Polonia prefiere dejar la Unión Europea antes que acoger a ‘refugiados’ musulmanes

Carlos Esteban/Intereconomía.- Puestos a elegir entre continuar en la Unión Europea y aceptar inmigrantes musulmanes o abandonarla y mantener las fronteras cerradas al Islam, una mayoría de polacos se decantaría por lo segundo.

Es el resultado de una encuesta realizada por la agencia IBRiS para el diario ‘Polityka’, en la que un 51% de los encuestados dijo preferir abandonar la UE si era el único modo de mantener su política de no aceptar inmigrantes musulmanes.

Un resultado así no sería noticia en muchos otros países de Europa Occidental en los que la opinión euroescéptica ha crecido sensiblemente en los últimos años y donde políticos que proponen un referéndum similar al británico ven aumentar su popularidad.

Pero, en este caso, es una verdadera sorpresa: Polonia es entusiastamente europeísta. Todos los países del antiguo Bloque Soviético, en realidad, están más que felices de pertenecer al club europeo, en buena parte porque, al ser ‘los parientes pobres’, se benefician de los fondos de cohesión y, en parte, porque tras medio siglo de separación impuesta y regímenes comunistas están deseando integrarse irrevocablemente en Europa y codearse con sus vecinos ricos.

Pero en el caso polaco esta pasión es aún más fuerte, por la tradicional desconfianza hacia una Rusia que ha ocupado su territorio demasiadas veces. Eso hace del país no solo un euroentusiasta, sino también un integrante convencido de la Alianza Atlántica, en la que ve su salvaguardia contra veleidades expansionistas de su poderoso vecino del Este.

Según una encuesta de la demoscópica CBOS publicada en junio, el 88% de los polacos es partidario de la permanencia de su país en la Unión Europea, con solo un 9% en contra.

Eso es lo que hace paradójico no solo esta encuesta de IBRiS, sino el enfrentamiento, que parece estar haciéndose permanente, entre el ejecutivo derechista del partido Justicia y Paz (PiS) y sus socios de Bruselas a cuenta de… Un montón de cosas: la reforma judicial, el ‘derecho’ al aborto o la negativa a acoger a los ‘refugiados’ que, según la Comisión Europea, les ‘corresponden’.

Polonia no es progresista

Es frecuente leer en medios occidentales que Polonia ha iniciado una “deriva antidemocrática”. Comentarios así suelen verterlos entusiastas partidarios de una Unión en la que nos gobierna una Comisión que no hemos elegido y con un Parlamento que no puede proponer leyes, lo que no deja de ser gracioso. En realidad, lo que quieren decir con esa curiosa frase es que Polonia no es progresista.

Y es bastante cierto. En las últimas elecciones al Sejm, el parlamento. sucedió algo asombroso: desapareció la izquierda, caso único en Europa. En palabras del mensual Jacobin Magazin, “no queda un solo diputado de izquierdas en Polonia, no importa la definición de “izquierda” que se elija. No hay partido socialdemócrata, no hay partido de izquierda radical, no hay partido ‘verde’, apenas hay partido socialliberal. En el quinto mayor país de la Unión Europea, la izquierda simplemente se ha desvanecido“.

El Gobierno no es euroescéptico

El partido en el poder tampoco es euroescéptico en absoluto; es solo que tiene una idea de cómo debe entenderse la UE marcadamente diferente de la que defiende el Ejecutivo comunitario. El PiS está decidio a defender la soberanía polaca dentro de la UE a capa y espada, sobre todo en la esfera de los valores y la cultura, en la que rechaza lo que considera una cosmovisión de izquierda liberal dominante en el seno de la Unión que amenaza su identidad nacional.

Por otra parte, el PiS ve con creciente recelo los avances de la Comisión tendentes a convertir la UE en un megaestado, y está encabezando, junto a sus aliados del Grupo de Visegrado (Hungría, Eslovaquia y República Checa), la oposición a este modo de entender el club europeo.

Lo que parece indicar la encuesta con que empezábamos este artículo, en fuerte contraste con el euroentusiasmo desplegado en lo demás por ciudadanía y Gobierno, es que quizá este último sea más amplio que profundo.

Los dos grandes objetivos

Polonia tenía dos grandes motivaciones para buscar en su día el ingreso en la Unión Europea, uno emocional y casi romántico; y el otro práctico y crematístico. El primero era su reincorporación a la ‘Europa libre’ tras medio siglo de comunismo tutelado por Moscú, simbolizado por su acceso al club de las naciones libres y democráticas. El segundo, la urgente necesidad de formar parte de un fuerte bloque de libre mercado que garantizase el crecimiento económico.

Pero el primer objetivo se ha conseguido ya con creces, Polonia ha dejado atrás la época comunista y los complejos asociados a la misma y ahora, enfriado el impulso romántico, empieza a ver que no son pocas las cosas que le separan del corazón de esa Europa con la que soñó durante décadas.

Por ejemplo, el asunto de los refugiados en particular y la inmigración en general. Siendo país más de emigrantes que de inmigrantes, el contraste podría haberse mantenido oculto muchos años si no hubiera estallado la reciente crisis de los refugiados. El pasado mayo, una encuesta de CBOS revelaba que un 70% de los polacos se opone a aceptar refugiados de países musulmanes, con solo un 25% a favor de hacerlo.

Polonia es un país abrumadoramente católico con muy escasa diversidad étnica que no ha experimentado las convulsiones sociales asociadas a la inmigración masiva y de difícil asimilación y que, después de haber visto sus resultados en los países de Occidente, prefiere evitarlas.

Por otra parte, el incentivo económico ya no es el que era. Ni Polonia tiene en absoluto la economía postrada y subdesarrollada de hace unos años, ni las ayudas europeas son lo que eran. Se supone que este ejercicio presupuestario de Bruselas, que llega hasta 2020, será el último en el que Polonia figure como receptor neto de ayudas.

Todo lo cual hace previsible que, pese a la actual opinión predominante proUE en el país, no sea en absoluto descabellado prever el crecimiento de los partidarios del ‘polexit’, quizá de forma acelerada, especialmente si siguen agriándose las relaciones con Bruselas. Una razón adicional para pensarlo es que el minoritario euroescepticismo se concentra casi exclusicamente entre los más jóvenes -si la oposición a la UE es de solo 9% en la población en general, alcanza el 22% entre los polacos entre 18 y 24 años-, que no vivieron el comunismo y por tanto no entienden a qué viene alharacas.

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