La capitalidad editorial de Barcelona se tambalea

Barcelona vio tambalearse el martes, pocos minutos después del discurso de Carles Puigdemont, su capitalidad editorial en lengua castellana. Y con ella, el liderazgo de la primera industria cultural española, que representa el 1,3% del PIB. El grupo Planeta había anunciado que si la independencia de Catalunya era declarada en cualquier forma, trasladaría su domicilio social a Madrid. Y cumplió con ello.

La capitalidad editorial se mide por varios baremos, unos objetivos, otros de prestigio. El primer concepto clave es el de la facturación, y desde hace varios lustros la del Gremi d’Editors de Catalunya –muy mayoritariamente barceloneses– era superior a la del madrileño. Por no mucha diferencia, pero lo era. Según datos del Ministerio de Cultura del 2017, Catalunya representaba el 49,5 por ciento frente al 43,4 por ciento de los editores de Madrid.

El grupo Planeta constituye el principal conglomerado editorial hispanoamericano, con una facturación de 3.300 millones de euros anuales, de los que 1.815 corresponden a las divisiones de libros. Representa en torno a un 18% del mercado. Si su producción pasara del registro de editores barceloneses al de los madrileños, la facturación de estos superaría el 60% del total español, mientras que la de los catalanes descendería en torno al 30%. No está claro que esto ocurra. De momento, Planeta sólo traslada la sede social del grupo, pero las editoriales y los trabajadores siguen en Barcelona. Un destacado editor barcelonés señala, sin embargo, que “a la larga o a medio plazo un traslado de la sede fiscal acaba implicando traslados operativos o presencia de nuevos trabajadores”. Fuentes del sector explican que “se trata de una decisión más meditada de lo que se ha dicho, no sólo por una declaración concreta. Ellos llevan años pensándolo y prevén que la inestabilidad política va para largo”. Todas las fuentes consultadas coinciden en que cuando se toman decisiones de este calibre, “resulta difícil que las empresas vuelvan”.

Un segundo criterio es el del prestigio y la influencia. El grupo Planeta, propiedad de la familia Lara, cuenta con 47 editoriales (más las 13 del Grup 62 y una en Portugal), varias de inequívoca raigambre barcelonesa. Ahora, sellos como Seix Barral que proyectó al mundo Carlos Barral y lanzó el boom sudamericano; la editorial Destino –que con Josep Vergés al frente lanzó los premios Nadal y publicó la obra completa de Pla– o la propia Planeta, que creada por José Manuel Lara Hernández consiguió su primer best seller en 1953 con Los cipreses creen en Dios, del catalán José María Gironella, pasan a tener su razón social en la calle Josefa Valcárcel de la capital del Estado. Allí se reunirá el consejo; las grandes decisiones de fondo sobre todos estos sellos pasan ya a tomarse en Madrid.

“A la larga estas decisiones sí implican traslados o contratación de trabajadores”

En el grupo Planeta se remiten a la rueda de prensa del próximo sábado con su presidente Josep Creuheras para aclaraciones ulteriores de su postura e implicaciones prácticas de la decisión. Junto a Planeta, el otro principal gran grupo que tiene su sede en Barcelona es Penguin Random House (PRH), que agrupa a 37 editoriales. PRH está participado en un 75% por la multinacional alemana Bertelsmann y en un 25% por la británica Pearson. En un comunicado el grupo aseguraba diplomáticamente que “seguimos de cerca la situación” y que “en caso de que haya cambios, evaluaremos la situación en consecuencia y tomaremos entonces todas las medidas necesarias para defender los intereses de autores, lectores y empleados”. Observadores del mundo editorial apuntan que en Gutersloh, donde tiene su sede central Bertelsmann, se han preparado para cualquier eventualidad, de modo “que si se produce un cambio de ­marco jurídico, marcharían rápidamente”.

Los responsables de Salamandra, la editorial de Harry Potter, uno de los sellos medianos españoles con más peso y amplia difusión al otro lado del Atlántico, afirman: “La base de nuestro negocio es la compra de derechos de traducción, que se otorgan en función del idioma oficial del lugar donde se editan los libros. En caso de independencia real, Salamandra se vería obligada a trasladar su actividad a otra ciudad fuera de Catalunya. Por el momento, estamos a la expec­tativa.”

Anagrama, por su parte, “no ha puesto sobre la mesa” la eventualidad de marcharse de Barcelona. Daniel Fernández, de Edhasa, dice: “Quiero continuar viviendo en Barcelona. Si no cambian las cosas dramáticamente, seguiremos”.

Patrici Tixis, presidente del Gremi d’Editors de Catalunya, señala que “las empresas lo que buscamos siempre es seguridad jurídica y que nuestros procesos de trabajo puedan desarrollarse con garantías. La situación actual genera incertidumbre y no es buena para nadie”.

Las consecuencias de una eventual independencia de Catalunya casi no afectarían a la venta de derechos, pues muy mayoritariamente se realizan por áreas lingüísticas (español, francés, etcétera). Los editores temen, en cambio, la doble imposición fiscal, es decir, los impuestos de más que pagaría un país de fuera de la Unión Europea para cualquier operación. Si Malcolm Otero (Malpaso) ve “terrorífico” salir de la UE, Luis Solano, de Libros del Asteroide, dice que “si se produjera, cosa imposible, es evidente que nosotros, al igual que la mayor parte de las empresas que tienen su negocio fuera de Catalunya (en mi caso, el resto de España y Latinoamérica supone el 80% de las ventas), deberemos tener la sede en un lugar en que se pueda operar con euros y exportar a Latinoamérica. Se hacen una tirada para todos los mercados y, lógicamente, no vas a hacerla en un país que tiene aranceles”.

Las agencias literarias –otro factor clave en la hegemonía catalana en el mundo del libro– también estudian la situación. Algunas están buscando oficina en Madrid, por si acaso. Otras, como Antonia Kerrigan, dicen: “No nos planteamos salir, aunque a lo mejor dentro de quince días tengo que responder otra cosa. El problema sería que, fuera de la UE, habría que negociar con cada país nuevos acuerdos de impuestos, de lo contrario a cada autor le descontarían cantidades enormes por sus ventas en el extranjero”.

En el caso de las editoriales en catalán no hay lugar a dudas. El Grup 62, pese a pertenecer a Planeta, se man­tiene en Catalunya. Albert Pèlach, director general del Grup Enciclopèdìa Catalana, dice: “Somos una empresa catalana y defenderemos la república catalana allá donde sea”. Respecto a su acuerdo con Planeta, Pèlach comenta: “Tenemos una empresa participada en común y respetamos lo que hace cada uno en su casa”. Montse Ayats, presidenta de la Associació d’Editors en Llengua Catalana, se muestra prudente. “Hasta el sábado no sabremos el detalle de la decisión de Planeta y las consecuencias del cambio de sede. Lo fundamental es que se conservan los puestos de trabajo directos e indirectos, es decir, diseñadores, maquetistas…”.

La edición en catalán se ha visto favorecida por las ventajas que les da contar con un rico tejido industrial. Otra cosa es si una huida masiva de editoriales en castellano pudiera dar un vuelco y la cultura editorial dominante pasara a ser entonces la catalana y primara sobre la castellana.

Un riesgo que no pasa inadvertido a los responsables de editoriales con colecciones en catalán es la reacción de los escritores independentistas que podrían plantearse cambiar de editorial.

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