Muere el portal donde nació la radio cubana

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(Foto: Pedro M. González)

CAIBARIÉN.- Cuesta mirar el frontón de la casa donde se tiene cuna la historia de las difusiones en Cuba: las trascendentales dirigidas al pueblo también, porque no fueron en exclusiva las radiales.

A la misma morada, actualmente en ruinas, acudió otro visitante ilustre, quien sabiéndose deshecho entre maniobras de posguerras proindependentistas, vino hasta aquí para hablarles de reconciliación y luchas irrenunciables al hombre instruido y también al proletario.

Pero de ellos —el empírico asentado y el guerrero de paso—, ¡maldita sea!, apenas restan memorias sino en muy borrosas tarjas.

(Esas placas fueron develadas, marcialmente, “con aro, balde y paleta”, cuando el caudal soviet fluía brioso —como el petróleo “regalado”— por las hoscas venas del sistema).

Luego los años, los ciclones y la apatía colectiva, hija del hastío, hicieron estallar su mancomunidad de estragos sobre el viejo inmueble, y esto que ven es lo que hay: el desplome paulatino de la choza del clarividente Manolín, que a diferencia de la isba natal del novelista León Tolstoi vuelta museo, nadie “culto en la cultura” ha propuesto restaurar. (Siquiera cementándola como los “bolos” que fuimos, sustituyendo troncos oriundos de la tundra y la taiga por concreto).

Duele asociar la resolución corajuda del ingenioso español “escapado” de su tiempo, dando voz a una isla muda del universo, contrastando con la visita que antes le hiciera el General Máximo Gómez Báez, en el lugar donde se pronunciaran ambos, incitando a la sublevación contra la sempiterna injusticia neocolonial —el uno—, y regalando la maravilla de la escucha inalámbrica —el otro—, 18 años después que el telégrafo fuera único medio.

Máximo se plantó en 1899 bajo aquella umbría, soliviantado por la brisa, distando apenas metros de la mar ufana, a otear verbosamente un horizonte de esperanzas de paz que se le desdibujaba frente a las incertidumbres del nuevo siglo.

Manuel utilizó entonces el gran invento, con importados cachivaches norteños de avanzadísimas afonías, los que logró reunir para desvirgar al éter.

También resultó ser compañero de travesía interoceánica en la goleta que arribó mi abuelo: Manuel González, asturiano como él, en la década primera del XX.

Los dos huían del servicio militar “interrepublicano” que por aquella época de beligerancias reales sembraba desasosiegos entre jóvenes iguales a los que hoy en Cuba hacen mutis y se espantan; de los más retrasados del orbe en mantener la vergonzosa obligatoriedad.

Pero tuve otro nexo con él más perentorio en la familia: Mi tío-abuelo materno, Feliciano Reinoso, poseía cualidades comunicacionales como simultanear vocación filatélica y destreza de electricista, porque aunado en entusiasmo al proyecto y dada su instrucción periodística, narró junto al colega Lorenzo Martín para la audiencia la primera pelea de boxeo originada en la gran manzana del Madison Square Garden en NYC, la cual tradujo sincrónicamente y en vivo. Eso ocurrió en 1923, cuando muy escasos vecinos en Latinoamérica podían presumir de una planta radial en el aire.

Acorde a los registros oficiales, la radiodifusión se inició en Cuba entre 1922 y 1929, de manera experimental, con las estaciones 2LC y la PWX —ninguna caibarienense—, pero desde 1917 Manolín había intercambiado fonemas y música de gramófono con radioaficionados del Caribe. De ello testimonió mi pariente años más tarde, cuando explicaba acerca de aquella coincidencia revolucionaria con la revuelta bolchevique en Rusia.

El empeño se legalizó en 1920 con la 6EV, estación que desde la Villa Blanca —en banda de 225 MHz— precedió a la 6LO, mucho mayor, en 1925, y un lustro más tarde la CMHD devino emisora más potente del interior del país.

No sé qué más va a acontecerle a este “monumento” desdichado y cutre. Si algún comprador (porque está en venta, bajo protesta de sus propietarios) apareciera y ofreciera filantrópica dote para no dejar morir el portal isleño donde se emitieron las señales primigenias para audiófilos cósmicos y terrenales, sería un milagro

Que un pueblo —insignificante ya tras el desastre ocasionado por quienes no saben preservar con dignidad huellas ni legajos— trine o rabee sin hacer basto alarde de estirpe artística o prosperidad económica, pueda citarlos en su defensa porque haya entregado poesía a través de deslumbrados como Octavio Smith o Galindo Lena —apenas recordados—, narrativas con los Hermanos De Oraá, trova tradicional —usurpada por la provinciana magistratura— con don Manuel Corona, magisterios musicales bajo la batuta de los Urbay-Carrillo, y pintura académica del naturalizado Leopoldo Romañach, con tantas glorias a su haber, no se resienta en vano por las pérdidas naturales, sino que aguarde impotente a enterrar los espacios en que estuvieron sus hijos, alegóricos o sacros, y nada pueda hacer para rescatarlos del olvido.