El monasterio de la fe de Zidane

El entrenador ha unido a un grupo otrora roto. Hasta los suplentes alaban su gestión. Les alecciona con dos títulos históricos: «Málaga es otra final de Champions»

Es un sabio humilde. La sonrisa es su arma de armonía. Convence a veinte estrellas que solo pueden jugar once. Les dice con pocas palabras, sin mentir, que intentará premiar el trabajo de todos. Y les advierte que si todos están preparados para rendir al máximo y tienen pensamientos positivos y nada individualistas, pueden conseguir un doblete histórico. Zidane ha hecho de la plantilla un monasterio de fe en la victoria. Ha pedido a los suplentes que no entren al capote de las ofertas. «Eso después de Cardiff». Ha sellado el vestuario para centrarse en la misión: «La final de Champions es en Málaga». Oído cocina blanca.

«Zizou» no buasca pelea con el futbolista. Habla. Le convence. Tendrá minutos, pero los suyos serán en detrimento de otra figura. Fue un grande y su sabiduría como jugador se impone con respeto

¿Qué ha hecho para tener en forma a titulares y suplentes? Hoy, Isco, reserva durante medio año, habla bien de él. Y Nacho. Cristiano, que no regala precisamente flores, afirma que «gestiona muy bien el vestuario». «Ha conseguido incluso que el equipo salga por fin con intensidad en cada partido para marcar primero», subraya otro mito de la casa. Es su inteligencia para convencer a cada jugador la que forjó la unidad.

«Dos no se pelean si uno no quiere», destaca un profesional del club. «Con una buena llave se abre cualquier cerrojo». La forma de entender un vestuario por parte de Zidane es muy distinta al resto de entrenadores. Es una verdad tan cierta como que difícilmente se encontrará «Zizou» en el futuro a un grupo tan unido y con personas tan preparadas para abrir ojos, atender, ser receptivos y no poner pegas.

Habla poco y hace mucho. Fue un grande como jugador y conoce el gremio. No se extiende en charlas, ni en dedicatorias especiales tras las victorias o las derrotas. Elogios, los justos,. Al estilo de Di Stéfano: «Zidane obra cortito y al pie». Un técnico tiene que hacer con su futbolista la visita del médico: llegar y tocar. Punto. El jugador agradece el detalle. No es una cesta para llenarle la cabeza de cosas.

«Todos sois importantes», les dijo en julio. Lo ha confirmado con hechos. Hoy, suplentes como Morata, Isco, Nacho y Asensio son internacionales

Dijo a sus hombres en la pretemporada: «Todos sois importantes». La diferencia con tantos prerparadores es que «Zizou» lo ha confirmado. No habla en vano. La credibilidad es su arma.

«Hay que exprimirse en dos finales para ganar dos grandes títulos», espeta a veintitrés internacionales. Corto y cambio. No hay sermones. No hay arengas. Sus pupilos le respetan por su tiro directo a lo que importa.

Podría reunirles a todos cada mañana y meterles en la sala de visionado para revisar cuatro partidos. No lo hace. Podría reunirles para ver escenas de Braveheart que te ponen el corazón en un puño y así saltar todos al césped pegándose pechazos y a mí el balón que los arrollo por ti, «Zizou». No. Podría apabullarles con esquemas trabajados con «powerpoint» sobre la conveniencia de un 4-4-2 elástico. No.

Sus instrucciones son tan claras como profundas. Los laterales deben ayudar a los centrales. Los centrocampistas deben controlar y dar bien los pases. Los delanteros deben aportar robo de balón. Todo lo demás, los jugadores lo tienen de serie. Por eso les fichó el Real Madrid. Venía con el precio. Y Zidane pone el sobreprecio: un doblete para ser más grandes.

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