Los alemanes multiplican por cinco sus compras de lingotes en diez años

El oro evoca muchos fantasmas históricos en Alemania. Después de la Segunda Guerra Mundial –y pese al misterio que todavía ronda sobre el paradero de la riqueza que los nazis confiscaron a los judíos–, oficialmente Alemania apenas tenía reservas de metal amarillo en sus cajas fuertes. El país estaba en ruinas y había que reconstituir las existencias. Desde entonces las autoridades germanas han ido amasando grandes cantidades de oro.

Con la guerra fría, dejaron los lingotes custodiados en varios lugares, esencialmente en los bancos centrales de EE.UU., el Reino Unido y Francia por razones de seguridad. Pero este verano el poderoso Bundesbank decidió repatriar la mitad del metal amarillo que tenía repartido fuera de sus fronteras.

Una decisión que obedece a un auto del Tribunal de Cuentas, que exigía verificar “la autenticidad y el peso” de las reservas después de tantos años, ahora que ya no hay amenazas de invasión soviética. Alemania posee 120.000 millones de euros (unas 3.378 toneladas) en oro. Es el segundo país del mundo con más lingotes en sus cofres, detrás de EE.UU. (que alberga más de 8.000 toneladas en Fort Knox).

El Bundesbank no es el único en el país que tiene interés en acumular oro. En efecto, los alemanes están en plena efervescencia. Las circunstancias económicas son propicias. Con mucha liquidez dispo-nible, los tipos bajos y la escasa rentabilidad de bonos y depósitos, los inversores, a falta de alternativas y con deseo de protegerse de posibles incertidumbres, están apostando fuerte en el oro. En el 2016 la demanda en Alemania alcanzó un récord de 190 toneladas, cinco veces más que hace una década. Con unos 1,4 gramos por cabeza, los alemanes son los mayores compradores de oro del mundo, más que los indios y los chinos, los dos mayores mercados del planeta.

Hasta la crisis financiera del 2007, en Alemania la demanda anual en promedio era de 17 toneladas. Pero a partir del 2009, el mercado se ha disparado, gracias también a la difusión de nuevos productos de inversión indexados con el oro. Sólo el año pasado se invirtieron unos 6.800 millones de euros. “Los inversores alemanes son muy conscientes de los efectos de la inestabilidad financiera. La hiperinflación de los años veinte –la República de Weimar– permanece vivo en la memoria colectiva. Los germanos han visto sucederse ocho monedas en el último siglo y no es de extrañar que, en este contexto, hayan apostado por el oro, considerado como una moneda duradera”, escriben los analistas del World Gold Council en un reciente informe. El BCE esta semana dio a entender que hasta mediados del 2019 no subirá los tipos, con lo que con toda probabilidad la caza del oro seguirá.

En una encuesta del 2016 de Kantar TNS, entre inversores alemanes, el 59% respondió que “el oro no perderá nunca valor a largo plazo”. En la actualidad el metal amarillo ha caído cerca del 25% respecto a su máximo histórico de septiembre del 2011. Pero con Corea del Norte, Irán, Brexit, Donald Trump y, por último, Catalunya, motivos para refugiarse no faltan. ¿A que no?

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