Intervenir la democracia

Los medios hemos estado toda la mañana hablando de las colas que se han formado en los colegios electorales catalanes desde primera hora. Sin embargo, también es cierto que una vez dentro de los centros, no había tanta aglomeración.

Las colas estaban siendo ordenadas, por no decir formadas, por los apoderados de las distintas candidaturas.

Concretamente, en la Escola de les Dominiques de la calle Mallorca de Barcelona, el acceso era distinto de las otras ocasiones; se entraba por el patio. Allí, los apoderados habían organizado las colas, una por cada mesa. La que me correspondía estaba a cargo de una delegada de la CUP. Después de unos minutos de espera, un representante de ERC, que también llevaba la escarapela sujeta por una cinta amarilla, me explica que solo hay un aula disponible, que las monjas no han querido ceder más espacio.

Pero cuando vuelvo a la fila veo que estoy solo y que el aula no parece estar llena. También veo a un antiguo compañero de profesión dentro de la sala mirando al exterior; parece un apoderado.

Y ante la evidencia de que hacía cola en balde, la señora de la CUP me deja entrar. Efectivamente, en mi mesa no hay nadie. Saludo al conocido, que está a un metro de la entrada y a otro de las papeletas, sin atreverme a mirar su acreditación, tal como me pedía el cuerpo.

Busco la candidatura que voy a apoyar y tardo un poco en encontrarla. Cuando finalmente la cojo y levanto la cabeza, el pájaro me está mirando. Me da igual, pienso (ingenuo); el susodicho no se habrá sorprendido de mi elección.

Llego a la mesa y espero a que acaben la conversación que mantienen los tres interventores, hasta que me hacen caso, y voto.

Cuando salía del aula, perdida la vergüenza, me he fijado en el letrero que cuelga del cuello del amigo: Junts per Catalunya

En el aula hay más apoderados e interventores que votantes. Fuera ya no hay cola, pero sigue habiendo gente, casi todos con acreditaciones (entre las que no he visto ninguna del PSC ni de Ciudadanos). Cuando salía del aula, perdida la vergüenza, me he fijado en el letrero que cuelga del cuello del amigo: Junts per Catalunya.

Saldo del colegio con una doble sorpresa. Por un lado, porque pensaba que el fotoperiodista era un tío de izquierdas. Y, de otro, porque después de haber votado en todas las elecciones desde 1977 nunca había visto tanta gente de los partidos escrutando a los electores. La sombra de una sospecha me ha pasado por la cabeza: ¿hubiera sido tan fácil que alguien controlara mi voto de no haber cola? Una cola, ya digo, bastante provocada.

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