Una Catalunya dividida

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Las elecciones más trascendentales en los últimos 40 años de Catalunya han dejado un escenario de división en dos grandes bloques prácticamente impermeables, un partido ganador en votos y en escaños que no podrá gobernar y una distribución de fuerzas que augura un panorama muy incierto para una sociedad zarandeada por una crisis política con graves ramificaciones sociales y económicas. Ciutadans ganó las elecciones y el bloque independentista revalidó la mayoría independentista en el Parlament, con Junts per Catalunya, la lista de Carles Puigdemont, por delante de ERC. En unas elecciones con una participación histórica, la ciudadanía catalana ha dado una victoria sin precedentes al partido encabezado por Inés Arrimadas y, al mismo tiempo, ha decidido que el bloque independentista (JxCat, ERC y la CUP) mantenga la mayoría absoluta en el Parlament, aunque, como sucedió en las anteriores elecciones, juntos no alcanzan el 48% del electorado.

En un ambiente altamente polarizado, con la autonomía intervenida al amparo del artículo 155 de la Constitución, con candidatos o bien fugados o bien en prisión preventiva, las elecciones que convocó Mariano Rajoy han demostrado que Catalunya está firmemente dividida en dos bloques y que apenas hay espacio para posiciones intermedias o con vocación mediadora, como indican el mal resultado de Catalunya en Comú y el crecimiento, bastante menor de lo esperado, del PSC. Mención al margen merece el pésimo resultado del PP, convertido casi en irrelevante en Catalunya, superado por una CUP que también ha recibido un varapalo pero que sigue siendo imprescindible para que el independentismo alcance los 68 escaños que dan la mayoría absoluta.

La mayoría independentista no debe empañar el logro de Arrimadas ni, a su vez, el fracaso de Xavier García Albiol. Ciutadans capitalizó la aplicación del artículo 155 y prácticamente ha borrado del mapa político catalán al PP. Ganó las elecciones en votos y en escaños y se convierte en el primer partido con un discurso eminentemente español que vence en unas elecciones autonómicas en Catalunya. Se impuso de forma clara al PSC en feudos tradicionales de los socialistas y sale reforzado en el resto de España, donde la debacle del PP puede generar movimientos tectónicos. Ciutadans ha demostrado que se puede vencer en Catalunya sin un discurso catalanista; esa es una de las consecuencias de estos años de ‘procés’.

Entretodos

Otra conclusión es que el bloque independentista es muy homogéneo. JxCat y ERC mejoran los 62 escaños de Junts pel Sí en el 2015 y se reparten el botín casi a la par (34 y 32), lo cual no oculta que para los republicanos verse superados por la lista de Puigdemont es un golpe muy duro. Desde Bruselas, Puigdemont ha liderado una campaña emocional que ha logrado lo que parecía imposible: dar el ‘sorpasso’ y vencer a sus rivales por la hegemonía independentista. Eso sí, no puede decir que sea la lista más votada de Catalunya, y sigue necesitando a la CUP para formar un Govern que, aritméticamente, solo pueden formar los secesionistas.

Varios son los mensajes que el electorado ha enviado el 21-D. El primero, que el bloque independentista es una realidad con profundas raíces políticas y sociales que no va a desaparecer por decreto y al que no se puede combatir solo en los tribunales. Tras los acontecimientos de los últimos meses,  apenas ha sufrido erosión, lo que desde Madrid debería leerse de forma adecuada. Al independentismo solo se le puede responder con eficacia si se aplica política de altos vuelos. El segundo mensaje es que la mayoría independentista no puede repetir el mismo error de actuar contra la mitad de los catalanes y situar las instituciones fuera de la legalidad constitucional y estatuaria. No son mayoritarios y ninguno de sus tres partidos ha sido capaz de ganar las elecciones a Ciutadans, que defiende posturas en ocasiones más duras que las del PP. Su ventaja sobre el bloque contrario a la sedición se ha estrechado respecto al 2015. Con una Catalunya tan dividida, nadie puede ni debe volver a gobernar contra la otra mitad.