Proyecto separatista catalán saca pecho con apoyo de la obcecación fanática Cubanet

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Un manifestante pro independencia (AFP)

MIAMI, Estados Unidos.- Los resultados de las elecciones regionales de Cataluña patentizan una realidad expresada por la periodista Victoria Prego en Informe Semanal de la televisión Española. Se trata del fanatismo mantenido hasta el absurdo en su negación a rendirse ante la evidencia de lo que pueda conseguir como fruto el proyecto separatista. Cerrados ante las perspectivas de un futuro poco prometedor, garantizaron con su voto el triunfo del bloque separatista.

Poco sirvió para una reflexión atinada de la situación el hecho de que cientos de empresas decidieran mover sus bases sociales y financieras de la inestabilidad política en la región para buscar seguridad en la España profunda. No bastó a los aspirantes a la independencia las cifras que demostraban una disminución palpable del crecimiento económico, baja en las entradas por el turismo y otros aspectos preocupantes como la postura expresa de una Europa que se niega aceptar la atomización de la actual unidad en una fragmentación de pequeños estados poco operativos y problemáticos.

No obstante el que la victoria del bloque nacionalista fuera muy ajustada, si se tiene en cuenta la votación mayoritaria recibida por Inés Arrimada del partido constitucionalista Ciudadanos, los resultados permiten una conclusión palmaria sobre la permanencia de una situación poco promisoria ante una sociedad dividida al punto de lo irreconciliable, donde las posturas radicales logran concentrar un importante asentimiento de los que se ilusionan con la posibilidad de una República de connotaciones bananeras aunque sin bananos. Así el radicalismo deja ver su peor cara cada vez con menor pudor en este contexto convulso y confuso. Aunque alguno de sus promotores se desmarca por ahora —no creo que por cordura o arrepentimiento sino en busca de una estrategia de supervivencia—, otros ni siquiera tratan de disimular sus sentimientos. Desde el que rebate las acusaciones de intolerancia nacionalista con el argumento de que ellos “permiten que los no catalanes hablen español”, hasta el que lleva la aplicación de su intransigencia a los extremos de la violencia.

El odio irracional cobró la primera víctima mortal durante las jornadas que precedieron a las elecciones. El caso específico se produjo en Zaragoza el 8 de diciembre del 2017 cuando Rodrigo Lanza, de origen chileno (familiar de un antiguo oficial pinochetista) y vinculado estrechamente a los grupos antisistema de Cataluña, mató a golpes al ciudadano Víctor Laínez por la único motivo de que aquel portaba unos tirantes con la bandera española. Sobre el agresor pesaba el antecedente de un ataque contra un guardia civil, por cuya causa el uniformado quedó parapléjico. Fue aquel un suceso aislado pero llamativo porque en su momento recibió el apoyo de algunos líderes separatistas y antisistema de Cataluña.

Hace algún tiempo, cuando el conflicto ucraniano tomaba fuerza y se producía la anexión rusa de Crimea, quedaba señalada la posibilidad de ver repetirse de alguna manera este escenario en alguna otra zona del entorno europeo, con otros protagonistas. La situación en Cataluña comenzaba a perfilarse con cierta preocupación.

Ahora, lo que parecía una reproducción imposible de verificarse pudiera hacerse real en un contexto de aferramiento al plan separatista ante el que ha surgido una idea impulsada por los catalanes opuestos a la separación. La creación de una región artificial nombrada Tabarnia — asentamiento irreal entre la parodia, la ironía y el humor— responde de alguna manera a la puja separatista y no sería descartable su establecimiento en caso de producirse una separación irrevocable.

El proyecto, fruto de una plataforma ciudadana dada a conocer en las redes como inocentada de fin de año, encontró una repercusión inesperada en miles de firmas que se adhirieron a la petición de un proyecto separatista dentro de una Cataluña sesionada. Y es que la ficción Tabarnia conglomera la realidad de los que apuestan por continuar siendo parte de España usando el mismo axioma del derecho a decidir bajo el que se abanderan los independentistas antiespañoles. Derecho que daría a la hipotética posibilidad de que Barcelona y Tarragona, regiones punteras catalanas, continuaran siendo parte española bajo un nuevo nombre. Una problemática de difícil planteamiento para el secesionismo, ya oficializada, y que trae olores a Crimea.

Si de algo sirviera, sería recomendable que los que suman voces y votos a la aventurera del separatismo catalán echen una mirada a las derivaciones que ha sufrido el paralelismo puertorriqueño, uno de los puntos de referencia tomados por los padres del independentismo catalán como símbolo identitario. En la Isla del Encanto, anexionistas y partidarios del actual estado de libre asociación con Estados Unidos han terminado por dejar reducidas a un mínimo insignificante las filas de los seguidores de Pedro Albizu Campos, Lolita Lebrón y Juan Mari Bras. Por ahora una lección que parece improbable prenda en Cataluña, donde el nuevo Parlamento salido tras las elecciones del 21 D eligió como presidente a Roger Torrent, legislador de Esquerra Republicana y partidario del secesionismo.