Inicio Cuba Ni educación, ni salud, ni seguridad en las calles

Ni educación, ni salud, ni seguridad en las calles

LA HABANA, Cuba.- Por estos días circula un video en redes sociales donde se ve a varios vecinos de la barriada habanera de Lawton dándole tremenda golpiza a un sujeto que presuntamente fue sorprendido cuando intentaba robar una moto eléctrica. Lo más impactante del video es precisamente la violencia con que las personas se lanzaron sobre el bandido, con lo primero que encontraron a mano.

El asalto a conductores de las llamadas “motorinas” fue una constante durante todo el 2021, pero en el último trimestre se hicieron más frecuentes, dejando incluso víctimas mortales. La insostenible situación económica y social que atraviesa el país ha destapado una ola de delitos, en su mayoría robos, estafas y asaltos con arma blanca o de fuego, que no parecen preocupar al Ministerio del Interior como sí lo hacen las marchas pacíficas o las protestas públicas de los opositores, que transcurren casi siempre en silencio o con un cartel que denuncia la represión de la dictadura.

Ante las fuertes críticas emitidas por la ciudadanía a raíz de la muerte por degüello de un motorista holguinero para robarle su vehículo, las autoridades cubanas se vieron obligadas a revelar información sobre el caso, asegurando que no habrá impunidad para los criminales, y culpando a los medios independientes de intentar crear un ambiente de temor e inseguridad en el país.

Sin embargo, los asaltos continúan, incluso a plena luz del día como el ocurrido en Lawton, lo cual indica que los malhechores están muy desesperados o muy confiados de poder salir airosos de su empresa. La incompetencia de las autoridades, sumada a la precariedad material que se agudizó tras la llegada de la COVID-19 y la aplicación de la Tarea Ordenamiento, ha enfurecido a los cubanos que saben cuánto hay que sacrificarse para adquirir un medio de transporte; de modo que si se topan con un ladrón en plena faena, no vacilan en hacer justicia por su mano.

El estado cubano es violento. Lleva más de seis décadas ejerciendo toda clase de violencia sobre sus ciudadanos, pero ha logrado vender muy bien la imagen de un país seguro para que los turistas vengan confiados en que no se verán expuestos a los espeluznantes crímenes que ocurren en otras naciones latinoamericanas.

La prensa estatal omite noticias sobre asaltos a mano armada, feminicidios, asesinatos y abusos sexuales en complicidad con el discurso oficial. Ni siquiera hace referencia a la tasa de delitos registrados en los últimos meses, mientras la población propaga las denuncias visibilizadas a través de los medios independientes, que contribuyen cuando menos a emitir alertas sobre la peligrosidad en las calles.

Como parte de la estrategia de ocultamiento y con el pretexto de evitar la diseminación de nuevas cepas de la COVID-19, se ha mantenido limitado el turismo de ciudad, sobre todo en La Habana. El verdadero motivo podría ser mantener a los visitantes resguardados en sus alojamientos y así evitar que las denuncias por haber sido víctimas de crímenes se añadan a las abundantes quejas por los pésimos servicios, instalaciones deterioradas y comidas en mal estado; las tres (des) gracias que ofrecen numerosos hoteles cubanos a sus clientes.

El ánimo popular está tan sombrío por el agotamiento, la inflación, la escasez y la certeza de que este país no marcha a ninguna parte, que la gente desfoga su frustración en las colas, dentro del transporte público, a la hora de acarrear agua potable o cuando sorprenden a un crápula in fraganti. Si de pronto se materializara en Cuba ese instante de libertad que sacudió a Rumanía en 1989, abundarían los Ceauşescu linchados por un pueblo que descarga su ira sobre un ladrón de poca monta, cuando lo que realmente desea es apalear a la corruptela de cuello blanco que se ha robado un país.

La golpiza inmisericorde que se observa en el video; esa rabia homicida que debe conformarse con un ratero recolector de plástico y baterías de litio, quiere saciarse con Miguel Díaz-Canel, Alejandro Gil, Marino Murillo y los rostros más conocidos de la opulencia de los Castro y los López-Calleja, que han dejado al pueblo cubano sin comida y sin valores, devorándose a sí mismo en cada esquina, peleando entre coterráneos a brazo partido por un pedazo de pan. Literalmente: un pedazo de pan.

El castrismo ha cerrado la vía de la democracia en Cuba con tropas antimotines, juicios sumarios y penas de cárcel exageradas. La respuesta ciudadana ha sido escapar o reproducir la violencia de estado en el seno familiar, en la vía pública, en la intimidad.

Uno a uno han caído los mitos del comunismo antillano, desde la educación y la salud pública hasta la seguridad en las calles. Tristemente, la espiral de criminalidad seguirá creciendo porque la situación en Cuba no va a mejorar a corto plazo. Antes que ciertas piezas caigan en las casillas deseadas por los amos de la ínsula, mucha hiel tragará este pueblo que ya debería estar empachado, pero por alguna razón, siempre puede tragar un poco más.

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