El mediador que llegó del norte

Las relaciones entre la vieja Convergència y el centenario PNV siempre fueron tortuosas. Los nacionalistas catalanes han mirado históricamente con recelo a sus correligionarios vascos, a los que acusaban de ir demasiado a lo suyo, sin atender a ninguna complicidad a la hora de negociar con los gobiernos centrales de turno. De hecho, el PNV tuvo mejores relaciones con Unió que con Convergència. Pero Íñigo Urkullu, que precisamente es un hombre que él mismo se define por sus convicciones humanistas, aún tiene muy grabados sus propios padecimientos cuando Juan José Ibarretxe trató de poner en práctica su plan soberanista, aunque el entonces lehendakari no llegó tan lejos como el presidente de la Generalitat, ni mucho menos. De aquel trauma político, que acabó con el PNV en la oposición, Urkullu considera que aprendió lo suficiente como para intentar una mediación entre Mariano Rajoy y Carles Puigdemont que nunca pensó que sería tan difícil.

En estos días vertiginosos han sido numerosos los mediadores. Unos con más influencia y otros más bien con buena voluntad. Desde el cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, hasta dirigentes del PSC como Miquel Iceta, José Montilla o Núria Marín, diputados del PDECat, consellers… Lo ha intentado también la sociedad civil. Por ejemplo, el empresario Mariano Puig y el abogado Emili Cuatrecasas estuvieron el miércoles 18 en el Palau de la Generalitat para verse con Puigdemont y en esta semana, junto al ejecutivo Joaquín Coello, viajaron a Euskadi para visitar a Urkullu. Entre los mediadores que también han trabajado en colaboración con el lehendaki figura el Síndic de Greuges, Rafael Ribó. Pero entre todas las gestiones, las del PNV han sido quizá las más decisivas.

De hecho, el presidente del partido, Andoni Ortuzar, ya empezó el verano pasado a mantener contactos con dirigentes del PDECat preocupado por la situación en Catalunya. Ortuzar les explicaba a sus colegas catalanes su experiencia a raíz del plan Ibarretxe, cómo aquel episodio tensionó las costuras del partido, cómo lograron evitar la escisión (el PNV aún recuerda con amargura la de Eusko Alkartasuna). De hecho, los peneuvistas consiguieron superar la fase de Ibarretxe sin bajas y ahí sigue, por ejemplo, Joseba Egibar, que sería lo más cercano a un independentista en sus filas.

Urkullu empezó a arremangarse como mediador en el conflicto catalán hace unos dos meses con bastante dedicación. Para los nacionalistas vascos, la deriva hacia el incumplimiento de las leyes en Catalunya constituía un referente nefasto para sus intereses que podía despertar al electorado soberanista, azuzado por la izquierda abertzale. Y encima, ese elemento desestabilizador llegaba justo cuando el PNV negociaba con el Gobierno de Rajoy su apoyo a los presupuestos a cambio de sustanciales ventajas económicas. Urkullu confiaba personalmente en ayudar a solucionar un conflicto, aunque también es cierto que tenía motivos sobrados para intentar aplacar a sus compañeros catalanes. Los contactos entre peneuvistas y exconvergentes han sido numerosos, pero muy discretos, una característica casi innata en un partido que reúne a su ejecutiva y sus debates internos son casi inescrutables.

El lehendakari influyó decisivamente en la segunda carta remitida por Puigdemont a Rajoy el pasado día 19 como respuesta a sus requerimientos antes de aplicar el artículo 155. En esa respuesta, el president admitía de forma implícita, pero bastante comprensible, que no había declarado la independencia en el Parlament el día 10. Sin embargo, la carta contenía también la amenaza de recuperar la DUI y no dio pie a frenar la intervención de la Generalitat. Urkullu ha mantenido entrevistas y llamadas con Rajoy y con Puigdemont en los últimos meses, pero sobre todo se han intercambiado mensajes de móvil. Unos mensajes que el lehendakari ha hecho extensivos también a Oriol Junqueras.

Otra de las intervenciones clave de Urkullu ha servido para conseguir que en la Moncloa aceptaran que, si Puigdemont anunciaba elecciones autonómicas, aunque se aprobara el artículo 155 en el Senado se suspenderían sus efectos. Pero el president quería garantías más sólidas de que no habría intervención de la autonomía. Con esos precedentes, no es de extrañar que el día de ayer fuera intensísimo también para los nacionalistas vascos.

A las 10.30 h, en el despacho de un ministro, los diputados del PNV en el Congreso le aseguraban que habría elecciones. Pero no fue así. El móvil del lehendakari echó humo todo el día. Urkullu intentó convencer a Puigdemont de que Rajoy ya no podía dar marcha atrás a la maquinaria del Senado y que públicamente no podía decir nada hasta que él no saliera a convocar las elecciones autonómicas, pero le insistió en que, en ese caso, el presidente del Gobierno central frenaría la aplicación del 155. No logró convencerle.

Incluso estuvo informado de la llamada entre los dos jefes de gabinete de los presidentes, Jorge Moragas por la Moncloa y Josep Rius por el Palau. En un momento de desesperación, el lehendakari emplazó a Rajoy y a Puigdemont con un mismo mensaje en el que les preguntaba qué necesidad había de tensionar a la sociedad y les conminaba imperativamente a hablar entre ellos. Urkullu también estuvo en contacto con Pedro Sánchez, quien le garantizó que la enmienda del PSOE a la tramitación del 155 incluía que se suspendería la intervención de la Generalitat en caso de elecciones. Era otro argumento para intentar convencer a Puigdemont, que tampoco surtió efecto.

Los peneuvistas han quedado muy defraudados con la actitud del president. No entienden la inflexibilidad y los repentinos cambios de opinión que han visto en las últimas semanas y sobre todo en el día de ayer. Y algo que no es menor: después de esa mediación frustrada, el PNV se ve más liberado para pactar con Rajoy.




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