Todo Guevara es falso Cubanet

Varias personas conversan junto a un retrato del Che Guevara en La Habana (foto: EFE)

LA HABANA, Cuba.- Un día parecerán inauditos, como tantos otros disparates en la Cuba de hoy, estos homenajes a un trotamundos extranjero que, sin saber nada de este país ni haber puesto un pie en él, secundó a Fidel Castro en imponernos a sangre, fuego y engaño una dictadura estalinista.

Ahora, en la interminable canonización del Che, su mentira es exprimida hasta el tuétano, convertida en farsa alucinada, como esas caricaturas del Dedeté: un Guevara desarmado llevando una paloma de la paz posada en el brazo, o unido con John Lennon en fraterna pareja.

Han repetido por la televisión el discurso del ya entonces solitario líder de la revolución, el 18 de octubre de 1967, en la velada solemne en homenaje al Che: ejemplo de retórica narcisista y palabrería inflada y repetitiva, pero muy medido orador, concentrado en empujar cuesta abajo el Cuento del Guerrillero Heroico.

Guevara había dejado por fin de estorbar su romance soviético y ahora podía él sacar mucho provecho del desaparecido. Tres decenios después, en 1997, haría traer los restos del guerrillero y otros camaradas caídos con él para oxigenar, con lo que llamó “Destacamento de Refuerzo”, una década de repugnante decadencia.

Nos preguntamos por qué se hurgó en remotos parajes para traer aquellos huesos y, sin embargo, nunca se ha vuelto a intentar hallar los de Camilo Cienfuegos, supuestamente “perdido” en costas cubanas. Más fácil resultó reunir los despojos de los tantos y tan dispersos muertos cubanos en África. Aquella Operación Tributo que no pocos vieron con incredulidad.

A los 50 años de la muerte del Che, J. J. Benítez, autor español de superventas, acaba de publicar en la editorial Planeta su libro Tengo a papá, fruto de seis años de investigación sobre las últimas horas del guerrillero transnacional. El título hace referencia a la clave con que el ejército boliviano informó de su captura.

Según artículos de prensa, lo más fuerte del libro es la afirmación de que los restos del Che hallados en Bolivia y traídos a Cuba, donde se convirtieron en objeto de veneración, no son auténticos. Aunque algunos duden de un autor tan dado a las ficciones alienígenas, Benítez asegura no haberse permitido “licencias literarias”.

Cuenta el escritor que viajó por Bolivia, Cuba, Estados Unidos y Argentina recogiendo testimonios, y que, al cabo, ni los hechos ni el personaje tenían nada que ver con lo que siempre se ha contado, pues el Che “era un personaje muy oscuro, nada que ver con el ser mítico que nos ha dibujado la Historia”.

No es la primera vez que se pone en duda la autenticidad de esos restos homenajeados en el mausoleo de Santa Clara. Hace más de una década, el doctor José Antonio Sánchez, director de la Escuela de Medicina Legal de la Complutense de Madrid; José Antonio García-Andrade, de la misma universidad, y un médico francés especialista en antropología y arqueología forenses, detectaron “contradicciones irreconciliables” entre la descripción del esqueleto llevado a Cuba en 1997 y el informe de la autopsia que se le realizó en 1967 a Guevara.

El gobierno cubano había llamado “hazaña científica” al trabajo del equipo encabezado por el médico forense Jorge González, director del Instituto de Medicina Legal de La Habana, quien asignó al Che, en cuanto fue hallada, una de las siete osamentas descubiertas en las afueras de Valle Grande.

Según la información obtenida por Benítez, el Alto Mando de las Fuerzas Armadas ordenó incinerar el cadáver y enterrar en secreto sus cenizas, pero luego se decidió cortar en cuatro partes el cuerpo y sepultar cada una en distintos lugares del terreno del batallón “Pando”.

Concluye, además, que Guevara era “bastante desequilibrado y cruel, y disfrutaba fusilando a gente”, un hombre “terriblemente oscuro del que después se ha creado un mito falso”, y cree Benítez, finalmente, que Tengo a papá no será del gusto de las autoridades bolivianas y mucho menos de las cubanas.

Es evidente que para el castrismo no importa la autenticidad de esos huesos. En definitiva, Ernesto Guevara tuvo mil nombres, como El Loco, Fuser, El Chancho, El Francotirador, Martín Fierro, Ramón Benítez Fernández, Adolfo Mena González, Tatu, Ramón, Fernando Sacamuelas y su código para la CIA era AMQUACK. La realidad es lo que dice el gobierno cubano: el Che vive en los jóvenes cubanos.

Lo obvio, no obstante, es que su famoso “legado” es solo un conjunto de audiovisuales, y se le rinde culto en Cuba y en el mundo más a su foto que a su herencia espiritual. El legado del Che es el de Alberto Korda, que tomó aquella extraña foto en 1960. Más aún, es el legado de Jim Fitzpatrick, que desde 1968 nos sembró en los ojos, a partir de la foto de Korda, la imagen icónica que mira a la nada.

No importa si sus restos son falsos o no. Todo Guevara es falso. Pocas veces Fidel Castro hizo una proclama tan vacía como la de aquella velada solemne de octubre de 1967, cuando pidió que nuestros hijos “se eduquen en el espíritu del Che”. ¿Qué significa eso realmente, aparte de cuatro o cinco supuestas virtudes estoicas desasidas de la realidad?

Para el filósofo Fernando Martínez Heredia, nuestra juventud seguía “siendo tímida ante el estudio de la obra del Che”. Timidísimo fue él ante la evidencia de que los jóvenes están hartos de monsergas sobre alguien que no les ofreció nada real para ahora ni para mañana.

Los monumentos a Máximo Gómez y a otros extranjeros que vinieron a apoyar la lucha por la libertad en Cuba, serán respetadas siempre, pero es difícil que, cuando sea conocida por los cubanos la oscura historia del castrismo y sus cómplices, permanezcan en pie los de Ernesto Guevara, siempre mirando al aire, a la nada remota del hombre nuevo.

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