La Rambla, herida

El atentado del pasado jueves no se produjo en una calle cualquiera, sino en la avenida de mayor fuerza simbólica de la ciudad, la que más define su identidad. ¿Para qué barcelonés no tiene la Rambla un significado especial? ¿A quién no le ha sucedido algo importante allí? La Rambla es símbolo de una Barcelona abierta, dinámica, tolerante, llena de vida… que ha inspirado a escritores, mú­sicos, pintores y atraído a ilustres viajeros. Por la Rambla desfila el mundo y las grandes corrientes de la historia y, por eso, parafraseando a Samuel Johnson, puede decirse que quien esté cansado de la Rambla es que está cansado de la vida.

Juan Goytisolo no tenía ninguna duda y, aunque vivía en Marrakech, presentaba todos sus libros en Barcelona porque “me gusta ­esta ciudad, al menos de plaza ­Catalunya para abajo. Yo me de­claro nacionalista de las Ramblas, con todos los idiomas y culturas. En el Raval me siento en mi barrio. Ayer charlé con un camarero pakistaní que me enseñó algunas palabras en urdu…”, explicaba a este diario en el 2007.

La violencia que ha visto la Rambla

Horcas con cabezas en sus inicios, destrucción de conventos, la guerra…

Creada como paseo en el año 1440, la Rambla ha vivido episodios de sangre y violencia ya desde sus inicios: los lectores de La catedral del mar y Los herederos de la tierra, novelas históricas de Ildefonso Falcones, conocen bien la ubicación, cercana a la actual Boqueria, de las horcas que lucían a modo ejemplarizante las cabezas de “personas viles”. Muy posteriormente, los asaltos a conventos de 1835 dejaron un buen número de religiosos muertos, y de hecho fue la desamortización de Mendizábal la que permitió construir, primero, el mercado de la Boqueria (donde estuvo el convento de Sant Josep), luego la plaza Reial (en los capuchinos) y más tarde el Liceu, erigido sobre lo que había sido la sede de los trinitarios. Otro momento de violencia fue la Guerra Civil, que George Orwell reflejó en su Homenaje a Cataluña. El británico se alojó en el hotel Continental –desde la ventana ­habría visto pasar la furgoneta del jueves– y conoció las luchas entre facciones del bando republicano, cuyas sedes se encontraban en la misma plaza Catalunya, la del PSUC donde ahora está la Apple Store y la de la CNT en el edificio de Telefónica, mientras que el POUM estaba en el hotel Rivoli, que Orwell defendió a tiros desde la terraza de enfrente, la del Poliorama.

Muchísimo antes, en 1862, el cuentista Hans Christian Andersen (1805-1875) se alojó en el hotel Oriente, un poco por debajo, y fue víctima de una tromba de agua, que observó desde el balcón: “Era tes­tigo de un espectáculo escalofriante. ¡El poder terrible del agua! El río crecía y crecía. El aluvión, rugiente como una presa de molino, arrancó árboles y aloes de raíz. Dentro de las tiendas, la gente se movía con agua hasta la cintura. Todo eran gritos y clamores. Más tarde supe que diversas personas habían desaparecido por los agujeros de las cloacas”.

La Rambla conecta el centro de la ciudad con el mar, y por ella han entrado no solo personas, sino costumbres, modas y tendencias internacionales, desde el jazz al tabaco. Varios grandes nombres de la literatura latinoamericana llegaron en los cincuenta, sesenta y setenta en barco, desde Mario Vargas Llosa –que llevaba un libro de Orwell bajo el brazo y lo primero que hizo fue recorrer aquellos escenarios– a Pablo Neruda. A Gabriel García Márquez (1927-2014) le gustaba ir a los quioscos por la tarde para comprar el vespertino Tele/eXprés.

Fue el centro de la intelectualidad literaria catalana en los años veinte y treinta

Josep Maria de Sagarra (1894-1961) le dedicó, entre otros, la obra de teatro La Rambla de les floristes (hay una versión disponible en la web de TV3), que retrata aspectos de la vida de la ciudad hacia 1860 a partir de una historia de celos entre dos vendedoras de flores. Sagarra era uno de los contertulios del Ateneu, epicentro de la cultura catalana en los años veinte y treinta, con nombres como Quim Borralleras, Josep Pla o Francesc Pujols, que llevaron la pasión de sus debates a varios lugares de la avenida.

Uno de esos tertulianos fue el gran poeta Josep Carner, quien volvió a Barcelona en 1970, tras un largo exilio y, víctima del alzheimer, se paseó por la Rambla sin saber muy bien dónde estaba. De repente, se detuvo a contemplar admirativamente el Liceu y exclamó: “Esta debe de ser una gran ciudad”.

En la transición, la Rambla fue pasarela de las nuevas costumbres sociales y acogió desde manifestaciones políticas hasta situaciones más lúdicas, como los llamativos paseos del pintor Ocaña (1947-1983) enseñando sus genitales, a veces junto a su amigo Nazario. En la esquina con Escudellers vivía por aquellos tiempos el escritor mexicano Sergio Pitol, futuro premio Cervantes, a quien le atraían los tugurios y locales de dudosa ­reputación de la zona. Seguía así la estela de tantos autores franceses venéreos que, como André Pieyre de Mandiargues (1909-1991), glosaron las alegrías de los bajos fondos. También Georges Bataille (1897-1962) y sus noches canallas en el hotel Oriente (acaso en la misma habitación que ocupó Andersen). O Jean Genet (1910-1986), maestro de Goytisolo, quien en Diario de un ladrón cuenta cómo fue, también en la Rambla, vagabundo, ladrón y chapero.

El Starbucks que protegió a la gente está en lo que fue el trabajo de Gil de Biedma

Pepe Carvalho, el detective de Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), es acaso el personaje literario más popular de la zona, con escenarios como la fuente de Canaletes, hoy convertida en altar, la Boqueria y su festival de olores, colores y sabores, el bar Glaciar de la plaza Reial, la coctelería Boadas o restaurantes como el Amaya o los cercanos Can Lluís y Casa Leopoldo.

Uno de los refugios de la gente durante el atentado fue el Starbucks de la Rambla, situado en los bajos del hotel 1898, la antigua sede de la Compañía de Tabacos de Filipinas, donde cada mañana llegaba a trabajar con su traje de ejecutivo el poeta Jaime Gil de Biedma (1929-1990), un buen amigo de Vázquez Montalbán.

El colombiano Fernando Vallejo también ha escrito sobre la ave­nida, en la novela La Rambla paralela, donde un viejo escritor colombiano acude a una feria del libro en Barcelona y, tras muchas peri­pecias, concluye que “la realidad es como esta Rambla de los locos”.

Es extraño encontrar un escritor catalán que no se haya ocupado de la Rambla, desde el superventas Carlos Ruiz Zafón hasta clásicos como Narcís Oller pasando por Eduardo Mendoza. Incluso el francés Stendhal la conoció en 1837, se alojó en el Hostal de las Naciones y dijo: “Barcelona es según dicen, la ciudad más bella de España después de Cádiz. Se parece en realidad a Milán. Desde Barcelona no se ve el mar. Este mar que todo lo ­ennoblece queda escondido por las fortificaciones que hay al final de la Rambla”, problema que se acabó solucionando.

Volviendo a ocupar la Rambla, a las pocas horas del atentado, los barceloneses quieren darle la razón a Lorca, quien dijo de ella que era “la calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la Tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en ­sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona”.

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