Revolución y cultura: Del ‘deslumbramiento’ a la decepción Cubanet

Pabellón Cuba (Archivo)

LA HABANA, Cuba.- Con “La gran espiral”, una exposición en el Museo de Bellas Artes, la cultura oficial está conmemorando, con más de un mes de retraso, cual si hubiese estado a punto de olvidarla, la celebración en La Habana del Salón de Mayo, ocurrida en julio de 1967.

Aquel acontecimiento cultural se debió al escritor y periodista Carlos Franqui (1921-2010). Fidel Castro deseaba mejorar la imagen de la revolución y ganar simpatías en Europa Occidental, para que aumentara el comercio de Cuba con esa región y que le concedieran créditos para comprar camiones y maquinaria industrial. Cuando consultó al respecto a Franqui, al que seis años antes le habían cerrado el periódico Revolución, que dirigía, éste le propuso traer a La Habana el Salón de Mayo, un evento que anualmente reunía en París a lo más importante del arte de vanguardia y que ya había visitado otros países, incluida la Unión Soviética.

En su libro de memorias Cuba, la revolución: ¿mito o realidad? (Ediciones Península, Barcelona, 2006), explicaría Carlos Franqui: “¿Por qué lo hice? Pensaba que todo lo que tuviera que ver con la libertad era necesario en el largo y difícil camino de sobrevivir a un régimen como aquel; el contacto vivo con la revolución artística del siglo, la presencia de poetas, pintores, escritores, pensadores y periodistas, tocaría a las nuevas generaciones. El respiro de libertad de la poesía, del arte, es un aliento poderoso en épocas difíciles”.

Franqui estaba consciente de que llevar el Salón de Mayo a la Habana, “…agudizaría el conflicto con los poderosos sectarios del poder encabezados por Raúl Castro, Ramiro Valdés y otros, sería un golpe al mundo soviético, horrorizado de estas actitudes, tenían horror de todo lo que fuera moderno y libre…”

El propio Fidel Castro, que había visto el Salón de Mayo cuando estuvo en Moscú, se mostró reticente al principio con la idea. Según Franqui, el Comandante exclamó: “Si traigo esa exposición, con la escasez, el racionamiento, la falta de cosas que tenemos, con toda esa mierda, aquí arde Troya…”

Finalmente, Franqui logró no solo convencerlo, sino hasta entusiasmarlo. Pero antes de irse para París y “meterle mano” al asunto, como ordenaba el Máximo Líder, Franqui consiguió que le garantizara que ordenaría a Ramiro Valdés, por entonces ministro del Interior, que no molestaran ni vigilaran demasiado a los artistas e intelectuales invitados, por muy barbudos, melenudos, hippies, bohemios y anárquicos que fueran.

Téngase en cuenta que en aquella época, justo mientras transcurría el verano del amor en el San Francisco hippie y la sicodelia inundaba la londinense Carnaby Street, en Cuba perseguían a los melenudos, los creyentes y los homosexuales, y los encerraban en los campamentos de trabajo forzado bautizados eufemísticamente como Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Pero de eso no se enteraron los artistas e intelectuales que vinieron a la edición habanera del Salón de Mayo.

La muestra se desarrolló a bombo y platillo en el recién construido Pabellón Cuba. Franqui disuadió al Comandante para que no emplazara armas allí, pero no pudo evitar que en los jardines del Pabellón hubiera vacas y pangola.

Al Salón de Mayo habanero acudieron varias de las principales figuras del arte y la literatura de la época, que quedaron deslumbrados por el jolgorio y los agasajos de Fidel Castro, quien, en un rapto de entusiasmo, no tuvo reparos en asegurar —a pesar de alguna que otra mala cara y contrario a lo que opinaría poco más tarde— que los intelectuales y no los comunistas eran la verdadera vanguardia revolucionaria.

Franqui describió así el ambiente de los días del Salón de Mayo: “El trópico, como siempre produjo la clásica euforia… la luz, el color, la forma de moverse y hablar de los cubanos, los encantos secretos o públicos de la todavía no deteriorada Habana, el clima de libertad que no habían encontrado en otros países comunistas, la maravillosa fiesta alrededor de la exposición, la belleza arquitectónica del Pabellón Cuba del arquitecto Fuentes, los jardines que allí hicimos nacer, las grandes vacas fidelistas metidas en sus vitrinas, los radares, el baile popular y toda aquella fiesta de la calle 23 hacia el Malecón, que la televisión transmitía en directo, mientras se pintaba el mural colectivo. También el ron, los daiquirís, la rumba, la conga y las mulatas. Era una experiencia desconocida, desbordante…”

El deslumbramiento con la revolución cubana de muchos de los que vinieron al Salón de Mayo se convertiría en decepción, unos meses después, cuando el régimen castrista volvió al sectarismo y mostró sus rasgos reminiscentes del estalinismo.

Varios reprocharon a Carlos Franqui que los hubiese involucrado en aquel espejismo que duraría tan poco. Y eso que Franqui les había advertido que no debían confundir aquella aventura breve y feliz con la realidad.

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