La revolución digital y lo que realmente implica

La revolución digital, que aquí utilizamos como la síntesis de un cambio tecnológico más amplio, es uno de los temas que genera los debates más acalorados en los ámbitos político, económico y empresarial. Hace que los políticos evalúen concienzudamente las políticas preparatorias a desarrollar, que los economistas se focalicen en el aumento de la productividad y que los sindicatos reflexionen sobre cuál es el futuro del trabajo. Nos enfrentamos indudablemente a una serie de disrupciones a gran escala que requerirán ajustes en multitud de áreas.

Sin embargo, la mayoría de la población se esfuerza aún por comprender las profundas implicaciones que dicha revolución va a tener sobre sus vidas y se pregunta: ¿qué representa para mí y para la organización de la que formo parte? ¿Cómo afectará el cambio tecnológico a mi trabajo? ¿Qué tipo de políticas deberemos llevar a cabo para sobreponernos a los retos que nos aguardan?

Los cinco filtros de la revolución digital

Es una falacia común –y que la gente cree cierta- la que afirma que todo lo que es tecnológicamente posible, tendrá inevitablemente un impacto directo y en un corto plazo en nuestro día a día. Esto sencillamente no es verdad, si lo observamos detenidamente.

Aún hoy, carecemos de un análisis estructurado acerca de los modos en los que el progreso tecnológico se traduce de una manera efectiva a la vida real. Esto supone un inconveniente importante, ya que conduce a una visión distorsionada de cómo suceden los desarrollos reales. A raíz de trabajos anteriores, he identificado cinco filtros que de un modo efectivo minimizan el impacto de la tecnología.

El impacto real de la tecnología en los próximos años todavía no se conoce con exactitud El impacto real de la tecnología en los próximos años todavía no se conoce con exactitud (Geoffroy Van Der Hasselt / AFP)

El primero de estos filtros es un filtro ético que limita la propia investigación en la medida en que establece un marco que dirime lo que es permisible y lo que no. Esto no afecta tanto a la tecnología digital como a otras áreas (como la de la biotecnología). Su efecto práctico es que no todo lo que es posible será realizado debido a consideraciones de tipo ético. La discusión acerca de los límites éticos de la investigación embrionaria y en células madre, así como de la ingeniería genética en un sentido más amplio, son áreas que ejemplifican los límites éticos de las nuevas tecnologías.

El segundo es un filtro social. La resistencia social frente al cambio tecnológico no es un fenómeno nuevo y acostumbra a ser más intensa en aquellas áreas donde se percibe una amenaza mayor sobre los puestos de trabajo de la gente. Desde los ludditas en la Inglaterra del siglo XIX hasta las protestas más recientes, el filtro social lleva o bien a una demora en la implementación o bien a diferentes formas de regulación. La resistencia contra Uber es un ejemplo actual. Es un caso muy interesante que pone de manifiesto cómo la resistencia social puede llevar a diferentes entornos normativos.

Diferentes resultados finales

El tercer filtro es de gestión corporativa. La codeterminación mediante consejos de administración y comités de empresa que existe, por ejemplo, en Alemania, muestra que diversos procedimientos de toma de decisiones también pueden llevar a diferentes resultados en la aplicación de la tecnología. Si el cambio tecnológico, a la escala en la que probablemente lo veremos en el futuro cercano, constituye un reto para las empresas, no es difícil ver que estos modelos de toma de decisiones van a producir diferentes resultados finales por medio de los distintos enfoques y a la diversa composición de intereses que intervendrán en el proceso.

Las energías limpias y la robotización revolucionarán el transporte urbano Las energías limpias y la robotización revolucionarán el transporte urbano (Geoffroy Van Der Hasselt / AFP)

El cuarto filtro, el filtro legal, también modera lo que es posible y lo que finalmente se implementa en el mundo real. Considérense simplemente los coches sin conductor. Desde un punto de vista puramente técnico, la mayoría de impedimentos ya han sido resueltos. Sabemos de experiencias semiexitosas de coches sin conductor –construidos por Google y otros– que transitan ya por las vías públicas. Sin embargo, no es probable que veamos pronto que la mayor parte del tráfico lo forman los coches sin conductor, aunque solo sea porque no disponemos aún de un marco legal vigente que clarifique diversas cuestiones fundamentales, como la de la responsabilidad.

Sin un efecto dramático

Por último, existe el filtro de la productividad. Este filtro significa que la aplicación de la nueva tecnología no tiene que tener un efecto dramático en la productividad dado que, o bien el cuello de botella de la productividad se encuentra en otra parte, o bien la reducción de los rendimientos marginales comporta muy pocas mejoras reales en productos o servicios.

El marco analítico proporcionado por estos cinco filtros nos acerca a una conclusión importante. Sin duda, la revolución digital nos brinda unas posibilidades enormes, pero es preciso entender de manera clara cuáles son los condicionantes que determinan como el potencial tecnológico nos llegará a afectar realmente.

¿Y cuál es el futuro del trabajo?

Son muchas las formas en que las nuevas tecnologías cambian la manera en que vivimos, pero la discusión más agitada se centra hoy en si nos encontramos o no en la antesala de una pérdida de puestos de trabajo a gran escala. Los expertos y el público en general debaten -con lógica preocupación- acerca de si vamos a asistir a la robotización de la mayoría de trabajos, y debemos admitir que la respuesta más honesta a esta pregunta es, simplemente, que no lo sabemos. Todo depende de qué tipo de supuestos partamos en nuestra modelización y cómo entendemos que será la interacción de los diferentes factores.

Ante esta situación es recomendable mapear todas las fuerzas potenciales para dotarnos de un marco estructurado que nos sirva para supervisar el proceso y desarrollar las políticas. Los tres mayores impactos sobre los mercados laborales serán la sustitución, la intensificación y la creación.

La economía de ‘trabajillos’

Sea cual sea el impacto global de la revolución digital, lo que es indudable es que dejará obsoletos algunos trabajos. A este respecto, en el contexto de la citada sustitución hallamos dos subtendencias que deben ser consideradas. El primer supuesto tiene lugar cuando un trabajo existente es simplemente reemplazado por un robot o un ordenador; el segundo es menos evidente y tiene lugar cuando la reorganización y la externalización de una tarea concreta lleva a la pérdida de un puesto de trabajo. Esta última define lo que en inglés se conoce como gig economy (o la “economía de trabajillos”), en la que determinadas tareas las siguen realizando los humanos, pero externalizadas mediante plataformas en línea ya que con la conectividad global, ya no es necesaria la proximidad física para la prestación de servicios.

La segunda área de cambio es la intensificación, que básicamente describe cómo cambia la relación entre trabajadores humanos y tecnología. Esto tiene un impacto directo en el conjunto de cualificaciones requerido y en la cantidad de trabajo humano necesario. Las cajas de pago de los supermercados son un buen ejemplo de ello. En muchos supermercados modernos ya no es necesario tener diez cajas con diez personas sentadas detrás de una registradora leyendo códigos de barras. Es mucho más probable encontrar diez máquinas de autopago y un solo supervisor humano. En el caso del supervisor o supervisora de las máquinas de autoservicio, el conjunto de cualificaciones requeridas ha cambiado sustancialmente; ahora solo necesita ser capaz de resolver los problemas técnicos que se produzcan.

(Uwe Krejci / Getty Images)

En tercer lugar, la revolución digital también creará nuevos puestos de trabajo. Esta ha sido siempre una característica del cambio tecnológico y empleos como el de gestor de redes sociales, que simplemente no existían hace unos años. Pero respecto a la creación de trabajos hay que plantearse unas cuantas cuestiones espinosas. ¿Con qué rapidez se crearán los nuevos empleos? ¿En qué cantidad y calidad se crearán? ¿Dónde se crearán? ¿Y qué significa esto para la movilidad social?

El peligro de esta transición es que desemboque en movilidad social descendente y, de hecho, en países como Estados Unidos vemos ya los primeros indicios de un vaciado de los trabajos asociados a la clase media y de la polarización del mercado de trabajo en los extremos superior e inferior del espectro. Este componente de la revolución digital es el que nos conduce a un problema político fundamental.

La política de “lo digital” y el debate sobre la Renta Básica Universal

Cuando uno sigue los debates políticos contemporáneos pronto descubre que la economía digital es una discusión de moda. El adjetivo genérico “digital” se ha añadido a muchos conceptos políticos en los últimos años, pero más allá de su uso como etiqueta, lo cierto es que hemos asistido a muy pocos debates sustanciales sobre cuál debe ser la respuesta política integral a la amenaza del desempleo tecnológico. No sabemos si algunas de las predicciones más sombrías acerca de la pérdida a gran escala de puestos de trabajo se materializarán, pero sí sabemos que los gobiernos necesitan estar preparados.

La actual discusión política se limita a la idea recuperada de una Renta Básica Universal (RBU), que deviene la piedra angular en todos los debates. La idea no es nueva y ha tenido numerosas encarnaciones en las últimas décadas, todas ellas aportadas como la solución a problemas esencialmente diferentes. Lo que nos interesa en este contexto es simplemente si una Renta Básica Universal puede ser una solución válida al desempleo tecnológico a gran escala o a las perturbaciones del mercado laboral que se derivan de un cambio tecnológico acelerado. Cuando se analiza el problema en detalle resulta evidente que, por diversas razones, una renta básica no resuelve muchos de los problemas fundamentales.

El valor social y la cicatrización

La primera, es que la Renta Básica Universal reduce efectivamente el valor del trabajo a mera renta. Ganarse la vida es un aspecto esencial del trabajo, pero los aspectos sociales también son fundamentales. El valor social que proporciona el trabajo es una fuente importante de autoestima y da una estructura a la vida de las personas y a su papel en la sociedad.

Está también el peligro de la cicatrización. Si la gente sale del mercado de trabajo y vive de una renta básica durante un período prolongado de tiempo, la posibilidad de que vuelva a entrar en él se reduce sustancialmente. Es muy probable que el cambio tecnológico acelerado convierta aún más rápidamente en obsoletas las cualificaciones existentes, de modo que será aún más fácil perder la capacidad de trabajar y quedarse estancado en una renta básica de manera casi permanente.

Esto suscita a su vez la cuestión de la desigualdad. Pagar a la gente una renta básica no elimina el problema fundamental de que en la economía digital algunas personas pueden tener un rendimiento extraordinario y otras muchas pueden quedarse rezagadas. Uno de los argumentos más a menudo utilizados es que si alguien quiere más dinero del que proporciona una renta básica podrá simplemente trabajar unos cuantos días. Pero si el problema es el desempleo tecnológico, esta opción simplemente no es viable debido a la pérdida a gran escala de puestos de trabajo.

Una nueva ‘clase baja’

De este modo, la economía digital podría producir una nueva “clase baja” estancada en el nivel de la renta básica, y una “élite económica” que sería la que cosecharía el grueso de los beneficios.

Una versión universal de la renta básica también representaría una mala adjudicación de unos recursos escasos. Tanto si se paga directamente como si se proporciona en forma de desgravación fiscal, es muy poco probable que todo el dinero que se haya pagado a las personas que realmente no lo necesitan pueda recuperarse mediante unos sistemas tributarios reformados, si tomamos como referencia la asignación de los sistemas tributarios actualmente existentes. Finalmente, se plantearían unas cuantas cuestiones espinosas respecto a cuándo los inmigrantes cumplirían los requisitos para recibir la renta básica y, en el caso de Europa, cómo se compatibilizaría este sistema con la libertad de movimientos y las normas sobre la no discriminación de la Unión Europea. En muchos países, además, no sería fácil abolir los sistemas de pensiones actualmente vigentes –otro efecto de la renta básica–, dado que se basan en unos derechos jurídicos explícitos.

Una solución general y más flexible

Por todos estos motivos, la renta básica no parece una respuesta política adecuada a la amenaza del desempleo tecnológico. ¿Qué respuesta podría serlo? Una agenda política basada en los siguientes cinco pilares podría ser una solución más general y flexible.

Primero, los sistemas educativos necesitan claramente adaptarse a las nuevas realidades económicas mejor de lo que lo han hecho hasta ahora. La educación no tiene que ser tanto la memorización de la información como la conversión en conocimiento de esta información, así como la enseñanza de las habilidades creativas, analíticas y sociales transferibles. Puede que las habilidades técnicas se vuelvan rápidamente obsoletas, pero la capacidad de ser creativo, de adaptarse y de desarrollar un aprendizaje continuo será siempre valiosa.

(Yuri Arcurs)

Segundo, si existe un desempleo tecnológico a gran escala, la reasignación del trabajo disponible tiene que ser un primer paso. No será seguramente la semana laboral de 15 horas que John Maynard Keynes imaginó para sus nietos, pero allí donde fuese posible, esta sería una política lógica y una primera herramienta reequilibradora.

Tercero, las tomas de decisiones políticas deberían pensar en programas de garantía laboral que complementasen el mercado de trabajo normal. Si los gobiernos actuasen como “empleadores de último recurso”, se podrían evitar efectos-cicatriz y se fomentaría activamente la capacitación, siempre que la formación y la enseñanza de nuevas competencias fuesen un elemento esencial de la actividad garantizada, disociada del pago por una actividad y orientada a incentivar las ocupaciones socialmente beneficiosas.

¿Quién es el propietario de los robots?

El cuarto pilar aborda la forma en que se podría financiar un programa así. Valdría la pena reconsiderar la fiscalidad, incluida la forma de ampliar la base tributaria, pero en última instancia esto sería insuficiente, distorsionador o ambas cosas. Si realmente acabamos en un mundo en el que la mayor parte del trabajo lo realizan los robots, la pregunta fundamental es: ¿quién es el propietario de los robots?

Esto nos lleva al quinto y último punto: la democratización de la propiedad del capital. Si los propietarios de robots son los ganadores en este “mundo feliz digital”, entonces cuantas más personas tuviesen participaciones en esta propiedad, tanto mejor. Esto podría ser válido a nivel individual y a una escala más amplia. A nivel de empresa, modelos como el de la participación de los obreros en el accionariado de la empresa extendería la propiedad entre los asalariados, de modo que a nivel individual ya no dependerían exclusivamente de sus ingresos salariales.

Uno de los robots del Festival Digital de Bruselas Uno de los robots del Festival Digital de Bruselas (Javier Albisu / EFE)

A un nivel más general, podrían crearse vehículos financieros de un tipo especial para resocializar los rendimientos del capital. Podrían ser fondos de inversión públicos que funcionasen al estilo de las dotaciones a universidades, o fondos soberanos de inversión, que crearían nuevas fuentes públicas de ingresos que luego podrían utilizarse para contribuir a la financiación del trabajo garantizado.

Necesitamos evaluar cuál es el impacto vital real de la tecnología antes de analizar sus efectos en los mercados laborales y lo que pueden hacer los gobiernos si la pérdida de trabajos a gran escala se convierte en un problema.

La revolución digital tendrá consecuencias diferentes en diferentes economías, por lo que es importante tener un enfoque estructurado que podamos utilizar para examinar todos los casos. El debate sobre cómo responder a la revolución digital en términos políticos será u no de los debates fundamentales de la próxima década.

¿Estamos preparados para la tercera revolución industrial?

JEREMY RIFKIN

Presidente de la Foundation on Economic Trends

El modelo de sociedad que tenemos hoy, todas sus normas, estructuras y patrones de productividad fueron modelados por –y son un resultado de– la Segunda Revolución Industrial. El marco que siguió a esta transformación disruptiva influyó en nuestro estilo de vida y estaba basado en unas estructuras formidables pero destinadas a volverse obsoletas, máquinas propulsadas por energías derivadas de combustibles fósiles, barreras a la producción (como costes marginales y recursos naturales limitados), y la forma exclusiva en que compartimos nuestros bienes y utilizamos los recursos como si fuesen ilimitados. La dinámica de la Segunda Revolución Industrial asignó la organización de las sociedades a las naciones-estado, que crearon las disponibilidades legales, físicas y emocionales para desarrollar la comunicación, la energía y el transporte desde los mercados locales a los nacionales.

Desde entonces, una de las fuerzas impulsoras de nuestra historia ha sido el esfuerzo por controlar los recursos limitados de la energía no renovable. La quema masiva de combustibles fósiles ha conllevado el crecimiento económico y demográfico, pero, como ahora sabemos, a un coste muy alto para el medio ambiente. Los eventos climáticos que antes tenían lugar al ritmo de uno cada mil años se están convirtiendo en algo normal; está cambiando el ciclo hidrológico y eso constituye un desafío a la vida humana en las próximas décadas. No tenemos la certeza de que este proceso masivo sea efectivamente revertido, pero deberíamos hacer todo lo posible para mitigar nuestro impacto sobre el clima. Necesitamos una nueva visión económica y un nuevo ideario ético si queremos sobrevivir.

Necesitamos una nueva visión económica y un nuevo ideario ético si queremos sobrevivir”

En este sentido, el cambio a la Tercera Revolución Industrial será un disruptor enorme: la revolución digital y en la comunicación, la energía, el transporte e internet de las cosas nos permitirán, por primera vez y como sociedad global e interconectada, crear un cerebro global externo capaz de sentir, procesar, reflexionar y actuar a una escala global para hacer frente efectivamente a los retos globales, transnacionales, que nos depara el futuro.

La paradoja es que este incremento en empatía irá paralelo a un incremento proporcional en entropía. Las mismas tecnologías que nos permitirán ser más empáticos e interactuar nos desconectarán de nuestros vecinos más cercanos. La conciencia espacial y los patrones de la comunicación cambiarán espectacularmente, y esperemos que ello nos lleve a una biosfera de mayor conciencia y empatía con la raza humana. A la Tercera Revolución Industrial no le gustan las fronteras. Los estados-nación no desaparecerán, pero es evidente que la digitalización desafiará las estructuras físicas centralizadas; la emergencia de una red de regiones liberaría todo el potencial de un agregado de intereses interconectados y espacialmente contiguos, mientras que el rol de los estados-nación será proporcionar códigos de regulación y normas.

(Simon Dawson / Bloomberg)

Se supone que la revolución digital ha de ser distribuida, colaborativa, abierta y transparente. Así, el principal desafío será cómo desconectar a nuestras sociedades de las infraestructuras de la Segunda Revolución Industrial y reconectarlas a las de la Tercera. Los obstáculos serán, de lejos, más políticos que tecnológicos. Surgirán unos cuantos filtros decisivos destinados a modular la velocidad y el alcance de la revolución digital, que plantearán una serie de cuestiones: ¿Cómo protegeremos la neutralidad de la Red? ¿Cómo garantizaremos que los gobiernos no la utilicen para conseguir sus objetivos políticos? ¿Cómo garantizaremos que las empresas no la monopolicen para sus objetivos comerciales? ¿Cómo garantizaremos la privacidad? ¿Cómo garantizaremos la seguridad de los datos para prevenir el delito cibernético y el ciberterrorismo cuando todo el mundo esté conectado? Esta será la tarea política fundamental de las próximas tres generaciones.

Los millennials, los miembros de la generación que ha llegado a la edad adulta después del año 2000, serán actores importantes en este nuevo ideario ético. Ellos tienen concepciones diferentes de la libertad, el poder y la comunidad; se consideran a sí mismos como parte de una red interconectada globalmente, y tendrán un espíritu cooperativo mucho más fuerte. Se sienten emocionalmente menos ligados a unos estados-nación y pueden gestionar más fácilmente una identidad multifacética capaz de saltar de lo local a lo global. Las acciones individuales tendrán un impacto en el resto del planeta; necesitamos hacer una transición rápida al nuevo paradigma y aprovechar todo su potencial. Muchos se preguntan si ya es demasiado tarde. La respuesta es que no hay alternativa.

La alternativa de la Economía del Bien Común

CHRISTIAN FELBER

Psicólogo, sociólogo y politólogo en Madrid y en Viena, y es autor de una serie de éxitos de ventas sobre economía. Su libro La economía del bien común ha sido publicado en 12 idiomas

A nivel global, cada vez son más los ciudadanos que manifiestan su preocupación por los problemas que afectan al mundo, como el aumento de la desigualdad, la exclusión, la emigración forzosa, la destrucción ambiental o la erosión de los derechos democráticos y de la participación; pero también por la pérdida de su significado y de valores. Así se refleja en una encuesta realizada por la Bertelsmann Foundation entre 2010 y 2012, según la cual entre un 80 y un 90% de los alemanes y austríacos desean la emergencia de “un nuevo orden económico”.

La contribución desde la “economía” a una solución holística para estos retos bien podría consistir en un retorno a la esencia etimológica de la palabra oikonomia: gestionar de una manera sostenible y con una finalidad humana y social el oikos (la casa); un fin por cierto muy distinto del arte de hacer dinero (o chrematistike).

Se trata de una distinción que no es ajena a los textos fundacionales de nuestros gobiernos. Según la Constitución de Baviera, “la finalidad de la actividad económica en su conjunto es servir al bien común”. También la Constitución española afirma: “Toda la riqueza del país en sus diferentes formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general.”

(denizbayram / Getty)

Es en este sentido que, con tan solo cinco años de antigüedad, la Economía del Bien Común (EBC), surge como modelo económico alternativo en el que el conjunto de los actores económicos —empresas, inversores, consumidores, organismos de contratación públicos— persiguen el bien común en detrimento de otros factores, como el beneficio financiero o el crecimiento del PIB.

El núcleo de la idea es proponer una metodología alternativa para medir el éxito económico, que actualmente se limita al uso de indicadores monetarios como el Producto Interior Bruto, el beneficio empresarial o el rendimiento de las inversiones. En pocas palabras: parámetros sobre los medios de producción. En la “economía del bien común” el éxito no se mide en función de este objetivo. Por contra, un producto, balance financiero o evaluación de solvencia crediticia “de bien común” visibilizan y dan prioridad a factores que consideramos mucho más importantes. Por ejemplo: en la EBC solo se concederán préstamos si la evaluación ética es positiva. Los balances financieros positivos de las empresas serán premiados con reducciones de impuestos y aranceles, condiciones crediticias más favorables y prioridad en contratos públicos. Y es mediante estos incentivos legales y fiscales que los bienes y servicios éticos devienen más baratos para los consumidores y más competitivos que los bienes y servicios no tan éticos. En consecuencia, solo las empresas responsables podrán sobrevivir; las no éticas quedaran fuera de los mercados.

Los balances financieros positivos de las empresas serán premiados con reducciones de impuestos y aranceles”

El mayor logro de la EBC es que no es una idea teórica. El movimiento internacional Economía del Bien Común comenzó en octubre del 2010 por iniciativa de unas doce empresas austríacas y desde entonces congrega a 2.200 empresas de 50 países, 400 de las cuales han implementado con éxito un balance financiero de bien común hasta su fase final, en la que tiene lugar una auditoría externa.

En el terreno político, el movimiento promueve cambios en la legislación actual mediante procesos democráticos “de abajo hacia arriba”, cuya principal aspiración es dotarse de una nueva “constitución económica”, redactada y adoptada por los ciudadanos soberanos. En la actualidad existen ya en España algunos “municipios para el bien común”. Sevilla ha firmado un tratado de colaboración con la asociación andaluza para la mejora de la EBC. También en Valencia se establecerá una Cátedra de Economía del Bien Común. La Universidad de Barcelona es la primera que implementará un balance financiero de bien común. Y no solamente el nivel local ha adoptado sus propuestas. En febrero de 2015 el Comité Económico y Social Europeo (órgano consultivo de la UE) aprobó un dictamen —ratificado por el 86% de los votos— que considera que el modelo de la EBC debería integrarse en el marco legal de la Unión Europea.

Este artículo es fruto de la colaboración entre CIDOB y La Vanguardia.es. Una versión más extendida y documentada se encuentra disponible en el siguiente enlace, publicada originalmente en el Anuario Internacional CIDOB.

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