La fina línea entre ganar y perder con la inteligencia artificial

Kevin Warwick, investigador y profesor emérito de las universidades de Reading y Coventry, ha vivido en sus carnes la inteligencia artificial. No es un dicho, es literal. En el pasado se implantó chips en el brazo con los que era capaz de controlar una silla de ruedas o un brazo robótico.

A esa fusión inteligencia artificial-humanos, pero, le queda mucho recorrido, varios desafíos por sortear y problemas cruciales que resolver. Cuestiones que limitan sus bondades y sacan a la luz los riesgos que conlleva, con una fina línea de por medio. Así quedó plasmado en un Encuentro en La Vanguardia sobre la temática, organizada conjuntamente con BBVA y Open Mind.

Posibilidades infinitas

Warwick demostró cómo la inteligencia artificial es algo que ya está entre nosotros. La experimentación ha demostrado que, como nosotros, aprende de su experiencia. También es capaz de copiar comportamientos. Incluso llega a superarnos en aspectos como la creatividad –“la inteligencia artificial piensa en cientos de dimensiones, la mente humana en tres”- o la toma de decisiones, ya qeu lo hace mucho más rápido.

Sus aplicaciones son infinitas. En el transporte, la muestra es el coche autónomo; en medicina, ayudará a los pacientes médicos a recuperarse de enfermedades incurables gracias a la estimulación cerebral profunda; en la comunicación, la mejorará cuando seamos capaces de enviar señales cerebrales a través de cables; y en su fase última podremos “estar en todo el mundo”, ya que controlaremos máquinas conectadas a nuestra mente que pueden estar en cualquier lugar.

Kevin Warwick y Ramón López de Mántaras, durante el Encuentro en La Vanguardia Kevin Warwick y Ramón López de Mántaras, durante el Encuentro en La Vanguardia (LVD)

¿Seremos iguales?

Ramón López de Mántaras, investigador del CSIC, expuso la cara menos amable de la inteligencia artificial. Habló de progresos, pero también de desafíos y riesgos. Por ahora ve una diferencia insalvable entre máquinas y humanos: el sentido común. Un elemento que nos permite describir o interpretar la realidad mejor, en base a nuestras vivencias y experiencias.

“La inteligencia artificial tiene importantes problemas de solidez, no analiza semánticamente las cosas”, dijo. No las pone en contexto, no va más allá de lo que le dicen sus sensores. De ahí que se mueva con soltura en ambientes cerrados, como una partida de ajedrez –gana a los humanos-, donde todo se limita a un tablero, pero sufra fuera de esa zona de confort.

“El mundo real es mucho más complejo. En un tablero todo es observable, no hay información escondida. En el mundo real hay incertidumbre, elementos no observables. Es más difícil tomar una decisión”, analiza. “No implica que podamos hacer maravillas porque la inteligencia artificial gane en el go o en el ajedrez”, enfría el entusiasmo.

Queremos robots que ayuden y no maten”

Kevin Warwick

Los verdaderos riesgos

Ambos llamaron a no temer una destrucción de empleo. Así como las máquinas sustituirán empleos actuales, se crearán nuevos. Como muestra está echar la vista atrás: hace veinte años no había tanta gente trabajando en software o en tareas que impliquen ordenadores. “No habrá menos empleos, habrá diferentes”, resumió Warwick.

Las preocupaciones viene por otras vías. López de Mántaras incide mucho en la privacidad, una batalla que ya da por perdida. Por eso pide compensaciones por nuestros datos. “Las compañías están logrando unos beneficios extraordinarios con nuestros datos”, denunció. Otra solución pasa por educar más al ciudadano en el tema, que sea “más crítico, más exigente”.

Los expertos rechazan una pérdida de empleo por el auge de los robots Los expertos rechazan una pérdida de empleo por el auge de los robots (Christopher Jue / EFE)

El peligro de la autonomía total

El otro gran temor está en tener máquinas tan inteligentes como autónomas, sin intervención humana en sus decisiones. Es algo clave para cuando se integren en nuestros hogares, algo que puede darse el año que viene o en cincuenta años, todo en función del “interés social y comercial”, apunta Warwick. Tanto en ese momento en el que entren en nuestras casas como ahora queremos “que ayuden y no maten”, plantea. “Tenemos peligros porque no comprendemos del todo –no valoramos- qué significa que sea totalmente autónomo e inteligente”, que piensen por sí mismas.

Eliminar a la persona del bucle de decisión puede ser muy mala idea”

López de Mántaras

Sin abandonar esta idea, López de Mántaras la lleva más allá: “Eliminar a la persona del bucle de decisión puede ser muy mala idea: la inteligencia artificial autónoma es incontrolable”. Con esos peligros en mente, se pide que en el futuro rinda cuentas por sus decisiones, como pasa ahora con los humanos. López de Mántaras asegura que los algoritmos con los que se rige esa inteligencia artificial “no tienen por qué ser objetivos”, por lo que plantea que antes de desplegarse pasen “pruebas éticas”.

La transformación de un grande

Sea cual sea la transformación, está claro que tocará de lleno a las empresas. Desde las pymes a las más grandes. En ese sentido, Xavier Llinares, director territorial de BBVA Catalunya, apuntó que aún no somos conscientes de los “retos y posibilidades” de la inteligencia artificial pese a que el concepto ya es parte de nuestra realidad. Ayudará a incrementar el conocimiento y la productividad, borrando barreras entre lo vital y lo tecnológico, cambiando personas e industrias, planteó.

Pocos sectores escaparán al cambio. Transporte, salud, mundo financiero… todos necesitarán cambiar maneras. “La banca será digital o desaparecerá tal y como la conocemos hoy”, lanzó. Es un “camino imparable” en el que hay dos grandes claves: el cliente siempre queda en el centro y cada vez se debe aportar más valor añadido, “sorprendiendo cada día al cliente”.

La conducción autónoma es una de las aplicaciones de la inteligencia artificial La conducción autónoma es una de las aplicaciones de la inteligencia artificial (Beck Diefenbach / Reuters)
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