Manuel Arias Maldonado: “El populismo es una enfermedad de la democracia que no cree en la razón”

La cita con el pensador y escritor Manuel Arias Maldonado es en un elegante hotel del madrid financiero de principios del siglo pasado. Arias Maldonado (1974) es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Ha sido Fulbright en la Universidad de Berkeley e investigador visitante en el Rachel Carson Center de Múnich. Es colaborador habitual de Revista de Libros y Letras Libres, además de columnista de El Mundo en su edición andaluza.

Pero mi interés está en preguntarle por su último libro, ‘La democracia sentimental’ (Página Indómita, 2016), un ensayo apasionante sobre el populismo y la neuropolítica que me devoré en dos tardes. De ese café en Canalejas con citas a Kant, Mises y Laclau de por medio, son estos apuntes.

—¿En qué medida podemos seguir concibiendo al ciudadano como un sujeto autónomo y racional tras la aparición del populismo en Europa y EEUU? ¿Valen de algo los hechos que los periodistas ponemos sobre la mesa cuando la opinión pública los recibe como una expresión falsaria del establishment mediático?

—El populismo es una enfermedad de la democracia”, responde Arias Maldonado. “Levantan barricadas de malestar, un estado de opinión exacerbado al que ellos mismos han contribuido a engendrar. El populismo no cree en las razón de las masas sino en su lado irracional y emocional. Ese sujeto soberano, kantiano, está más lejos de la realidad de lo que creíamos. Le hemos sobreestimado. Ya nos lo habían advertido los ilustrados escoceses como Hume o Adam Smith: no somos los que creíamos ser. ¿Acaso las mismas muchedumbres que se reunían antes para asistir a las ejecuciones públicas en las plazas occidentales no repudien ahora el empleo estatal de la tortura? Ese sujeto autónomo y racional es un ideal que debemos esforzarnos por ser.

—¿Y el contrato social?

—El lazo social sería aquí de índole sentimental: estaría más cerca del folletín que del contrato.

—¿Y qué pasa con el pueblo, del que los populistas dicen ser sus máximos garantes?

—El pueblo es una ilusión en un doble sentido: como activador de emociones positivas y como espejismo de unidad. De ahí la preponderancia de la multitud frente al ciudadano en el universo populista. El populismo desafía abiertamente la idea de que las democracias sean construcciones racionales. Nuestras sociedades están divididas entre quienes toman distancia para sobrevolar sus propias verdades y quienes se apegan a ellas, tomándolas no como sus verdades, sino como las verdades sobre las que no cabe dudar.

—Ahí está el caso Espinar.

—Precisamente. Se afirman en su propia tribu moral. Nuestros instintos tribales condicionan nuestra percepción de los hechos y valores. Por eso mi sujeto ideal es un “ironista meláncólico”, alguien que sea capaz de ejercer su autonomía para someter a revisión sus propios sesgos emocionales. Debemos comenzar a hablar de un sujeto postsoberano, más consciente de sus limitaciones. La democracia liberal –¡que es un hito revolucionario, no hay que olvidarlo!– debe adaptarse a unas condiciones ambientales y antropológicas, si me apuras, desfavorables. Puede que la arquitectura institucional diseñado por las constituciones liberales, concebida de modo defensivo ante las emociones y el conflicto civil, tengan que ser revisadas ante los nuevos hallazgos de las neurociencias.

—¿Todavía no es muy pronto para eso?

—Todavía es muy pronto pero sirva de lección el Brexit, Trump o Podemos para entender que las emociones, que son contradictorias, complejas y ambiguas, juegan un papel importante en las decisiones políticas y por eso es muy peligroso agitar viejos fantasmas y patear avisperos sin prever las consecuencias. Cuidado con las emociones que son capaces de nublar el juicio como advertían los griegos.

—”La democracia es un mercado de emociones. Ya lo han dicho los publicistas. Atendemos más a narraciones que a razones, son más empáticas, hacen surgir la confianza y generan por tanto influencia”, digo sacando pecho como un pavo real.

—En la democracia post factual, los exaltados parten con ventaja. Hemos pasado el kantiano atrévete a saber al atrévete a sentir.

—Se les ve muy enfadados, odiando a todo aquel que no piensa como él…

—Pero, ojo, hay estudios que dicen que los ciudadanos que exhiben posiciones extremas y fanatizadas son más felices que los moderados. ¡Contra Franco vivíamos mejor!

—Luchan por la percepción, no por la influencia. ¿Y los medios tradicionales no pintan ya nada ante el poder de las redes?

—Ya no tienen esa función de filtro, de moderadores del discurso, dando lugar a una cacofonía digital donde hay más ruido que conversación: todos hablamos a la vez pero nadie escucha a los demás. Adorno ya había advertido que los ciudadanos tienen tendencia a instalarse en sus opiniones cargándolas con emociones, blindádolas al exterior. Ya no ha hay persuasión sino contagio. La viralidad ha contribuido a intensificar la sentimentalización de la política. Las redes constituyen cajas de resonancia donde solo escuchamos el eco de nuestra propia voz.

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