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Las fuerzas independentistas siguen encalladas en las diferencias estratégicas un año después del fallo del 1-O

Sin presidente de la Generalitat, sin demostraciones de fuerza en la calle, sin la unidad que todos se reclaman pero que pocas veces encuentran, y con un Govern en funciones. Después de un año de la sentencia del 1-O, las cosas para el independentismo se han ido complicando y parece estar perdido, al dictado del Tribunal Supremo. La pandemia marca, pero las movilizaciones movilizan poco. En ello, la ANC, Òmnium y los CDR no se salen con la suya. Y JxCat, ERC y la CUP han acabado asumiendo unas elecciones que llegan a paso lento después de la inhabilitación de Quim Torra.

El año pasado costó Dios y ayuda consensuar una respuesta conjunta a la condena de los líderes independentistas. Menos mal de Tsunami Democràtic, que canalizó en las calles unas movilizaciones a la que los partidos se aferraron con uñas y dientes para tapar unos desencuentros que ni las propuestas de resolución en el Parlament consiguieron esconder.

La brecha entre JxCat, que quiere acelerar el proceso, y ERC, que pide que haya más apoyos, obstaculiza la unidad

No hay sintonía. Falla el tono que el independentismo había exhibido desde el 2012 hasta octubre del 2017. Que cada uno va hoy por su cuenta es evidente: JxCat convocó ayer una rueda de prensa en la que se refirió a la sentencia del 1-O; ERC hizo suyas unas palabras de Oriol Junqueras desde prisión; la CUP envió un comunicado; Òmnium organizó un coloquio; los CDR intentaron emular la protesta de Urquinaona –la más sonada de las que se hicieron durante la semana en la que se publicó la decisión judicial–, y la ANC convoca una marcha lenta de coches hasta la cárcel de Lledoners… para el viernes.

El independentismo tiene nueve presos y, si bien es cierto que todos reclaman la amnistía, en aquello que podría dibujarse a medio plazo ni siquiera coinciden las opiniones de partidos y entidades: la tramitación del indulto o la reforma del Código Penal. Vías que en mayor o menor medida asumen en privado como salida para los presos, pero que se apresuran a devaluar en público. La solución tiene que incluir la autodeterminación, subrayan al unísono partidos y entidades, pero bajo esta cabecera cada uno esboza su estrategia.

La de JxCat, envuelta en el nuevo proyecto de Carles Puigdemont, pide “pasar a la acción”, como apuntaba ayer desde prisión el exconseller y vicepresidente de Junts, Jordi Turull. La palanca es romper la barrera del 50% de votos independentistas en las elecciones para aplicar “consecuencias políticas efectivas”. El detalle no lo concretan a la espera de recoser la unidad independentista. Mientras tanto, JxCat apuesta por una confrontación que deja en segundo plano el diálogo con el Gobierno y la misión de ampliar la base.

Aquí se manifiestan las diferencias con su socio en la Generalitat. “De este callejón sin salida saldremos si sabemos seguir sumando y haciéndonos más fuertes”, defendía ayer a su presidente, Oriol Junqueras. ERC cree que la mitad más uno de sufragios independentistas es necesario pero no suficiente y trata de poner las luces largas sin menospreciar ningún canal de comunicación con la Moncloa.

La CUP, a su vez, marca distancia y ayer se ofrecía como “la alternativa” al binomio JxCat-ERC para “avanzar en la ruptura con el Estado”. El recelo es tal que enumerando la “represión” denuncian también el papel de los Mossos, más aún después de que trascendiera la condecoración a 423 agentes que intervinieron a las movilizaciones de rechazo a la sentencia del 1-O.

La protesta de los CDR ayer fue más tranquila. Unas 400 personas se citaron en Urquinaona bajo vigilancia de un numeroso dispositivo policial. Los manifestantes transitaron por Via Laietana y la Rambla, donde provocaron algunos destrozos volcando contenedores y jardineras y quemando un puñado de banderas de España.