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Matria

Aunque no era la primera vez que lo empleaba, como ella misma se encargó de recordar posteriormente, el reciente manejo del término «matria» por parte de la vicepresidenta Segunda del Gobierno de España y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz, ha causado cierto revuelo en las redes sociales y otros reñideros sujetos a censura. Al cabo, no todo el mundo está dispuesto a mutilar su léxico y, al tiempo, asumir contenidos de una jerigonza, indoctamente feminista, que incorpora palabras como miembras, todes o soldadas, en relación, esta última, a unas mujeres dedicadas a la milicia, «religión de hombres honrados» a decir de Calderón de la Barca.

Acaso para revestirse de cierta de pátina de clasicismo, doña Yolanda, a la cual se le han caído tres másteres del curriculum con el que accedió a su cartera ministerial, recordó que Unamuno, Borges, Virginia Woolf o Julia Kristeva ya hablaban de «un espacio que nada tiene que ver con la tierra de nacimiento, ni con el Estado, sino con un lugar interior en el que crear un lugar propio», razón, a su parecer, suficiente, para cambiar patria por matria. Antes de desgranar tan heterogénea retahíla de nombres, Díaz, haciendo gala de su fe europeísta, se refirió a Edgar Morin, padre del rótulo «Matria Europa», que en 1956, gracias a los auspicios de la Fundación Ford, pantalla del anticomunista Congreso por la Libertad de la Cultura, fundó la revista Arguments, publicación que echó a rodar un lustro después de que el ya centenario Morin fuera expulsado del  Partido Comunista Francés por su antiestalinismo. Ignoro si la Díaz, militante del PCE, conoce estos datos, aunque no me cabe duda de que podría sortear con facilidad estas aparentes contradicciones, pues el partido que le provee de carnet giró hacia el eurocomunismo en tiempos de Carrillo, facilitando la convergencia europeísta de la abogada española y el sociólogo francés.

Sea como fuere, el regreso a la actualidad mediática del vocablo «matria», madre en latín, ofrece una magnífica oportunidad de buscar sus primeros usos en español, tarea que nos lleva a tiempos muy anteriores a los de Morin, pero también de los de Unamuno. En efecto, el martes 27 de Abril de 1819, en la Crónica científica y literaria, se insertó esta noticia acerca de la bibliografía extranjera:

Continúa la publicación del diccionario de Ciencias médicas que está ya en su trigésimo volumen. Contiene varios artículos interesantísimos, entre ellos los intitulados: Mana, Matrimonio, Matria, Médico y Medicina. 

Décadas más tarde, en el Primer diccionario general etimológico de la lengua española, debido a Roque Barcia y publicado en Barcelona en 1894, se encuentra una referencia a la voz «matria» que remite a los tiempos de Plutarco. En la entrada dedicada a tal palabra, se sostiene, basándose en los estudios de Pedro Felipe Monlau, militante del Partido Progresista, que el autor de Vidas paralelas optaba por decir matria en lugar de patria, «por cuanto debemos más beneficios a nuestras madres que a nuestros padres. Por esta consideración sin duda los cretenses llamaban matria a la patria». Un razonamiento que cabría completar con el muy romano semper certa est, pater semper incertus est.

Un salto hasta mediados del siguiente siglo nos aproxima a las palabras de Yolanda Díaz. En concreto a las del cubano negro para unos, racializado para otros,  Angel César Pinto Albiol, que caracterizó a José Martí como krausista, etiqueta adherida al prócer cubano que le condujo a la marginación. Pinto Albiol, tan marginado antes de la revolución como tras el éxito de esta, obtenido bajo el lema «Patria -que no matria- o muerte» usó el término «matria» en su obra El pensamiento filosófico de José Martí y la revolución cubana, y otros ensayos, publicado en La Habana en 1946. En concreto, la empleó en «Patriotismo proletario y patriotismo burgués», al cuestionarse acerca de qué es la patria, coincidiendo con Monlau, es decir, acudiendo a Plutarco, autor situado a mil leguas de Yolanda Díaz, solícita asistente de la mesa de secesión catalana en la que se negociarán, bajo el anestésico poder del diálogo, privilegios y desigualdades entre españoles.


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