¿Pretende el Reino Unido convertirse en un paraíso fiscal para evitar un desastre nacional por el Brexit?

Hace tan sólo unos días, los británicos nos sorprendieron de madrugada con un vuelco en la consulta sobre el Brexit. Al poco de conocerse el democrático veredicto de escisión, el Banco de Inglaterra anunció que habría más estímulos para paliar los efectos de tan temida decisión. Los dramáticos efectos del temor de los mercados y de las empresas, se han hecho sentir rápidamente en Gran Bretaña, por lo que sus autoridades no se van a limitar únicamente a las habituales políticas monetarias, que ya rozan la tradición.

Más allá pues de las posibles acciones puramente monetarias del Banco de Inglaterra, los británicos han entrado de lleno en las medidas de corte económico e incluso político, y el ministro de economía ya ha anunciado que el gobierno se está planteando bajar el impuesto de sociedades del 20% al 15%. En este artículo analizaremos qué implicaciones puede tener este presunto recorte del impuesto de sociedades, qué otras medidas se pueden esperar de los estímulos del BoE, y qué efectos pueden traer consigo todas estas medidas sobre la economía y sobre la vida del día a día principalmente de los británicos, y en menor medida del resto de los europeos.

El Brexit llega en el peor momento posible

Empecemos poniéndonos un poco en situación para entender el contexto y las razones que llevan a las medidas que son objeto de nuestro análisis. El problema del Brexit no es sólo todo lo que implica de por sí, que no es poco, sino que el gran problema es que llega en un momento en el que está de moda (sin juzgar lo acertado o no de la misma) poner en tela de juicio a Europa. No sólo los británicos plantean serias dudas sobre el futuro del proyecto europeo, lo cual no sería demasiado relevante dada la tradicional trayectoria de La Isla de “ni con Europa ni sin ella”: el problema es que, incluso en los países con más tradición europeísta, se abren paso nuevas corrientes políticas y de opinión que tratan de dinamitar las bases de la construcción europea. Algunos euro-escépticos de más allá del canal se aferran a que el Brexit es una decisión democrática, y con eso parece que todo lo que sea decidido por referéndum automáticamente ya alcanza la perfección de la proporción áurea. Desde aquí nadie les niega lo democrático del proceso: el tema es que la masa, por muy mayoritaria que sea, también se equivoca, con lo que ante lo que verdaderamente estamos es ante un gran error, eso sí, democráticamente cometido.

Así que los británicos optan por irse. Los europeos que se quedan ya veremos a ver qué senda toman, si la de la unión que hace la fuerza, o la de las ratas son las primeras en abandonar el barco. Lo que realmente le asombra a un servidor es la euro-fatalidad que supone el hecho de que, paradójicamente, los anti-europeístas están mucho más unidos en su euro-escepticismo de lo que lo están los pro-europeos en Bruselas. Pero pasemos a los aspectos económicos que solemos traerles en El Blog Salmón más allá de las consideraciones de pseudo-corte político y social. La auténtica problemática que se le plantea a las autoridades económicas del viejo continente, y en especial a las de las islas británicas, es que en el terreno económico, el Brexit también llega en el peor momento posible.

No debemos olvidar que las economías occidentales todavía se están lamiendo las heridas de la Gran Recesión. No podemos olvidar que para paliar sus efectos los bancos centrales ya rebajaron las tasas de interés hasta niveles ultra-bajos, donde permanecen en la actualidad. No lograremos olvidar que además sus programas de expansión cuantitativa hincharon en especial una descomunal burbuja de bonos soberanos, y que aún está por ver cómo las instituciones nos sacan de ese otro embrollo.

El Brexit llega en un momento en el que el Banco de Inglaterra ya ha sacado toda su artillería para combatir la Gran Recesión

Y en medio de toda esta refriega económica, cuando los bancos centrales, y en concreto el Banco de Inglaterra, han sacado ya toda su artillería, y han utilizado hasta la extenuación todas las armas que obran en su poder, ahora va y llega el Brexit. En el peor momento político de una Europa sin aspiraciones europeístas, y en el peor momento económico de un Occidente que ha gastado ya todos sus obuses en combatir al primer enemigo que apareció por el horizonte. La pregunta obligada es pues: ¿Qué más puede hacer el Banco de Inglaterra tras el Brexit que no haya hecho ya tras la Gran Recesión?

Lo que el Banco de Inglaterra va a hacer

¿Qué piensan ustedes que va a hacer el BoE? Pues no creo que nos sorprendan con ningún alarde de creatividad económica. Casi seguro que tras ese anuncio de más estímulos simplemente hay una intención de más de lo mismo. Es decir, más tipos bajos, o tal vez tipos aún más bajos, y más Quantitative Easing. Con el desincentivo añadido de que los bancos centrales ya nos tienen desde hace tantos años tan acostumbrados a este tipo de medidas, tras lo cual incluso se pueden tildar de tradicionales, que su efectividad ha ido cayendo progresivamente con el paso de las sucesivas bajadas de tipos y rondas de QEs.

El “más de lo mismo” aplanará aún más la curva de tipos, que hará resentirse de nuevo a las entidades financieras

Sobre el impacto en la economía resultante de los nuevos estímulos del BoE, hay que resaltar que van a tensionar aún más los resultados de unos bancos que ya llevan muchos meses soportando el estrechamiento de sus márgenes comerciales como consecuencia del aplanamiento de la curva de tipos que traen los QEs: no olviden que el grueso del negocio bancario viene de tomar prestado a corto plazo, y prestar a largo plazo. Pueden leer más sobre el tema de cómo los nuevos estímulos van a afectar a los bancos con intereses en las islas británicas en este excelente artículo.

Lo que el Banco de Inglaterra podría llegar a hacer

Con el Brexit lo que ocurre es que el Reino Unido va a ver principalmente cómo la libre circulación de capitales, mercancías, y personas con la Eurozona puede tocar a su fin, y lo grave de esto es que la Eurozona es precisamente su mayor socio económico (y con diferencia). Esto tiene incalculables consecuencias a todos los niveles, pero especialmente para importaciones y, sobre todo, exportaciones a la zona Euro, tanto de bienes y servicios, como de capitales. No olvidemos que muchas multinacionales mundiales han decidido poner su base de operaciones europea en el Reino Unido porque aunaba un inglés nativo a la vez que abría las puertas de un viejo continente del que era miembro de pleno derecho. Tampoco olvidemos que la City es el centro por antonomasia del mundo financiero europeo.

No obstante, debo decirles que, frente a estos argumentos, hay voces discordantes que afirman que en el largo plazo el Reino Unido va a verse beneficiado por el Brexit, tal y como pueden leer en este post de los siempre interesantes NadaEsGratis. Un servidor es cierto que contempla este escenario, pero le asigno una muy baja probabilidad de suceso incluso en el largo plazo. Obviamente, este escenario sólo tiene sentido si los británicos realmente acaban finalmente cambiando sus reglas fiscales del juego, tal y como les contaba al principio de este artículo que se están planteando, y según analizaremos con mayor profundidad en los próximos párrafos.

Ya hay centros económicos de la Europa continental compitiendo por un trozo del pastel que va a desaparecer el plato británico

Las más que potenciales nuevas dificultades a la libre circulación de mercancías tras el Brexit cercenarán las empresas con sede en las islas británicas. Las más que probables nuevas limitaciones a la libre circulación de capitales harán que la City, o más bien sus clientes, emigren a Frankfurt, Paris o Luxemburgo, algo que no ha pasado desapercibido para estos destinos alternativos y que ya están tratando de explotar según pueden leer en este artículo. El más que posible fin de la libre circulación de personas afectará tanto al mundo empresarial exportador como al financiero de la City.

¿Será entonces suficiente con este tipo de política monetaria por parte del BoE? No lo creo. Un simple “más de lo mismo” monetario no va a ser suficiente: aquí no es cuestión de recuperar la confianza, es cuestión de que ya no se va a formar parte del mercado europeo. A pesar del carácter excepcional con el que un servidor contempla medidas como los tipos ultra-bajos o los quatitative easing, su idoneidad estaba menos en cuestión en unas economías de la época post-Lehman. Entonces lo que se necesitaba era que el mercado recuperase la confianza en un sistema que atravesaba por una crisis sistémica, valga la terrible redundancia. Pero la coyuntura actual nada tiene que ver con la de entonces, al menos en Gran Bretaña.

La imposible solución al problema del Brexit es que los británicos hubiesen votado a favor del Brestay

Sí que podría ser el caso de una Europa con falta de confianza en su propio proyecto europeísta, pero no olvidemos que en este artículo hablamos de lo que van a hacer las instituciones del Reino Unido y el Banco de Inglaterra. Sobre este último cae una mayor responsabilidad que sobre el BCE, puesto que el grueso del dañino impacto del Brexit va a recaer (y está recayendo) sobre las islas británicas. No nos engañemos, o mejor dicho, que no se engañen los británicos: por mucho que mantengan tipos bajos, realicen más compras masivas de deuda, o cualquier otra medida que puedan emprender, este terrible asunto no tiene más solución que la de que los británicos hubiesen votado a favor del Brestay.

Las medidas que van más allá de la política monetaria

Pero los británicos, al igual que nosotros, son plenamente conscientes de la coyuntura que se les está viniendo encima. Es por ello por lo que, a través de su ministro de economía, han reconocido que se están planteando seriamente rebajar el impuesto de sociedades del 20% al 15%, según pueden leer en esta reciente noticia de ayer mismo. El artículo anterior les dejará claro el esfuerzo que hacemos desde el Blog Salmón para aunar de madrugada lo completo de nuestros análisis con el tomar como base de los mismos las noticias más frescas (sólo tratamos de estar a la altura de nuestros lectores). Pero además pueden estar seguros de que esta rebaja fiscal sentaría un precedente inédito en los anales de la historia económica más reciente: se trataría de la primera vez que un país occidental, y que se cuenta entre las naciones con “solera”, opta por políticas que se podría pensar que le están alineando con la política habitual de los paraísos fiscales.

Dejaremos a un lado la probable intención de globo sonda de estas declaraciones, que seguramente pretenden sondear al mundo empresarial antes de optar por medidas tajantes. La cuestión sería hacerse una idea previa de la efectividad que tendrían dichas medidas. Pero lo que pueden dar por supuesto es que los isleños van a llegar hasta donde sea necesario para frenar la sangría que ellos mismos han iniciado. No obstante, no puedo ocultarles mi sospecha de que, aunque acometan esta significativa rebaja impositiva, es bastante improbable que salgan indemnes de la refriega. Resulta obvio que, de no plantar cara con alguna medida contundente, ninguna empresa japonesa o americana cuya sede en Londres pretende ser el centro neurálgico para sus operaciones europeas va a quedarse en la capital británica si ya no forma parte de la Europa con reglas panaeuropeas que facilitan los negocios. Ningún banco chino que quiera invertir capital en Europa va a llevar su dinero a una City desde la cual luego sus movimientos por el viejo continente serán casi tan gravosos como desde China. Pero esto no implica forzosamente que incluso plantándole cara al problema vayan a salir bien parados.

Estas medidas probablemente tan sólo compensarán la auto-inducida desventaja competitiva frente a sus ex-socios europeos

Llegados a este punto de nuestro análisis, debemos atenernos a los fundamentales de este asunto, y recordar que la intención última de Gran Bretaña con sus paradisíacas medidas es simplemente tratar de retener un capital y unas empresas que de lo contrario no van a encontrar suficientes motivos para permanecer allí. El Reino Unido no parte de un escenario de rebaja fiscal para atraer nuevas empresas al país, y con ello compensar la pérdida de recaudación inicial con la llegada de nuevos pagadores de impuestos, sino que el escenario de base es que con el Brexit Gran Bretaña va a incurrir en una clara desventaja competitiva frente a sus ex-socios europeos, la cual simplemente quedaría compensada con la rebaja del impuesto de sociedades.

No habría una entrada masiva de nuevas empresas, puesto que la ecuación de peor acceso a Europa pero con un 15% de impuesto de sociedades sigue sumando un atractivo muy similar a la ecuación actual de acceso pleno al mercado europeo e impuesto de sociedades al 20%. Con la nueva derivada obtendrían únicamente el pingüe beneficio de evitar la emigración masiva de empresas y capitales a la Europa continental, con el coste de seguir teniendo un número similar de empresas, pero que contribuirían con menos impuestos a las arcas británicas. El riesgo que parecen correr es que posiblemente consigan paliar únicamente su auto-inducida desventaja competitiva frente a sus ex-compañeros europeos. Esto parece a toda vista ser un caso de libro académico de la típica rebaja de impuestos que, en vez de aumentar la recaudación como habría ocurrido de haberla hecho tras un Brestay, les puede llevar probablemente a un futuro de menor recaudación y mayor déficit.

Por su tradición financiera, algunos considerábamos que los británicos tenían una base de cultura económica nacional superior a la media. Pero al parecer se les ha pasado algo por alto al votar en el referéndum del Brexit. Hoy por hoy, el primero que levanta una nueva frontera donde antes no la había, lo que en realidad está haciendo no es que sus abejas no se escapen de su colmena, sino que las abejas de fuera, como no pueden entrar, acaben buscando otro panal. Y en el mundo globalizado de hoy en día siempre hay muchas más abejas fuera del panal que dentro. El problema es que las islas británicas van a ser más islas que en las últimas décadas, y contra eso realmente ni el Banco de Inglaterra, ni el gobierno británico, ni ninguna de sus consolidadas instituciones, no tienen absolutamente nada que hacer. Alea jacta est.

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