Un comunista en el Banco Nacional Cubanet

El Hospital Clínico Quirúrgico Hermanos Ameijeiras fue pensado para servir de sede al Banco Nacional de Cuba (Foto: thecubanhandshake.org)

LA HABANA, Cuba.- El pasado 13 de octubre, Día del Trabajador Bancario, fue dedicado a Ernesto Guevara, de cuya muerte se cumplen 50 años por estas fechas. La celebración gremial se enmarca en el 22 aniversario de la fundación de Banco Internacional de Comercio S.A., el 55 de la nacionalización de la banca y el 56 del nombramiento del Che como “Primer Presidente Revolucionario del Banco Nacional de Cuba”.

Leemos en la prensa oficialista que, en ese día de 1960, el Gobierno Revolucionario adoptó “una de las decisiones más trascendentes para su independencia económica”: nacionalizar las instituciones bancarias y 44 bancos privados, entre ellos varios extranjeros. Desde septiembre ya habían sido nacionalizados los principales bancos norteamericanos.

Ese acto se justificaba con que “uno de los instrumentos más eficaces de la intromisión imperialista en nuestro desarrollo histórico ha estado representado por el funcionamiento de los bancos comerciales norteamericanos, los cuales han servido de vehículo financiero para facilitar la actuación monopolista de las empresas norteamericanas en Cuba y para la invasión masiva del país por el capital imperialista”.

Ahora, “las funciones bancarias comenzarían a respaldar los intereses de la nación cubana, que pugnaba por emerger luego del desastre económico heredado el primero de enero de 1959”, y se evitaba así que fuera sufragada la contrarrevolución con dinero cubano, aparte del riesgo que implicaba que empresas extranjeras imprimieran los billetes fuera del control del Gobierno Revolucionario.

Casi un año antes, el 26 de noviembre de 1959, el comandante Guevara había sido designado por Fidel Castro para dirigir el Banco Nacional de Cuba. Según la prensa gubernamental, “desempeñó una efectiva labor para adaptar esa institución a su nuevo papel”.

Felipe Pazos, el anterior presidente de la institución, le había encargado al arquitecto Nicolás Quintana el diseño del edificio del Banco Nacional —luego transformado en el hospital Hermanos Ameijeiras—, y este fue citado un día por el nuevo jefe. Quintana no olvidaría jamás el encuentro. Cuando entró en la otrora oficina de Pazos, el Comandante lo esperaba con los pies descalzos sobre el buró.

“Usted es burgués, ¿no?”, fue lo primero que le soltó el Che. “No, Comandante, yo no soy burgués”, respondió el arquitecto. “Ah, ahora usted es revolucionario”, dijo el presidente. “No, no soy revolucionario”, replicó Quintana: “Burgués era mi bodeguero. Yo soy gran burgués. Nací con una cuchara de plata en la boca y me he pasado la mitad de mi vida trabajando para ayudar a los que nacieron sin ella. Por eso tengo moral para hablar”.

El nuevo director del Banco no perdió tiempo en rodeos y fue directo al grano: “Usted tiene tres alternativas. La primera, usted se va de Cuba. La segunda, 30 años de prisión para usted. La tercera, por ser gran burgués, paredón de fusilamiento”. No resulta difícil suponer cuál alternativa escogió el arquitecto Quintana.

Casi ocho años más tarde, otro cubano tuvo que entrar también en una habitación donde se encontraba el Che Guevara. No obstante, la situación era muy diferente ahora, pues el Comandante se encontraba atado de pies y manos en un aula de la escuelita de La Higuera, después de haber sido apresado el día anterior.

Ese cubano, Félix Ismael Rodríguez, era un agente de la CIA enviado para ayudar al ejército boliviano a capturar al jefe guerrillero y entró en la improvisada celda para comunicarle al prisionero que se había ordenado su ejecución. El Che había creído que vivo valía más que muerto. Esa fue la última de sus grandes equivocaciones.

Según Rodríguez, luego de que Guevara se repuso del golpe de la noticia, conversaron ambos durante varias horas. En un momento del diálogo, el guerrillero le aseguró al agente que los problemas de la economía cubana estaban directamente relacionados con el embargo impuesto por Washington. A Rodríguez le asombró que opinara así quien había sido presidente del Banco Nacional y Ministro de la Industrias.

“¿Usted sabe cómo fui presidente del Banco?”, le preguntó el Che, y le narró entonces una curiosa anécdota: “Yo estaba en una reunión con la dirigencia y me pareció escuchar que Fidel estaba pidiendo ‘un comunista dedicado’, y levanté la mano. Pero luego supe que lo que él había pedido era ‘un economista consagrado’”.

El Guerrillero Heroico no pudo hacer fusilar al arquitecto Quintana como sí hizo con tantos cubanos. Le sorprendió al argentino que el último cubano que vio en su vida lo haría fusilar a él. Mucho le habría asombrado también que su propio rostro se convertiría en ícono impreso sobre monedas y billetes.

A nadie, sin embargo, deben resultarle absurdos la esquizofrenia monetaria y el desastre económico que padece hoy el país. En el principio estaba aquel “economista consagrado” como un adelanto de lo que vendría después. Aquel “comunista dedicado” encontró un peso cubano que valía en el mundo entero. Hoy, encontramos un CUP —su código de denominación internacional— que hasta en Cuba tiene escaso valor. Entre los rostros que lo adornan está el del “Primer Presidente Revolucionario del Banco Nacional de Cuba”.

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