Alemania ante la era post-Schäuble

Cuando este martes 24 de octubre, Wolfgang Schäuble, el ministro de Finanzas que durante ocho años ha cuidado del erario público alemán, se convierta en presidente del Bundestag (cámara baja) de su país, se abrirá una nueva etapa no sólo para Alemania sino para la Unión Europea. Schäuble, de 75 años, dejará su potente cargo ministerial mañana, víspera de la ceremonia de apertura de este nuevo Bundestag surgido de las elecciones del pasado 24 de septiembre, en las que su partido, la democristiana CDU que preside la canciller, Angela Merkel, obtuvo una victoria pírrica.

Para poder formar gobierno, Merkel no tiene otra opción que embarcar a los conservadores que ella lidera (la democristiana CDU con su socia histórica bávara, la socialcristiana CSU) en un tripartito con los liberales del FDP y con los ecologistas.

El Partido Demócrata Libre (FDP), pequeña formación liberalcentrista, regresa al Bundestag tras haber estado ausente en la legislatura anterior. Las arduas negociaciones para esa coalición Jamaica, inédita a nivel federal, comenzaron de modo informal esta semana, se prolongarán durante dos meses y, si fructifican, habrá un nuevo Gobierno en Navidad –a eso aspira la canciller-, o más probablemente a mediados de enero, como sostienen los más realistas.

La sucesión de Schäuble es ahora un asunto crucial en las negociaciones para formar gobierno

Pero antes de todo eso, la mera necesidad para Merkel de forjar esa coalición se ha cobrado una primera pieza. Es Wolfgang Schäuble (Friburgo de Brisgovia, 1942), el diputado más veterano del Bundestag, donde tiene escaño desde 1972, ministro de Finanzas durante dos legislaturas. Su salida –anunciada a finales de septiembre– deja al FDP el camino expedito hacia ese Ministerio, aunque el líder liberal, Christian Lindner, no lo ha reclamado formalmente. En una entrevista en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Lindner, que dirige el partido desde el 2013, dijo que “un ministro de Finanzas verde, de la CSU o del FDP, cualquiera de ellos sería mejor que dejar en manos de la CDU tanto la Cancillería como el Tesoro”.

La sucesión de Schäuble es ahora un asunto crucial en las negociaciones para formar gobierno. Y su marcha, tras un mandato marcado por el retorno a los excedentes presupuestarios en Alemania, pero también por una crisis de la deuda soberana que llevó a la eurozona al borde del estallido, abre un periodo de incertidumbre en el continente. Los socios europeos esperan a ver cómo será la política presupuestaria del nuevo Gobierno, pues llevan años apelando a que Alemania gaste más, lo cual estimularía las economías de los otros países.

Alemania, país de gente ahorradora, con una economía basada en la exportación y habituada a un superávit comercial (véase gráfico), tiene también superávit fiscal: los presupuestos que Schäuble preparó para el 2015 no incluyeron previsión de nueva deuda, primera vez que ocurría desde 1969, y así siguen. El año pasado, el superávit fiscal alcanzó la cifra más alta desde la reunificación del país en 1990: en total 23.705 millones de euros, equivalente al 0,8% del PIB.

En estas semanas postelectorales, algunos analistas financieros han planteado la posibilidad de que el sucesor de Schäuble decida dedicar esos monumentales excedentes del erario a reducir la presión fiscal y a aumentar el gasto público. En una primera señal, el ministro de la Cancillería, el democristiano Peter Altmaier, dijo el viernes en la asamblea de artesanos alemanes en Berlín que, como Alemania va bien, “es importante hablar de cómo podemos reducir la carga fiscal”, un mensaje a los liberales. El FDP quiere bajar los impuestos a las clases medias por valor de 30.000 millones de euros durante la legislatura, y la CDU ha replicado hasta ahora que se puede reducir como mucho 15.000 millones.

Pero Altmaier envió ayer también un mensaje a los verdes, que quieren más inversión pública, al argumentar que alivio fiscal e inversiones no son necesariamente cosas contradictorias; sólo hay que ver cómo compaginarlas. Y concluyó que es fundamental que continúe la “historia de éxito” presupuestaria del ministro saliente Schäuble, sobre todo en el sentido de no endeudarse.

De entrada, ante el auge de la ultraderecha en las elecciones (Alternativa para Alemania, AfD, tuvo el 12,6% de votos), la CDU ha prometido dotar de más medios a la policía e incrementar el presupuesto de Defensa hasta el 2% del PIB, el umbral propuesto por la OTAN. Pero conservadores, liberales y verdes están en trincheras distintas respecto a las costosas subvenciones a las energías renovables y respecto al cierre de centrales que funcionan con carbón, contaminantes pero que dan electricidad barata.

Pero incluso si los potenciales aliados de Gobierno llegan a un acuerdo, los países europeos no deberían esperar de Alemania un alud de inversiones que reanime al continente. Motivo: la disciplina presupuestaria preconizada por Schäuble cuenta con el apoyo del 80% de los votantes, al ser este un país de población envejecida, que se verá obligado a financiar a sus futuros y numerosos jubilados.

En estas, el pasado 9 de octubre, Wolfgang Schäuble asistió a su último Eurogrupo en Luxemburgo. Sus 18 homólogos firmaron una bandera europea que le regalaron como despedida, y Eslovaquia le entregó un fajo de billetes de 100 euros realizados con una imagen de su rostro. “Algunos creen que Wolfgang ha sido una figura dominante porque Alemania es una potencia; quienes dicen eso no entienden la autoridad que tiene entre nosotros, y que tiene que ver con su experiencia, su sabiduría –dijo el presidente del Eurogrupo, el neerlandés Jeroen Dijsselbloem–. Siempre he estado convencido, incluso en las peleas más duras, de que él priorizaba el interés a largo plazo de la eurozona”.

Elegante comentario el de Dijsselbloem, pero tampoco creíble al cien por cien. Representar a la primera economía de Europa ha hecho de Schäuble una voz casi omnipotente en las reuniones mensuales del Eurogrupo durante ocho años, desde donde marcó las grandes líneas: impuso el dogma de la austeridad a los países del sur (financiación a cambio de recortes y reformas), y en el verano del 2015 dio un duro trato a Grecia en la crisis de la deuda y los rescates.

Quizá las mayores divergencias entre los potenciales socios de la coalición que intenta hilvanar Merkel se hallen justamente en la política europea. En mayo, antes de las elecciones, Merkel se mostró abierta –un poco a regañadientes– a echar un capote al presidente francés, Emmanuel Macron, en su propuesta de una mayor integración de la eurozona para resguardarla mejor de las crisis económicas. Macron querría un presupuesto y un ministro de Finanzas comunes, algo que siempre ha rechinado en Alemania, temerosa de desembolsos que puedan ir a países que, a su juicio, no acometen las reformas necesarias. Sin embargo, la canciller se mostró aquiescente.

Pero con el nuevo equilibrio surgido de las urnas, el asunto ha tomado otro cariz. El liberal Christian Lindner –y también un sector de la CDU– no comparte el plan de Macron. Este partido centrista, amigo de las empresas y de los profesionales con buenos salarios, defiende la disciplina fiscal y es reluctante con los rescates; si por ellos fuera, Grecia estaría ya fuera del euro. En su programa electoral llevaba la opción de que los 19 países puedan abandonar la moneda común.

En una vuelta de tuerca, algunos comentaristas sostienen que los liberales pueden ser la excusa perfecta que buscaban Merkel y Schäuble para frenar la ambición en el reenfoque de la eurozona, y perpetuar así la doctrina germánica de dinero a cambio de reformas a aplicar a países díscolos.

“Un Parlamento del euro, un presupuesto común para la eurozona y un ministro de Finanzas europeo, son cosas que no resolverán los problemas de la eurozona, sino que los agravarán”, sostuvo la semana pasada Clemens Fuest, responsable del instituto económico IFO, en una rueda de prensa para esbozar sus recomendaciones para el próximo gobierno. “Algunos están presionando para una ampliación de las transferencias en la eurozona”, señaló Fuest, para quien si la unión monetaria se convierte en una unión de transferencias, “los países pequeños y ricos dirán adiós”. Y Alemania es un país grande.

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