Socialismo, el peor error de Fidel Castro

Un joven Fidel Castro dirigiéndose a una multitud (CC)

Un joven Fidel Castro dirigiéndose a una multitud (CC)

FORT PIERCE, Estados Unidos.- La muerte del dictador cubano Fidel Castro ha sido el suceso más comentado de los últimos días. Por suerte para la humanidad del futuro, dentro de unos años solo será recordado como lo que fue, uno de los dictadores más malvados de la historia.

Cuando la idolatría desmedida sea vencida por un pensamiento renovador impregnado por los nuevos bríos de la libertad y la democracia, todos aquellos atributos a través de los cuales se le veneraba, como el del ser “invicto”, el “eterno comandante”, el “líder histórico”, el “gran estadista”, y hasta “el caballo”, quedarán sumidos en el total silencio que merecen.

Por estos días aparecen decenas de escritos, vídeos, fotos y comentarios que intentan mostrar los grandes errores cometidos por el delirante dictador durante medio siglo. Sin embargo, hay un hecho que en mi opinión resulta determinante para desencadenar la serie secuencial de crímenes, prohibiciones, violaciones de derechos y de leyes, y todas las conocidas acciones por las que debió ser sentenciado, y lamentablemente no lo fue.

El establecimiento de un estado socialista en la isla, tomando como referencia las “dictaduras del proletariado” impuestas en países como la URSS, Alemania, Polonia, Hungría y la antigua Checoslovaquia, entre otros, fue tal vez, el más grave de los errores del viejo comandante que ya no está entre nosotros.

No podemos demostrar categóricamente si Castro tenía previsto de manera premeditada que la revolución que el protagonizara tendría un sentido socialista, o si solo se trató de una hazaña para asumir el poder, y luego, ante determinadas circunstancias declararla socialista e imponer el comunismo como sistema imperante en toda la nación.

A solo dos años de haber asumido el control total de la isla, el 16 de abril de 1961, ante una multitudinaria concentración, en la esquina habanera de 23 y 12, en las cercanías del cementerio de Colón, Fidel Castro pronunciaba un extensísimo discurso, luego de los ataques que precedieron a la invasión de Playa Girón.

Es justamente aquí cuando el naciente líder se fue adueñando de la emoción y de los sentimientos de esa parte de su pueblo allí reunida para manipularles a través de exaltadas ofensas a los “imperialistas”, frases de desprecio hacia los clérigos y humillaciones a unos y elogios a otros: “El imperialismo proyecta el crimen, organiza el crimen, arma a los criminales, entrena a los criminales, paga a los criminales, vienen los criminales y asesinan a siete hijos de obreros, aterrizan tranquilamente en Estados Unidos, y, aun cuando el mundo entero sabía sus andanzas, declaran entonces que eran pilotos cubanos, (…) y después vienen los arzobispos, bendicen y santifican la mentira”.

Fue así creando las condiciones, de manera premeditada y con alevosía, para declarar abiertamente y sin consenso previo alguno,  el carácter socialista de la revolución. Recordemos que las masas humildes, para quien el líder dijo haber hecho la revolución, son manipulables. Lo han sido siempre a través de la historia. Los casos de Stalin y Hitler, quienes fueron venerados por las multitudes en su momento, son paradigmas en este sentido.

Fidel Castro fue penetrando en el pensamiento de sus seguidores valiéndose de su encendida palabra, de sus exagerados ademanes y de su imagen guerrillera, hasta tenerlos envueltos en una atmósfera hipnotizadora. En ese instante, de una manera sutil introdujo los conceptos de carácter marxista, combinándolos con los fuertes insultos al “imperialismo” a través de la emotiva retórica que lo caracterizó en los convulsos tiempos iniciales de la revolución.

Una vez en pleno clímax del kilométrico discurso y con los pobres y los humildes metidos en el bolsillo, expresó por vez primera la idea del socialismo en el proceso revolucionario cubano: “Compañeros obreros y campesinos, esta es la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes.  Y por esta revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, estamos dispuestos a dar la vida”.

Pero el delirante comandante olvidó muy pronto la idea de la humildad, virtud que no cabía un ser egocéntrico, prepotente, autosuficiente, narcisista y megalomaníaco; y se fue apoderando de los bienes más preciados de la nación.

Así las cosas, quedaba declarado el sentido socialista de la revolución cubana, y por consiguiente la práctica inmediata del marxismo-leninismo, a solo dos años de haber asumido el poder y el mando absoluto del país.

Tal vez los agitados días de aquellos tiempos, entre nacionalizaciones, intervenciones,  levantamientos de los opositores, los fusilamientos masivos y el sonado ataque invasor por Playa Girón, contribuyeron a atenuar el protagonismo de este hecho que hoy solo se recuerda a través del documento que recoge sus palabras, aun cuando este es el acto que realmente determinó los infaustos designios del pueblo cubano.

No es justo atacar a Marx, a pesar de no compartir su pensamiento, por el hecho de que Fidel Castro utilizara a su conveniencia su doctrina social. Prefiero acudir a la enseñanza del apóstol y maestro cubano, quien con mucha delicadeza dijo que el hombre del mundo del trabajo —refiriéndose a Marx— anduvo de prisa y en la sombra.

Las concepciones del teórico alemán son bien fundamentadas, pero carecen de sentido práctico. De ahí que el socialismo será siempre una utopía. No obstante, todos los líderes con ansias de poner en práctica reformas que beneficien a los desposeídos se han inspirado en la doctrina de Marx, solo que al poco tiempo de su instauración en el poder comienzan a olvidar las promesas a los desposeídos, despreciados y marginados, para quienes hicieron promesas que luego no cumplieron jamás.

En cambio, comienzan a enriquecerse con aquello que el hombre ha entregado colectivamente al Estado. Según lo anticipó José Martí: “De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado (…) En ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo”.

Finalmente, entre gritos, aplausos y consignas, el histérico dictador, concluyó con varias exhortaciones y vivas, entre las que sobresalieron: “¡Viva la clase obrera! ¡Vivan los campesinos! ¡Vivan los humildes! ¡Viva la Revolución socialista!” , con lo que ratificaba los rasgos definitorios de lo que recién comenzaba en la Cuba de los sesenta, y que ha sido el peor de los errores de Fidel Castro.

Justamente por esto, aunque algunas fuentes lo desmienten, fue excomulgado por el Papa Juan XXIII  el 3 de enero de 1962, quien fundamentó su decisión basado en el decreto de Pío XII, de 1949, que establece la pena de excomunión para todo el que difundiera el comunismo, y Cuba fue expulsada de la OEA en 1962 mediante la Resolución VI, tras declarar que su adhesión al marxismo-leninismo es incompatible con el sistema interamericano, y sus relaciones con los gobiernos comunistas de Europa oriental irían en contra de la unidad y solidaridad continental.

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