No son antitaurinos, son hijos de puta

La Policía Nacional pide respeto en internet ante los salvajes comentarios vertidos contra Iván Fandiño tras su trágica muerte en una plaza de toros.

La Policía Nacional pide respeto en internet ante los salvajes comentarios vertidos contra Iván Fandiño tras su trágica muerte en una plaza de toros.

AR.- Su voz nacía de las propias entrañas. Cada nombre y cada verbo brotaban del alma. Puro corazón. El corazón de un torero. La solemnidad no suele fallarle a la Fiesta Nacional en los grandes momentos. Con Iván Fandiño muere algo de España y de todos los buenos españoles. Hay muertes que surten el efecto de sobrecoger a millones. La de Iván es una de ellas. En cambio, ¿a cuántos sobrecogería la muerte de alguno de los antitaurinos que vierten estos días su veneno en las redes sociales? No sé qué sustancia nociva ingieren estos canallas para expresar un odio tan irracional y profundo. Hay españoles que al morir dejan honda huella positiva. Como Fandiño, destacaron por lo que hicieron y lo que hicieron les acerca a esa inmortalidad que ni todos los animalistas lograrán arrebatarle nunca. “Sangre de Caín tiene esta gente labriega…”. En el soneto revivido de Machado, el alma sórdida y ennegrecida de los que celebran la muerte de un compatriota.

Los antitaurinos han deseado la muerte a un niño con cáncer porque quería ser torero. Los antitaurinos celebraron con estruendo la muerte del torero Víctor Barrio. Los antitaurinos pretendieron empapar con la peor baba el seco dolor de su viuda. Los antitaurinos han destrozado parte de nuestro patrimonio artístico. Los antitaurinos insultan, amenazan y agreden a cualquiera que no tenga su misma visión fundamentalista sobre la fiesta brava. Los antitaurinos, con las salvedades que puedan existir, se comportan como unos auténticos hijos de puta.

La fiesta brava constituye uno de las principales símbolos identitarios de nuestra nación, y no es descabellado atribuir la escalada de violencia verbal y física de los antitaurinos a su pretensión de poner fin a una tradición nacional en beneficio de la cultura global. Odian todo lo nuestro, todo lo que nos resulta propio, todo lo que subraya nuestra singularidad nacional. Ellos preferirían que consumiéramos Coca Cola y carne transgénica, que rezáramos mirando a La Meca.

Una imagen que los antitaurinos no denunciarán nunca.

Una imagen que los antitaurinos no denunciarán nunca.

Podría glosar la proyección artística y cultural de los toros a través de los lienzos de Goya, los aguafuertes de Picasso, la poesía de García Lorca, los metrajes de Orson Welles o las narraciones de Hemingway. No haría sino referirme a la tauromaquia como un revulsivo de la conciencia nacional. Los toros refuerzan además nuestros lasos fraternales con las patrias de Víctor Mendes, de Sebastián Castella, de Roca Rey, de César Rincón, de Morenito de Maracay y del maestro mexicano Arruza.

Si fueran personas normales, si no estuvieran tan anestesiados por el odio y el sectarismo,preguntaría a los antitaurinos acerca de su manifiesto desinterés por casos tan extremos de crueldad con los animales como los corderos degollados cada año en España durante la fiesta musulmana del Eid al-Adha o las pavorosas condiciones en muchos mataderos y granjas avícolas. Sería perder el tiempo. Odian la Tauromaquia porque la tauromaquia se encuentra en el ADN de la tradición y de la identidad españolas.

Si los antitaurinos fuesen coherentes con los ideales en favor de la vida que dicen defender, los antitaurinos tendrían que tener una posición clara y rotunda en contra del aborto. Si a los antitaurinos les preocupara la pérdida de vidas animales, los antitaurinos no mantendrían el miserable silencio que mantienen con las peleas de gallos, las cacerías de ballenas en aguas australes, las matanzas de focas en Groenlandia, los cotos de caza donde se dan cita algunas de las principales personalidades de la vida española o el salvaje sacrificio que lleva aparejada la elaboración del foie gras. “La tauromaquia en cambio es amor a la naturaleza y respeto al medio ambiente, es una simbiosis de hombre y campo, es ver crecer al toro bravo en libertad y rodeado de las atenciones y cuidados de las que, por desgracia, la mayoría de las personas no tienen. Es la belleza de la vida largamente preparada para afrontar con grandeza el rito de la muerte.

Los amantes de la tauromaquia amamos tanto al toro bravo que no cambiaríamos la vida de uno sólo de estos ejemplares por las de todos esos antitaurinos que celebran la muerte de un torero o desean la de un niño por el hecho de querer ser torero. Definitivamente, no son antitaurinos, son hijos de puta. Y como tales deben ser considerados.

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