Bowie y los inversores

Una idea no tiene ningún valor. Lo que tiene valor es el riesgo de llevarla cabo”. Así se expresaba este martes el doctor en Ciencias Económicas y Empresariales Xavier Brun en la Bowie Talk sobre economía, vinculada a la exposición sobre el artista que se podrá ver hasta el 25 de septiembre en el Museu del Disseny de Barcelona.

Bowie no solo fue pionero en el terreno artístico, sino que en 1997 también se convirtió en un pionero del mundo de las finanzas. Para capitalizar sus activos artísticos, con la ayuda del inversor especializado en música David Pullman, decidió vender los derechos derivados de los 25 álbumes que había grabado antes de 1990.

Lo hizo mediante una fórmula innovadora que consistía en aplicar un instrumento financiero existente a un terreno nuevo. Emitió bonos a diez años, respaldados por derechos de propiedad intelectual, y con un interés anual del 7,9%. Con ellos pretendía rentabilizar los royalties de su obra. Consiguió 55 millones de dólares. Compró toda la serie la aseguradora Prudential.

De esta manera, el autor prometía a los inversores participar en los futuros beneficios derivados de los royalties que cobrara, y pretendía garantizar el flujo de dinero necesario para devolver el principal más los intereses prometidos. Con ese margen, el músico recompró sus propias canciones a su antiguo agente.

Cuando los bonos salieron a la venta, las estimaciones fueron optimistas. Pero a finales de los 90 internet estaba a la vuelta de la esquina y, con el uso generalizado de la red, llegaron también las primeras webs de descargas y la semilla del streaming . En siete años, los bonos pasaron de una buena calificación a ser prácticamente bonos basura.

Brun, director del Máster en Mercados Financieros de la UPF Barcelona School of Management, asegura que el producto financiero era convencional, como un título hipotecario, pero la originalidad fue aplicarlo a la música. Al necesitar liquidez, pedía dinero a los inversores a cambio de unos ingresos por vía de intereses.

Pero como pasa con los bienes físicos, había el riesgo de que el valor de esos bonos decreciera. De hecho, lo que habían comprado los inversores era el riesgo de la previsión. Si los derechos de propiedad intelectual no llegaban a generar los ingresos previstos, el propio valor de los bonos caía. Y cayó.

Gregor Pryor, copresidente de Global Entertainment and Media Industry Group, sentencia que, en el contexto actual, Bowie no podría haber emitido los bonos. Bruna añade que en España nadie los compraría porque no se entendería el producto.

Con todo, Pryor argumentó que Bowie estaba defendiendo el Copyright como un derecho de propiedad. Es decir, él era el propietario de sus activos creativos y decidía cómo gestionarlos, pero el nuevo panorama musical complica cada vez más el modelo.

En su opinión, los inversores hoy no decidirían poner su dinero en el artista, sino en los proveedores. Concretamente, en las plataformas de streaming, porque su uso va en aumento y se puede predecir que seguirán ese camino en los próximos años.

Una de las claves de este éxito, afirma Brun, es el ‘efecto networking’, que no importa tanto la calidad del producto en sí misma como el uso generalizado y creciente de este. Para ejemplificarlo, citó el caso de Whatsapp. Nadie se libra.

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