“Sois lo mejor de Barcelona”

¿Turismofobia en Barcelona? Gracias es una de las palabras que más se repiten en los millares de mensajes que inundan la Rambla. Y en las llamadas a las centralitas de los medios de comunicación, en las redes sociales y en los consulados y embajadas. La Rambla, desde el Liceu hasta la plaza Catalunya, es un inmenso tapiz donde miles de personas de todo el mundo han escrito su nombre con tiza o han dejado papelitos con condolencias. Velas, flores, peluches. Hay al menos una docena de altares en memoria de las víctimas, pero cualquier sitio sirve. El tronco de los árboles, los soportes de los teléfonos públicos, las paredes de los kioskos… Uno de estos mensajes, en el alcorque de un plátano, escrito con letra titubeante por Sharon (o quizá Aaron: para leer bien la hoja había que darle la vuelta y eso parecía poco respetuoso) dice:

A quienes abrazasteis a nuestros hijos /

a quienes curasteis a nuestros heridos, /

a quienes nos abristeis vuestros corazones y vuestras casas /

muchas gracias. /

Sois lo mejor de Barcelona.

Los agradecimientos van dirigidos a los policías, trabajadores de emergencias, los conductores de ambulancia, los taxistas que apagaron el taxímetro, los comerciantes que se olvidaron de la caja y fortificaron sus negocios, los miembros de la Cruz Roja que repartieron bocadillos entre los automovilistas atrapados en las rondas. Y a legiones y legiones de vecinos anónimos, como los que distribuyeron botellas de agua en la Meridiana, también colapsada por los controles policiales.

Otro de los destinatarios es la persona que dejó un osito donde fue asesinado Javi, de tres años, que murió en la barbarie junto a su tío Francisco. El osito tenía la leyenda: “Por el niño de Rubí, por todos los niños del mundo”. Quizá lo depositó el mismo vecino que aparece en una foto terrible, tomada poco después del asesinato, mientras acaricia su cabecita. “Creía que los terroristas podían volver, pero tenía que acompañar a aquella criatura en sus últimos momentos”.

En Starbucks

Cuando le aseguran que sólo quieren darle las gracias, la mirada del camarero se humedece

Aunque ella no lo sabe, la gratitud es también para Llum, una mujer del Raval de aspecto frágil –menos de 1,62 y apenas 48 kilos– pero con la fuerza de una amazona de Escitia. Llum fue una de las vecinas que echaron de la Rambla y abochornaron a los ultras islamófobos que quisieron manifestarse el viernes. Se la ve en Twitter, de refilón, enfrentándose a un armario ropero con tatuajes en los brazos y la cabeza rapada. “En mi escalera hay dos familias musulmanas que lloran desde el jueves. ¡No puedo tolerar que se les culpe de esta salvajada!

Ajmal, un pakistaní que trabaja como taxista desde el 2011, descansa este domingo, pero ha ido a la Rambla y ha hecho una foto de las flores ofrendadas por un sindicato del sector. “No todos los árabes son musulmanes. Y no todos los musulmanes son terroristas. ¿Cómo va a ser terrorista un buen musulmán si nuestro saludo es ‘que la paz sea contigo’”? Cerca de Ajmal están los restos de los cirios que llevaron los feligreses de la parroquia de Santa Anna, después de una ceremonia ecuménica concelebrada el sábado por 15 capellanes. El rector, mosén Peio Sánchez, dijo en su homilía: “La bondad es más fuerte que el mal”.

Huan, que ha castellanizado su nombre chino por el de Juan, es uno de los camareros de la centenaria Casa Guinart. Él y sus compañeros se refugiaron en la biblioteca de Sant Pau cuando la policía evacuó y peinó la Boqueria en busca de terroristas. Ayer, mientras atendía a los clientes de la terraza, Juan elogiaba a los bibliotecarios y a la vigilante de la empresa Marsegur, que también han recibido el aplauso unánime de la red pública de bibliotecas y del Ayuntamiento. Jaume Collboni, teniente de alcalde de Empresa, Cultura e Innovación, les ha visitado para darles las gracias.

En Altaïr

“La chica lloraba sola; ‘Lo siento, no puedo evitarlo’, dijo cuando quisimos ayudarla”

A Collboni le conmovió la lucidez de uno de los héroes de Sant Pau, Carles, que en plena tormenta se mantuvo firme en sus ideas. Alguien le pidió que no dejaran entrar a nadie con aspecto árabe y se negó en redondo. “¿Cómo no vamos a dejar entrar a árabes si la mitad del vecindario lo es?”

El texano James Coleman, de 32 años, llegó de Estados Unidos hace tres meses y se instaló en el Raval. “Fue un día muy loco” es una de las pocas cosas que sabe decir en castellano. Él fue otro de los 150 refugiados de la biblioteca, donde permaneció cuatro horas. Se vio inmerso en una estampida y se cayó en los jardines Rubió i Lluch. Cree que allí perdió el móvil. Sólo tras insistir mucho, la vigilante le dejó salir, pero antes le recordó que “una vida vale más que un teléfono”. No lo halló. Ayer la biblioteca estaba cerrada, pero tuvo la necesidad de ir y sentarse un rato a la puerta. “¿Por qué?”, le dijeron. “Por gratitud”.

“Un café en Starbucks es más que un café”, dice en inglés el anuncio de la pared. El Starbucks de la Rambla, 109, fue el jueves más que una cafetería. Y Natàlia, Eulàlia, Oriol, Isaac, Albert, Aries, Cris y toda la plantilla, más que unos camareros. Cerca de 80 personas entraron en el local como una ola cuando el horror se transformó en una furgoneta blanca. “No nos dejan dar entrevistas”, dice uno de los trabajadores. “Soy periodista, pero no quiero entrevistarte: sólo darte las gracias”. Y el empleado, que limpiaba las mesas, se quita el guante de plástico y le estrecha la mano. Los dos con la mirada húmeda.

Hubo decenas de fortalezas. Altaïr, en el 616 de la Gran Via, uno de los establecimientos que ha puesto a Barcelona en el mapamundi de las librerías, ya se había blindado a las 17.13 horas, cuando muchos comercios de la zona aún no sabían qué pasaba. Unos alemanes vieron las primeras y confusas noticias mientras utilizaban la conexión inalámbrica de la cafetería de este establecimiento, un Eldorado para los amantes de los viajes y los libros.

Tom abandonó la caja registradora y salió a la calle para informarse. Se cruzó con dos mossos que le aconsejaron bajar la persiana “por la seguridad de los clientes”. ¿Cerrar un sábado, el día de más ventas? Altaïr, como la Central del Raval, que siguió su ejemplo, no tiene clientes. Tiene lectores. Más de 25 personas aguardaron en la cafetería, tranquilizados por libreros como el propio Tom, Encarna, Mariona, Andrea, Helena… A Pep, el propietario, le sobrecogió la imagen de una chica joven, “que lloraba en silencio, concentrada en sus sentimientos”. “¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte?”, le preguntó. “No, gracias. Lo siento, no puedo evitar llorar”. Por primera vez en su larga historia, iniciada en 1979, Altaïr fue infiel a su lema (“Para ir más lejos”) y se quedó quieta, quieta, quieta. Pero sólo para tomar impulso. Como Barcelona.

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