¿Socialismo próspero o Estado corporativo fascista? Cubanet

Comandantes y generales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (AIN)

LAS TUNAS, Cuba.- “Provocarán daños humanos y privaciones, afectarán a las familias cubanas. Traerán daños económicos no sólo a las empresas estatales en Cuba, sino también a las cooperativas y dañarán especialmente a los trabajadores por cuenta propia o privados”, dijo este lunes el ministro de Relaciones Exteriores Bruno Rodríguez Parrilla, en conferencia de prensa desde Viena, Austria, a propósito de la nueva política del presidente Donald Trump respecto a Cuba.

Como la directiva del presidente Trump contempla excepciones para expandir las telecomunicaciones, Internet, continuar con la exportación de productos agrícolas, medicamentos, dispositivos médicos, los viajes familiares, el envío de remesas, los vuelos regulares a Cuba, las operaciones de cruceros y las transacciones relacionadas con las rentas de habitaciones en casas particulares, donde los estadounidenses pueden venir y hospedarse según doce categorías de viajeros, cabe preguntarse: ¿Por qué las nuevas directivas del presidente Donald Trump respecto a Cuba “provocarán daños humanos y privaciones, afectaran a las familias cubanas y dañarán especialmente a los trabajadores por cuenta propia o privados?”, a decir del señor Rodríguez Parrilla.

“¿A qué sindicato usted pertenece?”, pregunté ayer a un dependiente de una Tienda Recaudadora de Divisas (TRD).

“Al de trabajadores civiles de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias)”, dijo el dependiente.

De un extremo a otro de Cuba, cualquiera puede repetir la pregunta y recibirá la misma respuesta de los empleados de las TRD: “pertenecemos al sindicado de trabajadores civiles de las FAR”.

En pleno siglo XXI, el régimen castrista, que preconiza un “socialismo próspero y sostenible” en realidad opera cual Estado Corporativo, la doctrina puesta en práctica por Benito Mussolini entre los años 20 y 30 del siglo pasado y que, en esencia, es la subordinación del individuo al Estado, que sustituye los principios de libertad por los de autoridad, dotando al Estado de omnipotencia al proveer de fuentes de financiamiento a las instituciones que lo sustentan.

“La libertad de una democracia no está a salvo si la gente tolera el crecimiento del poder en manos privadas hasta el punto de que se convierta en algo más fuerte que el Estado democrático. Eso, en esencia, es el fascismo, la propiedad del Estado por parte de un individuo, de un grupo o de cualquier otro que controle el poder,” dijo Franklin D. Roosevelt, dirigiéndose al Congreso de Estados Unidos el 29 de abril de 1938.

Más cercano en el tiempo, en 1961, en su discurso de despedida a la nación, Dwight D. Eisenhower hizo ver a los estadounidenses “la necesidad de mantener balance entre la economía privada y pública y entre el costo y la expectativa de ventajas”.

Pero Barack Obama, más preocupado por el legado personal, que ya a galope se transforma de herencia en deuda histórica, no fue lo suficientemente profundo a sus antecesores, antes de acercarse a los castristas.

Cuando en 1961 Eisenhower se despidió de los estadounidenses como su presidente, todavía frescas estaban en su memoria las multitudes a los pies de Mussolini y de Hitler, y como para que no olvidara esas imágenes, a sólo 90 millas de Estados Unidos, en Cuba, otras multitudes aplaudían a Fidel Castro en lo que Franklin D. Roosevelt conceptuó de forma lapidaria: “La libertad de una democracia no está a salvo si la gente tolera el crecimiento del poder en manos privadas hasta el punto de que se convierta en algo más fuerte que el estado democrático”.

Fidel Castro, como si Cuba fuera la prolongación de una propiedad privada y no una nación, gobernó por decreto desde 1959 hasta 1976, cuando, sin urnas, se hizo elegir. Ya Fidel Castro murió, pero nada ha cambiado, ni cambiará, porque a decir de Franklin D. Roosevelt, Cuba es “propiedad del Estado por parte de un individuo, de un grupo o de cualquier otro que controle el poder.”

Ese individuo primero se llamó Fidel Castro, luego Raúl Castro, y después vendrá otro individuo del cual poco importa el nombre, en tanto forme parte del Partido Comunista, el grupo que “controle el poder”.

Salvo honrosas excepciones, más que el control del Partido Comunista, los cubanos toleraron —toleran— el castrismo, esto es, el régimen militar que desde 1959 gobierna en Cuba.

El concepto de militarismo es aceptado cuando en el gobierno de un Estado predomina la clase o casta militar insertada en las posiciones más encumbradas. En Cuba hoy el militarismo está más a la vista que nunca en su historia.

En Cuba, la Ley Orgánica del Ejército del 27 de enero de 1942, disponía que sólo cuatro generales de brigada compondrían su jefatura, y uno de ellos, elegido por el Presidente de la República, con rango transitorio de mayor general, luciría tres estrellas mientras estuviera al frente del Estado Mayor.

Por estos días se cumplen 28 años del juicio y posterior fusilamiento del general Arnaldo Ochoa Sánchez, cuyo preámbulo, entre el 25 y 26 de junio de 1989, fue un “tribunal de honor”, compuesto por 45 generales y dos almirantes.

Precisamente durante el proceso del general Ochoa y demás acusados, Fidel Castro dijo que sólo en las Fuerzas Armadas Revolucionarias el país gastaba “¡más de mil millones!” de dólares, y “no he contado los cientos de millones que el país gasta en el Ministerio del Interior”, aseguró el entonces Comandante en Jefe.

Todo ese dinero la Unión Soviética se lo proporcionaba a los militares cubanos a cambio de tener una posición a sólo 90 millas de Estados Unidos. Quebrado el campo socialista, aún antes del derrumbe pero ya previéndolo, los militares cubanos crearon su “Estado corporativo”.

Pero aunque resulte una paradoja, sólo de las arcas capitalistas de Estados Unidos podían provenir los millones que antes fluyeron de Moscú. Sólo era cuestión de esperar, aunque no con los brazos cruzados. Con el departamento MC, adscrito a la DGI (Dirección General de Inteligencia), a las órdenes del luego fusilado coronel Antonio de la Guardia, a través de Panamá los militares cubanos burlaron el embargo estadounidense al punto de conseguir hasta spray lacrimógenos y esposas Made in USA para la policía.

Después Fidel Castro conseguiría a Hugo Chávez y con él el petróleo de Venezuela. Pero eso no era suficiente: faltaban los granjeros y los turistas de Estados Unidos, y llegó Barack Obama a la presidencia de Estados unidos cayéndole a los castristas como agua venida del cielo: dándolo todo sin pedir nada.

Tiene razón el señor Bruno Rodríguez Parrilla cuando dijo: “provocaran daños humanos y privaciones, afectaran a las familias cubanas. Traerán daños económicos no sólo a las empresas estatales en Cuba, sino también a las cooperativas y dañaran especialmente a los trabajadores por cuenta propia o privados”,  sólo que al ministro Bruno Rodríguez le faltó decir: Pero esta vez no por el embargo, los estadounidense quieren comerciar con Cuba; ahora el bloqueo es el de los militares cubanos, que a toda costa se niegan a permanecer en sus cuarteles y a como dé lugar quieren proseguir haciendo de políticos y comerciantes en lugar de soldados.

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