Así ha cambiado la crisis el modelo productivo de la economía española

El Instituto Nacional de Estadística avanzó ayer que el Producto Interior Bruto (PIB) de España se incrementó en el cuarto trimestre de 2016 un 0,7% sobre el generado en el tercero, y el ejercicio cerró con un avance interanual del 3,2%, la misma tasa que en 2015, pese a que las previsiones manejadas durante la primera mitad del año no daban tantas opciones al optimismo. Una estabilidad política cogida con alfileres y el agotamiento de buena parte de los llamados ‘vientos de cola’ que han empujado a todas las economías occidentales, más los particularmente agitados por las reformas en España, han logrado encadenar ya 13 trimestres de crecimiento, primero estimulados por la demanda externa y ahora también por la nacional. Cierto es, no obstante, que, según los datos aportados por Estadística, mientras que 2015 terminó con una tendencia vigorosa y alcista en el perfil del crecimiento, 2016 lo hace de forma simétrica, con el perfil decadente.

No obstante, encadenar nueve trimestres con crecimiento de la producción del 0,7% o superior supone marcar una tendencia con cierta resistencia a la baja, lo que ya está provocando revisiones al alza en las estimaciones de crecimiento para 2017, aunque sea de simples décimas. En 2015 y 2016 han echado una mano providencial la bajada de los precios del petróleo, que ha llevado las tasas de inflación a valores negativos y las alzas de la renta disponible a positivos; las bajadas de impuestos que sucesivamente puso en marcha el Gobierno en un bienio electoral, que no serán neutralizadas ahora porque la presión fiscal se ha desplazado a las empresas; y el fuerte crecimiento del empleo, que en los dos últimos años ha llevado rentas regulares a un millón adicional largo de personas y de hogares.

Con los datos estimados de cierre de 2016, el producto nacional bruto habrá superado 1,113 billones de euros, y se situará al borde del máximo alzanzado en 2008, que fue de 1,116 billones de euros. Tal como recuerdan los gestores de la economía, en el primer semestre de 2017 puede decirse que los niveles de producción previos a la crisis se habrán alcanzado de nuevo. Pero lo producido en 2016 se parece solo parcialmente a lo producido en 2008, porque la recesión primero y la recuperación después han modificado la estructura de la producción, e incluso han dado un pequeño vuelco, pequeño, al modelo productivo nacional. Ahora se parece más al objetivo marcado, si es que había alguno más allá de la doctrina económica, pero sigue muy lejos del objetivo. Algo es algo, aunque sea poco. Se han corregido algunos vicios y se han ensayado algunas virtudes.

Más exportación, menos construcción

El modelo de crecimiento que tenía España en los primeros años del siglo estaba basado en la demanda interna, que absorbía ingentes cantidades de recursos en la inversión residencial, y que ofrecía un déficit por cuenta corriente desorbitado (del 10% del PIB, de los más elevados del mundo) para atender la demanda de consumo y las necesidades de crédito para sostener el boom inmobiliario y el endeudamiento descomunal que exigía. El indicador que mejor define el cambio en el modelo de actividad es el saldo por cuenta corriente, que ha pasado del 10% de déficit en 2007 y 2008, al superávit del entorno del 2% del PIB y por tercer año consecutivo en 2016.

Tal dato encierra un práctico equilibrio en la balanza comercial y de servicios, tras una subida vertiginosa (más del 30%) de las exportaciones, hasta un 34% del PIB, y una demanda comedida de financiación externa ante la ralentización de la inversión. España mantiene una posición internacional de inversión delicada, con una deuda externa de más del 90% del PIB (prácticamente un billón de euros), pero está estabilizada en los tres últimos años.

Tener un tercio del PIB en los mercados exteriores proporciona una capacidad de maniobra desconocida antes en caso de una crisis como la que ha quedado atrás, puesto que no depende solo del capricho de la demanda interna. Pero la propia demanda interna ha registrado también su pequeña metamorfosis: el consumo interno global ha superado ya el nivel de 2008 (muy ligeramente, como se ve en los gráficos), pero la inversión agregada está a un nivel aún un 30% por debajo de 2008, con una contracción muy importante en la construcción, tanto residencial privada como de obra civil financiada con dinero público.

De hecho, mientras el valor de los bienes industriales en el año está prácticamente ya al nivel del año 2008, con la fuerte demanda de manufacturas del exterior, el de la construcción está por debajo de la mitad. El de servicios supera ya con holgura la producción de hace ocho años.

Consecuencia del desplazamiento de la producción a manufacturas y servicios exportables, con fuerte contracción de los costes, es el descenso del empleo en actividades muy intensivas de mano de obra (construcción) y su mantenimiento en aquellas en las que la tecnificación no ha culminado su penetración. Así, en 2016 los españoles han hecho el mismo PIB que en 2008, pero lo han hecho con dos millones largos de empleos menos. Según Estadística, el número de empleos equivalentes a tiempo completo utilizados en 2008 para producir el PIB fue de 19,85 millones, y en 2016, solo 17,374 millones. Productividad aparente ahora, improductividad explícita entonces.

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