¿Tiranos y “tiranesas”? Cubanet

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Delcy Rodríguez junto a Nicolás Maduro (runrun.es)

LA HABANA, Cuba.- Aparte de cuán peligrosos puedan llegar a ser, los caudillos del socialismo bolivariano del siglo XXI son pastiches de dictadores, personajes bufos que pueden ensuciarse con sangre las manos, pero que resultan en primer lugar muy ridículos, muy desbordados por la farsa. Desde Hugo Chávez y Evo Morales hasta Daniel Ortega y Rafael Correa.

Hasta el supremo clown del populismo tardío, el más fantoche y atroz, Nicolás Maduro. De lo caricaturesco no escapan a veces sus mujeres —como Cilia Flores, la del “hijo de Chávez”, o Rosario Murillo, pareja de Ortega—, que nunca llegan al desmadre de una segundona como Ieng Thirith, especializada en Shakespeare en La Sorbona y luego siniestra esposa de Ieng Sary, uno de los líderes de los jemeres rojos, que exterminaron a millones de camboyanos.

Ni de una Jiang Qing, la actriz que se convirtió en cuarta esposa de Mao Zedong, jefa letal de la Revolución Cultural y promotora de los crímenes de los Guardias Rojos, y que se defendió en un juicio asegurando que ella solo había sido “el perro enojado de Mao. A quien él dijese que había que morder, yo lo mordía”.

Tampoco se puede comparar ninguna con Elena Ceausescu, esposa del rumano “Rey del comunismo” y su acompañante en una gran carrera de poder y ambición, y ni siquiera con Imelda Marcos, la hábil empresaria, diseñadora y política filipina, esposa de Ferdinand Marcos, conocida como la “Mariposa de hierro”, quien, aunque también cometió grandes excesos y delitos, no tuvo un final trágico como las anteriores.

Estas Primeras Damas Rojas de hoy no son como las “comandantas” Ramona, Yolanda, Fidelia, Esther o Susana, del Frente Zapatista de Liberación Nacional, y mucho menos como, en 1862, la argentina Eulalia Ares, que dirigió la “Revolución de las Mujeres” para que el orden constitucional quedara restablecido en su natal Catamarca, aunque siguieran gobernando los políticos timoratos que ella llamaba “gallos de corral”.

Rosario Murillo es conocida como poeta y activista social, y lo más peligroso que hizo en su vida fue casarse con el turbio Comandante sandinista, mientras Cilia Flores, especialista en Derecho Penal y Laboral, defendió a Hugo Chávez cuando lo juzgaban por golpista y más tarde se unió al “galopista” gran heredero del líder bolivariano.

Pero Flores, aunque ha tenido algunos cargos elevados, pasó de estar a la sombra de Chávez a estar a la sombra de Maduro, que no la deja brillar mucho porque él prefiere a su dócil discípula Delcy Rodríguez, su versión light de la enojada Jiang Qing de Mao cuando hace falta morder a algún indeseable o presentar al mundo la raja sonriente de su cinismo.

Rosa Montero —autora del libro Dictadoras, sobre las mujeres de cuatro terribles dictadores europeos, Stalin, Hitler, Mussolini y Franco—, definió en dos trazos su opinión sobre estas segundonas: “Todas me parecen terribles y patéticas por una causa u otra”.

Claro que Delcy Rodríguez no es la esposa de Maduro, pero —así como Manuela Sáenz fue “la Libertadora del Libertador”— ella se ha convertido en la “dictadora sustituta” del “dictador sustituto” del chavismo, opereta política que se evapora como sustituta de la zarzuela del castrismo cubano.

Los chavistas, sobre todo el presidente, en su abismal demagogia machista y autoritaria, habla de los constituyentes y las “constituyentas”, de líderes y “lideresas”, soldados y “soldadas”, como si las palabras tuviesen sexo y no género, y como si él fuese, no ya un lenguaraz de la Real Academia, sino un académico hiperreal que se atrevería a decir tiranos y “tiranesas”, gracias a ese coraje que la ignorancia insufla en sus mejores hijos.

Sin duda alguna hay más en número, y fueron peores, los grandes señores que las grandes señoras del terror. Hasta la Emperatriz del Tarot es más amable que déspota, una especie de Madre Cósmica más que una terrible Kali. La Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas no es espantosa, pese a su manía de decapitar a cualquiera. No es posible encontrar a una dictadora comparable con un Stalin o un Hitler.

De hecho, las mujeres venezolanas siempre se han destacado más luchando contra las tiranías que amamantándolas. La entereza en su lucha por la democracia de una María Corina Machado vale más que toda la servidumbre de una Delcy Rodríguez o una Tibisay Lucena, locas por contentar a la panda de forajidos que las han contratado.

Cuando las mujeres mandan, un filme cubano de 1951, describe en clave de comedia la peor pesadilla de los machotes latinoamericanos: una tiranía femenina. Y nada menos que coreana, pues aquella época se actualiza hoy muy chocantemente. Por supuesto, al final la testosterona vuelve a reinar. Pero esa historia no ocurrirá ni en Venezuela ni en Latinoamérica.

Las “dictadorzuelas” de Maduro son solo ambiciosas y muy creídas. La argentina Fernández de Kirchner y la Rousseff de Brasil tienen alma secundaria, sin dotes para la alevosía dictatorial. Para colmo, cada vez surgen más mujeres genuinamente demócratas en nuestro continente, alcanzando la presidencia o cargos muy importantes en sus países, a contrapelo del machismo latinoamericano y de la abundancia de gallos de corral.