Aduriz sopla la vela de la victoria

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Más allá del partido perdido está el aburrido. El perdido encrespa e ilusiona a partes iguales. En las malas películas, en las novelas, el final te da siempre una alegría y una tristeza: que se acaba para bien o para mal. El aburrido tiene el maldito don de la eternidad. No acaba nunca y nunca acaba de comenzar. Es como un charco bajo la tormenta. Y el Athletic anda empeñado en convertir cada primer tiempo en San Mamés en un concierto anodino, un play back para probar los focos frente a las mudas guitarras. Vamos, que el Athletic no esté para florituras. Sabe lo que va a cantar en cada concierto y cuando lo va a cantar. Y el Deportivo, con la necesidad de triunfar, decidió no arriesgar, confiar en un punteo atrevido ara salvar el espectáculo. Y como uno no cantaba, el Athletic, porque sus voces, Beñat, Wiliams, Aduriz, Raúl Garcia, no sonaban y el otro, el Deportivo, apenas hilvanaba dos acordes antes de romperse una uña, el partido era un desconcierto. Ocurre que en el fútbol cuando los porteros no intervienen es que a los delanteros les duelen las muelas. Emre Çolak le sacó un diente al Athletic de una dentellada mordaz: un zapatazo lejano, directo, sólido que sorprendió a todos, a todo San Mamés. El tuco atesora calidad y no escatima el trabajo. Y su equipo estaba trabajando bien. Ni metía miedo ni lo sufría, pero se sentía arropado, cómodo, tranquilo.

El Athletic ni soñaba ni despertaba, ni le despertaba habitual alarma el equipo, ni Muniain, que prefirió esperar, ni Aduriz que festejaba su 36 cumpleaños. Vivía un sueño liviano hasta que Çolak le dio una bofetada a tiempo.

Otra vez la vieja historia, la el espíritu, la de la hiperactividad, la del estado de necesidad, la del stress si se quiere. Y entonces Muniain, el más bajito, el más menudo que se echa el equipo a su pies (en la espalda no le caben todos), empieza a caracolear, cuartear rivales, a dejarlos atrás, quiebro aquí, quiebro allá, y el Athletic empuja que te empuja. Y el Depor guarda que resguarda. Y llegó el gol de Munian, tras un cabezazo de Aduriz y un recazo de Tyton. Del mal, el menor, pensaron muchos. Pero el Depor no se estiraba y el Athletic se convirtió en chicle gracias al pegamento de Muniain, convertido de pronto en un imán, con la pelota cosida al pie, con el alma cosida a la pelota.

Y llegó el segundo gol. Y lo marcó Aduriz, que festejaba su 36 cumpleaños. Muniain puso la vela, Susaeta la encendió y Aduriz la sopló. Las cosas por su orden. Los dos goles rojiblancos llegaron por los costados. Quizás sin saberlo, homenajearon a Pietr Keizer, el extremo más elegante que probablemente ha dado el fútbol, fallecido ayer. Nadie como él bailó mejor en el alargado y estrecho baldosín de la cal del campo.