónicas de la Guerra. También dice que su voz era invariablemente autoritaria, lo mismo con sus subordinados que con sus amigos, incluso, sus hijos.

Igual de inflexible era consigo mismo. Se acostaba al anochecer y se levantaba con las primeras luces de la mañana; comía rápido y sin alzar la cabeza; dormía en campo abierto como el más bajo de su tropa. Una vez le enviaron desde París una hermosa tienda y él la cortó en trozos para vestir a sus soldados harapientos.

No permitía robos en el campamento ni abusos de autoridad. Tampoco admitía bromas ni sobornos. Fue siempre una espina para aquellos que medraban a la sombra del coraje, una flor de piedra que solo prosperaba en lo más crudo de la manigua.

(Foto El Toque)

La vida lo enfrentó con sus iguales: Carlos Manuel de Céspedes lo cesanteó por un asunto de convoyeros; tuvo sendas disputas con Flor Crombet y Antonio Maceo. Pero jamás aceptó recibir compensación por sus servicios a la Patria. “Prefiero libertar hombres a gobernarlos”, respondió cuando le propusieron la presidencia de la República.

Buscaba la tarja que explica el pasado glorioso de esta casa, cuando vi un andamio… o algo parecido. La custodio me observaba recelosa desde la puerta del edificio.

—¡Qué bien! — le dije — parece que están reparando el lugar.

—¿Reparar?, aquí no están reparando nada —respondió ella.

Traté de cruzar la cerca ruinosa, mirar un poco el espacio donde vinieron a despedirse de Gómez los generales Emilio Núñez y Alejandro Rodríguez, el presidente Estrada Palma, pero la vigilante me detuvo con gesto autoritario:

—No puedes entrar, esto es una empresa estatal.

—¿Qué hay aquí?

—Un atelier —dijo la mujer poniéndose las manos en la cintura con una especie de orgullo infantil.

—¿Usted no sabe que aquí murió el general Máximo Gómez?

La vigilante miró hacia todos lados con una risa incrédula.

—No hijo, claro que nooooooo —concluyó con una carcajada.

Cuando la escuché decir eso pensé con amargura lo caro que Máximo Gómez pagó su rectitud y sobriedad. Su osadía de aconsejarle al pueblo cubano que no eligiera ministros ni administradores que alfombraran sus casas y usaran carrozas mientras las espigas no maduraran con abundancia en los campos de la Patria. Su escarnio público al mismo Estrada Palma, a Manuel Sanguily, a Calixto García y todo el que se puso a tiro de su lengua insobornable.

Comenzó a recorrer ese calvario aún en vida, y poco a poco lo despojaron de todo lo que había ganado con sudor y sangre. Le quitaron su cargo de general en jefe del Ejército Libertador, quisieron expulsarlo a Santo Domingo. El colmo fue que un político y libertador eminente amenazó con fusilarlo porque Gómez se negó a apoyar el empréstito del banquero Cohen. Y aunque el primer gobierno republicano le regaló esta casa para que muriera en paz, ella también ha comenzado a desmoronarse.

Después que tanto ha llovido solo se le cumplió al viejo general la promesa que le hizo Martí cuando reclamó sus esfuerzos para iniciar la Guerra del 95: “no tengo más remuneración que ofrecerle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.

(Foto El Toque)

(Publicado originalmente en El Toque)

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