Silicon Valley, la ley del oeste

Quedamos con Dong Lieu que me pasará a buscar por mi apartamento en San Francisco para ir hacia Silicon Valley.

– Normalmente trabajo desde casa pero tengo que ir a la oficina un día de la semana que viene, ya me dirás qué día te va bien–, me dijo.

– Te paso a buscar en las 9 que así evitaremos la hora punta.

Con Dong nos conocimos el año 1998 cuando, recién salido de la universidad, entró a trabajar en IBM en Carolina del Norte. Ahora trabaja a Oracle en Silicon Valley como responsable de entregas internacional y desde hace un año vive en San Francisco, donde acaba de comprarse una casa.









Mientras hago tiempo, hablo un poco con el asistente de voz Echo de Amazon que hay al apartamento.

-Alexa, qué tiempo hace a Silicon Valley?–le pregunto.

-75 grados– responde.

¿ -Alexa, cuántos son en Celsius?

–75 grados Farenheit son 24 grados Celsius.

¿ -Alexa, cómo está el tráfico a la 101 Sur?

–El tráfico es fluido ahora mismo.

–¿ Qué hora es en Barcelona? ¿Qué ha hecho al Barça? Pon el Pet Sounds de los Beach Boys.

Hace sólo una semana que estoy en San Francisco y ya me he acostumbrado a ser uno más en casa.

A las 9 salimos hacia Silicon Valley. Cogemos la 101 Sur y cambiamos la niebla estival de San Francisco por el sol de California, pasamos de los 62 Farenheit de San Francisco en los 75 de Silicon Valley. Dos cosas si vais: Silicon Valley no sale a los mapas ni a los indicadores de la autopista y los locales la llaman The Valley. En la autopista de seis carriles nos encontramos con los buses y minibuses lanzadera que las empresas ponen a disposición de los trabajadores que viven en San Francisco. Se ven Audis, BMW, Corvettes, Porches pero me dicen que los modelos deportivos van de baja en beneficio de los coches eléctricos, especialmente de los Tesla. Pasamos por delante del showroom de Tesla.

El término Silicon Valley lo empezó a utilizar Don Hoefler el año 1971 en una serie de artículos titulados Silicon Valley in the USA que hablaban de las empresas de la región que utilizaban los chips de silicio para sus tecnologías. La llegada de los ordenadores personales de IBM y de Apple en los años ochenta hicieron el resto del trabajo. Actualmente, en Silicon Valley hay las empresas más influyentes del mundo. Apple, Alphabet (Google, YouTube), Facebook, Twitter, Tesla, eBay, Netflix y Visa son algunas de las compañías que tienen la sede, mientras que Amazon, Microsoft, Sony y Samsung, entre muchas otras, tienen presencia destacada. Para ponerlo en perspectiva: Apple, Alphabet, Microsoft, Amazon y Facebook son las cinco empresas más valiosas del mundo, ante petroleras, energéticas y financieras.









Me fijo en los nombres de los ingenieros en las puertas de los despachos de Oracle. La gran mayoría tienen apellidos asiáticos –indios y chinos– o bien hispanos. En los campus de Facebook y de Google también constato la diversidad de orígenes y la juventud de sus ingenieros. Las empresas de Silicon Valley dan trabajo a unos 250.000 trabajadores que resultan insuficientes para la demanda que actualmente tiene (los directores generales de las principales empresas tecnológicas se han quejado de las restricciones que Trump quiere imponer a la inmigración cualificada). Un 37% de la población de Silicon Valley es de origen extranjero (27% en total de California) que sube al 74% entre la población de ingenieros y matemáticos entre 25 y 44 años, según el Silicon Valley Index 2016.

Pero The Valleyes mucho más que un área geográfica en el sur de la bahía de San Francisco, es también un tiempo en el día del 50% de la gente del mundo que vivimos conectados a la red. Desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir, nuestra vida pasa por algún servicio o producto de Apple, Google, Facebook, Twitter, YouTube, Microsoft, Visa o Netflix, si no todos (espero que pronto la mía también pase por Tesla). Cualquiera de estas empresas puede cambiar la vida de millones de personas con sólo una pequeña modificación a sus programas, cerrando uno de sus servicios o bien actualizando sus condiciones de uso. Esta es la gran influencia de Silicon Valley, más allá de sus millonarias facturaciones y sus valores en bolsa.









Un diseñador de experiencia (uno de los trabajos más buscados en Silicon Valley) me explicaba que el diseño de software tiene que empezar a tener en cuenta aspectos éticos y me ponía un ejemplo muy comprensible: ¿qué derecho tiene Facebook, ponemos por caso, de programar una nueva funcionalidad que genere una alerta en el móvil a la hora de cena? Aquel mensaje tiene el potencial de interrumpir a más de 2.000 millones de usuarios en una hora que son con sus familias. Cuando Facebook o Instagram deciden que un pecho femenino es contenido no publicable en sus plataformas, de repente impiden que se puedan hacer campañas efectivas contra el cáncer de mama. El criterio de qué contenido audiovisual tiene valor informativo y cuál no ya no lo decide el director de una televisión, un colegio de periodistas o un CAC sino que lo decide YouTube. Sus bits, nuestra ley.









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