Luis Herrero: Matar al Rey

En las últimas 72 horas hemos sabido, consecutivamente, estas tres cosas distintas en relación a la figura del Rey: que el tercer partido del país, con aspiraciones a convertirse en el segundo, le da la espalda y se niega a saludarlo en el acto de apertura de la Legislatura, que un tipo le ha tenido varias veces en el punto de mira de su kalashnikov, y que en 1976 se estudió la posibilidad de someter a referéndum su aceptación por parte de la ciudadanía. Diríase que una extraña conjunción astral ha querido poner de manifiesto el carácter prescindible de la Forma de Estado que tenemos en España. Al monarca se le puede ningunear, se le puede matar y, al parecer, también se le pudo apartar de la peripecia de la Transición. Naturalmente, las tres afirmaciones son falsas.

El desplante de Podemos no hizo de menos a Felipe VI, sino a sus autores, que quedaron ante la opinión pública como lo que son: maleducados y numereros. El francotirador no tenía línea de fuga y sólo podría haber activado los mecanismos de sucesión en la Jefatura del Estado si hubiera estado dispuesto a inmolarse en una acción suicida. Y la Transición pacífica, sin derramamiento de sangre, hubiera sido total y absolutamente imposible sin el concurso del Rey.

Lo que Suárez le dijo a Victoria Prego en 1995 fue que el PSOE quería promover un referéndum sobre la Monarquía en 1976 y que el Gobierno sabía que ese referéndum, de haberse celebrado, hubiera podido perderse. Ambas cosas son ciertas. Pero hay que contextualizarlas.

El PSOE, en 1976, era partidario de la ruptura. No creía que fuera posible ir de la ley a la ley para pasar de la dictadura a la democracia. Jamás pensó que el franquismo se haría el haraquiri para permitir el referéndum de la Reforma Política, cuyo cuadragésimo aniversario celebraremos el próximo 15 de diciembre. Los socialistas estaban inicialmente convencidos de que había que partir de cero y de que un Rey cuya legitimidad se apoyaba en las leyes de Franco no pintaba nada en el diseño del futuro que ellos acariciaban. Y menos aún si se tiene en cuenta el acendrado republicanismo de sus señas de identidad.

Por lo tanto, es verdad: el PSOE buscó apoyos internacionales para conseguir que la Forma de Estado fuera sometida a referéndum en España. Felipe González se lo confesó sin tapujos a Adolfo Suárez en los dos primeros encuentros que ambos mantuvieron, el primero en casa de Rafael Ansón, y el segundo en casa de Joaquín Abril, en agosto de 1976. También es verdad que Suárez sabía de antemano cuál hubiera sido el resultado de ese referéndum que González reclamaba. En España había dos sectores mayoritarios, aunque uno más numeroso que el otro. El de menor cuantía, aunque mucho más poderoso porque aún ocupaba las atalayas del poder político, lo que quería era la continuidad del franquismo y la idea de un Rey que pudiera traer una democracia de corte occidental a España, mandando la obra del Caudillo a pudrir malvas, les producía una irresistible tentación de fletar fragatas en Cartagena. El sector social mayoritario quería el cambio y no se creía -como le pasaba al PSOE- que el sucesor del dictador estuviera en condiciones de conseguirlo. Así que, en efecto, por un lado y por otro, por razones antagónicas, por cerrilismo y por ambición democrática, al Rey se le hubieran puesto las cosas muy difíciles en un referéndum.

Lo que no es verdad en absoluto es que la posibilidad de ese referéndum se llegara a plantear en serio y, por lo tanto, que su no celebración se debiera a la negativa heroica de Suárez. Los socialistas y los comunistas miraban con un escepticismo cósmico la Ley para la Reforma Política que aprobaron las Cortes, ¡con el visto bueno del Consejo Nacional del Movimiento!, el 18 de noviembre de 1976, hace exactamente cuarenta años y dos días. Era la ley que, si pasaba el filtro del referéndum, debía permitir la inmediata convocatoria de las primeras elecciones libres desde la Segunda República. La izquierda jamás pensó -al principio- que ese plan fuera a funcionar. Pero le dio una oportunidad. Cada vez que Suárez evocaba aquel gesto solía subrayar el patriotismo que exhibieron Santiago Carrillo y Felipe González. Y, para asombro de ambos, el plan funcionó. Desde entonces no hicieron gran cosa para entorpecerlo.

Suárez sólo tardó cuatro meses en demostrar que era posible el tránsito a la democracia yendo de la ley a la ley, de acuerdo al guión de Fernández Miranda, y que, por lo tanto, la opción de la ruptura -una de cuyas consecuencias hubiera sido el referéndum sobre la Monarquía- era más temeraria que la de la reforma. En ese instante se vio claro que el Rey, que estaba en la sala de mandos de la Transición, y sin cuyo concurso todo el proceso hubiera saltado por los aires, se había ganado la confianza de la mayoría de los españoles. Pero no porque éstos se hubieran vuelto repentinamente monárquicos, sino porque se habían convencido de la utilidad de la Institución.

Le oí decir muchas veces a Adolfo Suárez que él no era monárquico y que no creía que los españoles lo fuéramos por convicción. Lo éramos porque habíamos descubierto la utilidad de la Monarquía y dejaríamos de serlo -vaticinaba- cuando esa utilidad desapareciera. Por eso fue tan duro con Juan Carlos cuando le sobrevino la fiebre campechana de hacer de su capa un sayo.

El Rey fue imprescindible en la Transición, utilísimo en el proceso de consolidación democrática y razonablemente útil durante el día a día a velocidad de crucero. De lo que se trata ahora es de que pueda demostrar que vuelve a ser una pieza clave para afrontar el período de incertidumbre en el que quiere sumirnos el populismo que aspira a volar por los aires el pacto constitucional del 78 y regresarnos al guerracivilismo cainita del periodo previo. Pero no podrá hacerlo si se le hurta su papel. El Rey es el símbolo de la unidad y la permanencia del Estado. Si no es eso, no es nada. Así que sin un Estado que quiera permanecer unido, la Monarquía carece de sentido.

Por eso no es congruente darle la espalda al Rey y decir que se defiende la unidad de España, como no lo era en 1976 defender su defenestración y aspirar a una Transición incruenta. Cuando la izquierda de entonces se dio cuenta, rectificó. La de ahora está por uvas. No sé si por ignorancia histórica o por afición a las trincheras. A lo peor, por las dos cosas a la vez.

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