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Víctor Mesa y VM32

LA HABANA, Cuba.- Harto sabido es que el talento, cuando se lleva en grandes dosis, suele amigarse con la inestabilidad emocional: esa evidencia es lo que siempre me ha dejado entender a Víctor Mesa.

Voy a ser categórico: se trata de un Top 3 en el capítulo de los All Around de Series Nacionales (solo detrás de Omar y Luis Giraldo), y también del personaje más controvertido que pisó aquellos terrenos, lo mismo como jugador que como manager. Virtud desmesurada, locura incontenible. Todo en una pieza.

Lo conozco lo suficiente para afirmar que en él conviven los ángeles de la vida y los demonios del béisbol. Que hay un Víctor en short y camiseta (generoso, cordial y amigo) y otro Víctor en uniforme de pelota (irracional, terco y huraño, siempre al borde del estallido más sonoro).

Doctor Jekyll y Míster Hyde, ¿le suena eso?

A lo largo de toda su carrera, VM32 se sintió Superman cada vez que entró al diamante. Metido en la casaca de Villa Clara o Cuba, se transformaba en una fuerza de la naturaleza, un animal competitivo, un individuo obsesionado con la idea de golpear cada pitcheo, fildear cada batazo y robarse cada almohadilla en el camino.

Porque eso, la ambición de ganar todo, fue su norma. Gozó el béisbol como nadie, y como nadie se agenció lovers y haters. Lo amabas o lo odiabas, pero fuera cual fuera el sentimiento te ibas hasta el estadio a ver al showman de las piruetas en la cerca y los deslizamientos en modo kamikaze.

Como escribí una vez, “podía llegar a alguna base y enloquecer literalmente al pitcher, que a menudo se iba de juego y cometía el grosero disparate del balk. O salir para home, embalado y triunfal, como le hizo a Ángel Leocadio Díaz delante de mis ojos, que lloraron con la rabiosa contención del niño que yo fui. O perseguir un fly y decirle a la pelota que no podía salirse del estadio porque él iba a saltar junto a la cerca, la atraparía en un alarde de pericia y quedaría oscilando sobre el límite del parque como un demonio acróbata”.

Jamás pasaba inadvertido. Era capaz de meter la pata hasta lo hondo, pero también de conmoverte con un gesto de pura humanidad. Atizó el fuego cuando dijo que Bell tenía problemas en el brazo o que Yulieski se dormía en los partidos, dejó fuera a Pestano del team Cuba, le echó tierra en los ojos a un umpire, catalogó a Fidel como su padre, inclusive se declaró comunista en pleno Miami, y al mismo tiempo se fajó como nadie por su gente. De esto último no pondré ejemplos puntuales: para contarlo sobran relatores.

Francamente, esta pelota en decadencia necesita elementos como él. Es decir, tipos dispuestos a dar guerra a todos los niveles, imponer disciplina a cualquier costo y ponderar los premios materiales en lugar de la ridiculez de los diplomas. ¿Que hizo y deshizo como le vino en ganas? ¿Que se pasó los reglamentos por la región testicular y tomó el mando, capo di tutti capi por su propia cuenta y riesgo? No es su culpa: allá quienes le permitieron ir tan lejos.

Para mí, la locura de Míster Hyde (VM32) no anula el buen hacer del Doctor Jekyll (Víctor Mesa). Tanto amó el béisbol y tanto lo desquiciaban los terrenos, que un día lo botaron y regresó al dugout escondido en el disfraz del cocodrilo, la mascota del equipo matancero. Los jugadores se reunían a su alrededor en los entreinning, y él les daba instrucciones mientras los narradores ponderaban el poder aglutinador de la mascota…

Genio y figura. Líder desde la gorra a los spikes. Capaz de armar un homenaje y montar un entierro simultáneo. Medianamente cuerdo, a menos que se haya puesto el uniforme. Cuando lo tengo enfrente, de vez en vez recuerdo que Van Gogh se cortó una oreja, Steinitz quiso jugar al ajedrez con Dios y Demócrito se sacó los ojos para pensar mejor.

Entonces lo comprendo.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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