Sánchez es un fraude

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Algo esconde. Eso pensábamos quienes veíamos la perseverancia de Pedro Sánchez en su afán de llegar a la Moncloa contra viento y marea. Primero amagando con pactar con Ciudadanos, luego con Podemos, más tarde abriendo en canal al PSOE y realizando una purga interna, para finalmente pactar con Podemos, sí, pero también con nacionalistas, independentistas y antisistema. Empezaba a aflorar el secreto.

Todo vale para ocupar el poder y, una vez en él, actuar con impunidad. Eso debe pensar el presidente del Gobierno que ha batido un récord de precocidad en defraudar a los españoles y dejar claro que no trabaja para todos, sino para una parte de los ciudadanos y para contentar a sus socios coyunturales con medidas que, aunque sean dañinas para el país, le sigan atornillando a la Presidencia.

Dos ministros, Màxim Huerta y Carmen Montón, han tenido que abandonar su gabinete en apenas tres meses. Los dos, qué mala suerte, valencianos –por aquello de la hipoteca reputacional– y el propio presidente está en entredicho por el plagio, a decir de la empresa experta en el tema, de al menos el 21% de su tesis doctoral. Sánchez no puede presumir de su Gobierno y falta en el recuento la ministra Dolores Delgado que ha aparecido involucrada, veremos si con razón o no, en el caso del ex comisario José Manuel Villarejo.

Lo estético y lo ético no parece funcionar bien en el gabinete de Pedro Sánchez, al contrario, se aleja mucho de aquello que predicaba cuando era el jefe de la oposición y anunciaba mesiánicamente su próxima llegada al poder para regenerar la política. Su batacazo en materia de la honestidad es una decepción para quienes confiaban en sus predicciones, pero supone una confirmación para quienes veíamos que solo escondía bajo apariencias falsas su verdadero objetivo: ser presidente a cualquier precio.

Más punzante aún es el pinchazo que produce observar las políticas desarrolladas en este tiempo por el Gobierno, donde las rectificaciones son continuas y genera caos, incertidumbre y desasosiego.

Debemos recapitular: desde el incumplimiento de contrato con otros países que a punto ha estado de dar con los huesos de miles de españoles en el paro, pasando por la subida impositiva o el acoso al sector automovilístico por el impuesto al diésel, hasta llegar a la incapacidad para frenar la subida descontrolada del recibo de la luz. Un sucinto repaso de los graves errores del Gobierno en tiempo récord.

Nadie escapa a sus ocurrencias porque todos repostamos combustible, utilizamos la electricidad y sufrimos la presión fiscal. Son las particularidades de cada territorio las que irán determinando si esa caótica gestión es mala para los ciudadanos de esa región, muy mala o catastrófica. En todas se pondrán de acuerdo en que se ha deteriorado la recuperación del país.

La Comunidad Valenciana ya está sufriendo el efecto Sánchez. La primera y más significativa avería ha sido la renuncia a reformar la financiación autonómica en la presente legislatura como recientemente confirmaba José Luis Ábalos (otro ministro valenciano que en este caso le da la espalda a su tierra).

El PP tenía encauzada esa reforma y estaban pactados los tiempos y las reuniones que debían desembocar en un acuerdo para mejorar los recursos a disposición de la Administración autonómica para la prestación de calidad de los servicios públicos esenciales. Sánchez ha roto esa vía y quiere seguir castigando a los valencianos con el modelo lesivo que en su día aprobó José Luis Rodríguez Zapatero.

Lo que fue un ariete reivindicativo del Gobierno valenciano liderado por Ximo Puig es ahora una cuestión sobre la que pasar de puntillas porque el presidente se ha puesto el traje de socialista por encima del de valenciano. Tampoco hay urgencia ya para el Corredor Mediterráneo pese a que es una infraestructura clave para mejorar la competitividad empresarial de la Comunidad Valenciana y de las regiones por las que transcurrirá.

Y el deterioro económico, con la rebaja de la previsión de crecimiento, afecta y mucho a los valencianos porque nuestra economía –donde las pymes tienen una gran presencia– provoca que en épocas de expansión crezca por encima de la media pero también lo hace negativamente cuando comienza una recesión como la que, esperemos que no por mucho tiempo, está provocando la falta de un Gobierno fuerte.

Algo escondía y se ha visto en apenas cien días. Sánchez ha personificado la incapacidad, es rehén de sus socios extremistas, muestra tics autoritarios como la de utilizar argucias legales para orillar la legitimidad del Senado, da oxígeno por su inacción a las ínfulas independentistas en Cataluña y la ejemplaridad ha desaparecido del Gobierno.

Esa pléyade de ministros de escaparate que aglutinó Sánchez no han hecho más que enturbiar la imagen de España, dentro y fuera de nuestro país, y él mismo ha dejado las vergüenzas al aire de gobiernos autonómicos como el valenciano que utilizaban la confrontación con el Gobierno como único argumento. Ahora que Sánchez permite que parte del esfuerzo de los españoles para salir de la crisis se vaya por el sumidero, Ximo Puig y sus socios permanecen silentes, y los ciudadanos ya sabemos lo que escondían unos y otros: mediocridad.