Los dichosos tiempos de la democracia

La democracia tiene sus tiempos. Sí, es una expresión masivamente utilizada en las últimas horas por aquellos que justifican o explican esta desesperante lentitud en establecer los puentes necesarios para formar nuevo gobierno. La democracia tiene pautas y pasos; los tiene. Pero los países tienen también urgencias, necesidades perentorias, exigencias inexcusables. En ese choque, en España va perdiendo el país y ganando los calendarios autoimpuestos.

No hay resultado electoral, por endemoniado que sea, que impida del todo la formación de un gobierno. El de las elecciones del 20-D permitía más de una posibilidad y todas fueron sondeadas sin éxito: los partidos políticos españoles gozan de poca flexibilidad, especialmente a medida que el fiel se va desplazando hacia la izquierda, concienzudamente sectaria. No es la derecha española, ciertamente, saco de virtudes a imitar, pero convendría recordar, por ejemplo, que el PSOE pudo desplazar al nacionalismo endémico en el País Vasco gracias al apoyo gratuito e inmediato que le brindó el PP, mediante el cual Patxi López llegó a ser lendakari. Jamás dio las gracias por ello y siempre mostró una indisimulada incomodidad al gobernar merced a ese apoyo, pero lo cierto es que encabezó un gobierno con poca gloria y alguna pena que fue revocado a las primeras de cambio. ¿Cree alguno de ustedes que ese caso se habría dado al revés? Pero esa es otra historia. Decía que, si ya el 20-D pudo haber un gobierno de concentración, con más razón podría formarse uno –de esa característica o de otra– después del 26-J, jornada en la que quedaron algo más claras algunas cosas. Estamos de acuerdo en que con 137 escaños no vas a ninguna parte y que estás obligado a formar alguna mayoría presentable, pero parece claro que, como dice Emiliano de la Mancha, el que debe llevar el volante es Rajoy; para ello alguien debe apoyarle, y en ello estamos con el dichoso calendario. Rivera llega, de momento, a asegurarle abstención en segunda votación, lo cual, por sí solo, no significa nada, y Sánchez dice que él no es el indicado para brindarle apoyo habiendo otros. Da a entender algo así: «Preséntese usted con 170 diputados a la investidura y ya veré yo qué hago». Ello sólo se consigue con un pacto de legislatura con Ciudadanos, y no hay atisbo de ser siquiera posible, no digo ya probable. Hay quien dice «no tenga usted prisa, que hay tiempo», pero para alcanzar ese pacto hay que presentar una oferta política consistente –y no sólo enviarle el programa electoral del PP con alguna coma nueva–, nombrar equipo negociador y sentarse de sol a sol a buscar las coincidencias y salvar las diferencias. No se atisba ese momento. Y la casa sin barrer, los Presupuestos –que asoman por lontananza– sin previsión de adaptarlos a un año crucial como es el que viene, las bases estables de un gobierno con ímpetu reformista sin asentar y toda la pasta que sobrevuela España en forma de inversores interesados sin aterrizar por falta de pista debidamente iluminada. Todas las mañanas nos asomamos a un carrusel de declaraciones en el que siempre se escucha lo mismo y tras el cual sólo se deduce un tacticismo mediocre que lleva, inevitablemente, a la melancolía del día siguiente y la pregunta sin responder que una y otra vez retorna con impertinencia: ¿por qué cuesta tanto formar un gobierno en nuestro país? ¡Ah, amigo mío, es que la democracia tiene sus tiempos!, te dicen, y parece que hayan dado con la piedra filosofal. Es decir, que un país debe asistir al cansino carrusel de vaguedades a la espera de que caiga la bola en esa ruleta de la espera sólo porque los tiempos son los tiempos. ¡Anda que si a cuenta de los tiempos acabamos votando otra vez en noviembre! Verás tú qué gracia.

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