“España sufre la apropiación del Estado por una élite política”

El caso de Ferran Mascarell (San Just Desvern, 1951), hoy delegado de la Generalitat en Madrid, es una sinécdoque del estado de la cuestión catalana: un catalanista socialdemócrata que partió peras con el federalismo español tras la sentencia del Estatut del 2010 y hoy abraza un soberanismo desapasionado pero convencido. Mascarell, que fue conseller de Cultura, publica Dos Estados (Arpa), un alegato en pos de un divorcio civilizado de Catalunya y España, con custodia compartida de afectos y vínculos.

Sostiene usted que España no es una nación fallida sino un estado fracasado.

Bueno, porque ha desperdiciado las oportunidades que ha tenido de resolver el modelo territorial. La más clara, la del 78, cuando las distintas naciones –o las distintas sociedades civiles, por usar un término más laico– jugaron a favor de la construcción de un Estado que sirviera para todos, el resultado ha sido el que ha sido. Y la causa es una cierta apropiación del Estado por una élite política con algunos añadidos substanciales, que ha convertido el Estado en una especie de isla. Bueno, yo creo que el Estado español es un Estado fallido, un Estado que no ha sabido construirse, por razones como las que he comentado y que están en el origen de la revuelta catalana del 2010. En el 2011 se produjo una revuelta de una parte de la sociedad española, sobre todo las nuevas generaciones. Son dos proyectos distintos, pero con un fondo parecido: las dos son revueltas contra el Estado, un Estado que no funciona, ine­ficiente y que no ha tenido la capacidad de reactivarse o de reformularse a través del tiempo.

Empieza a ser aceptado por todos que el punto de ruptura es la sentencia del Estatut.

Sí porque ahí se expresan demasiadas cosas. Era un Estatut que pretendía resolver la idea de nación, la idea de lengua, el sistema de financiación de Catalunya, y un sistema de competencias real. El Estatut era una idea de mejora del autogobierno y de reforma federalizante, eran estas dos cuestiones. Cuando eso, cuatro años después, habiendo pasado todos los filtros, aprobación en Catalunya, aprobación en Madrid, aprobación en referéndum, firma del Rey… cuando todo eso queda destruido resultó un insulto a nuestra actividad, un insulto a nuestra voluntad de construir algo en España. Yo dejé entonces de ser federalista, y ahí digo que Catalunya necesita un Estado que funcione, pero el punto de partida no tiene nada que ver con el nacionalismo, tiene que ver con el estatismo, si quieres, con la necesidad de dotarse de un Estado en un tiempo difícil. Reitero muchas veces en este libro que el Estado es una herramienta, es un instrumento y quien lo interprete como otra cosa simplemente es nacionalista.

Utiliza categorías como la política heroica, la aspiracional y la servidora. Explíquelo.

El ideal es la política servidora. La política española es heroica, y se corresponde con un nacionalismo heroico, con una idea de Estado cerrado, excluyente, muy participado por los intereses de una élite. En el caso catalán la política ha sido siempre más aspiracional. Está montada, desde tiempos de Rius y Taulet, sobre la necesidad de algunos objetivos de gran aspiración, en la medida en que siempre ha tenido, en lugar de un instrumento favorable en el Estado, un instrumento desfavorable. Está por construir la relación entre los catalanes y el Estado.

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