‘Rafael de Casanova, el héroe que no quería serlo’, por Ricardo García Cárcel

En 1863 se dedicó a Rafael de Casanova una calle de Barcelona dentro del plan urbanístico del Ensanche que planificó Cerdà. En 1886 se encargó a los escultores Manuel Fuxà y Rossend Nobas una estatua del mismo personaje que se inauguró con motivo de la Exposición Universal de 1888. La estatua se convirtió en punto de encuentro de organizaciones catalanistas con ofrendas florales. Inicialmente instalada en el Paseo de Sant Joan, se trasladó a su actual ubicación (Ronda de Sant Pere) en 1914. La fiesta del Once de Septiembre se empezó a celebrar en 1891. La conmemoración fue prohibida por las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco. El monumento se retiró y fue restituido en 1977 por el alcalde Socías Humbert y desde entonces, cada Diada, se efectúa una ofrenda floral a la memoria de Rafael de Casanova.

La memoria heroica del Once de septiembre ha focalizado la atención en este personaje que nació en Moià en 1660 y murió en 1743 en Sant Boi de Llobregat. Terrateniente con un buen patrimonio, estudió derecho en Barcelona y se casó con María Bosch, también de familia burguesa, con la que tuvo cuatro hijos. La Renaixença (en especial, Víctor Balaguer) lo convirtió en el héroe épico de la resistencia del 11 de septiembre de 1714 frente a los borbónicos. Las biografías que se escribieron en el siglo XX realzaron el aura mítica del personaje como reflejan los textos de Carreras Bulbuena (1914) o el más reciente de Carles Serret (1996).

Un examen histórico riguroso nos obliga a cuestionar las connotaciones épicas del personaje. Rafael de Casanova fue elevado a la condición de mito del nacionalismo catalán sin buscarlo ni desearlo por su parte. Fue, el conseller en Cap del municipio barcelonés aquel 11 de septiembre de 1714. Había sido elegido en noviembre de 1713, sustituyendo a Manuel Flix. Le tocó pechar con el momento álgido del sitio de Barcelona, contra el asalto borbónico de Berwick y los borbónicos. En el enfrentamiento final, el mismo día 11, por la mañana, temprano, fue herido en un muslo en el barrio de Sant Pere, en la refriega final en la que se luchaba cuerpo a cuerpo. Este fue su momento heroico que lo elevó a los altares del mito. Pero en el perfil de la biografía de Casanova hay muchas sombras.

Las sombras de Casanova

Casanova fue conseller tercero en la ciudad en enero de 1706. En abril de este año, la cúpula municipal se tuvo que enfrentar a un alboroto popular motivado por las divisiones internas en pleno sitio borbónico, sitio que acabaría fracasando. En este alboroto fue asesinado de forma un tanto oscura el conseller primero de la ciudad, Nicolás de San Juan, cuando iba acompañado de Casanova a intentar frenar el amago de revuelta.

Más tarde, a partir de 1713, la ejecutoria de Casanova como conseller en Cap tuvo muchos agujeros negros. Se enfrentó con Antonio Villarroel, el militar encargado de la defensa de Barcelona, por discrepancias estratégicas. Colisionó con los partidarios de la rendición como Ramon Rodolat o los propios miembros del Consell de la Generalitat que sería disuelto en febrero de 1714. Y su relación fue extraordinariamente conflictiva con el conseller segundo de la ciudad, el mercader Salvador Feliu de la Peña. No parece que fuera de los convencidos de apoyar la guerra en la Junta de Brazos, de la que formó parte como ciudadano honrado, miembro del Brazo Real.

Su actitud, pese a sus heridas en el asalto final, que le obligaron a retirarse al colegio de la Merçè, no fue juzgada por los borbónicos como significativamente hostil. Se le embargaron los bienes, se le retiró la condición de ciudadano honrado, pero no sufrió la represión que sufrieron tantos otros líderes como la ejecución de Josep Moragues, meses después del once de septiembre, o el apresamiento de Villarroel, hasta su muerte. La vida posterior de Casanova fue una vida cómoda de abogado ejerciente en Sant Boi, retirándose de la vida pública en 1737 hasta su muerte seis años después.

Su memoria, reflejada en la carta que escribió el nueve de abril de 1728 a su amigo Francesc de Castellví en la corte de Viena, transpira resentimiento hacia sus excompañeros que compartieron la defensa de Barcelona y que según él “son autores de muchos embustes” y no han cesado de calumniarle. “No quiero más saber de cuentas pasadas ni poner otra vez con duda mi proceder, únicamente deseo estar en mi casa con quietud, desengañado de lo que es el mundo y acabar mis tristes días con sosiego”. El hombre más odiado por Casanova tras la experiencia del once de septiembre fue, sin duda, Salvador Feliu de la Peña, por sus grandes diferencias en el tratamiento de la resistencia al sitio. Feliu se exilió a Génova volviendo a Cataluña en 1718. Moriría en 1733, un año antes que Casanova. De Rafael de Casanova se decía en su tiempo que era “celante en el servicio pero ardiente en la explicación”. Fue un hombre discreto en tiempos extremadamente convulsos que después de 1714 se pasó toda su vida intentando justificar su moderación contestada por los más radicales. Curiosamente, la memoria nacionalista catalana lo convirtió en héroe. Un héroe, ciertamente, sin vocación épica.

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