La disparidad de precios en la UE persiste pese al mercado único

¿Se acuerdan? Primero llegó el mercado común (1992), luego el euro (2002). Dos grandes retos que tenían un objetivo a largo plazo: reducir la disparidad de precios entre los distintos países de la Unión.

La visión de los legisladores en aquel entonces era que, gracias al libre tránsito de personas y mercancías y la adopción de una misma divisa, hubiera sido más fácil para los europeos comparar las diferentes ofertas, de modo que al final todos habríamos pagado menos.

Décadas después, esta ambición ha quedado a medio camino, porque, de acuerdo con el último estudio de Eurostat, las diferencias persisten. La desunión europea en términos de precios es evidente, hasta el punto de que, pese al mercado común, en el Viejo Continente no ha desaparecido la antigua distinción entre país barato y país caro. Por ejemplo, la Europa del Este, casi treinta años después de la caída del muro de Berlín, aún es, en términos relativos, más conveniente.

España, pese al crecimiento económico sostenido desde mitad de los noventa y al aumento de su poder adquisitivo, todavía es un país competitivo para los cánones europeos. El nivel de precios de los servicios y bienes de consumo se situó en el 2016 ocho puntos por debajo de la media y figura como el decimotercer país, al alcanzar el 92% de la media de los Veintiocho.

En restaurantes y hoteles se puede llegar a pagar tres veces más en un país que en otro

Dinamarca (139%), Irlanda (125%) y Luxemburgo y Suecia (124% ambos) aparecen como los países más caros de la UE. Por el contrario, Bulgaria (48%), Polonia (53%) y Rumanía (52%) destacan como los más baratos. En la eurozona el liderazgo en los bajos precios se lo disputan Lituania (63%), Eslovaquia (68%) y Letonia (71%).

“Todavía existen en la UE barreras a la competencia, tanto regulatorias como fiscales”, reconoce Juan Tugores, catedrático de Economía de la UB. “En Europa permanecen distancias no sólo físicas, también culturales, y esto incide en la competitividad porque el consumidor al final no compara tanto”, añade. Por su parte, Marjanca Gascic, una de las autoras del estudio, culpa de la disparidad a “los efectos de distorsión del IVA” y al hecho de que algunos precios “están regulados por los gobiernos europeos”.

Los precios españoles se situaron en el 2016 catorce puntos por debajo de la media de la UE, aunque los países más baratos fueron Bulgaria (44%) y Rumanía (53%), cuyos precios apenas eran la tercera parte que los de Dinamarca (150%) y Suecia (144%).

Si se pasa a examinar sectores concretos, las disparidades en Europa son notables en hoteles y restaurantes, en los que se puede llegar a pagar tres veces más en un país que en otro. Donde se encuentran menores diferencias es en los productos de electrónica de consumo.

Para Gascic, esto se debe a la política de precios de las grandes cadenas de distribución, que tienden a uniformizar sus ofertas en sus puntos de venta europeos. “Hace diez años había más tiendas pequeñas y era más fácil encontrar precios diferentes para el mismo producto”, señala. A esto hay que añadir la evolución tecnológica. “Si el precio de venta de un producto empieza a ser caro, como ocurre en la electrónica, entonces el consumidor dedica más tiempo a comparar, especialmente por internet, con lo que al final los precios tienden a ser más parecidos entre los países”, apunta Tugores.

Como aspecto destacable, España presenta una singularidad: aparece como el país con la ropa más barata en la eurozona. Una de las explicaciones posibles, según Eurostat, es la extensa presencia en cuanto a la distribución, de grandes almacenes que comercializan prendas a precios competitivos.

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