Boricuas recién llegados tras el huracán: ‘van a venir muchos más’

No había pasado una semana desde que el huracán María dejara a Puerto Rico casi destruido y Stephanie Santiago ya se estaba quedando sin leche para su hija de 3 años. Además, a la pequeña Wilyanielis se le llenó la piel de ronchas rojas, una alergia que desarrolló por el calor y la humedad.

“No es solo que se estaba acabando la leche, es que tampoco quedaba nada en los pocos supermercados abiertos y se estaba acabando también el dinero en efectivo”, contó Santiago, quien vive en Carolina, al este de San Juan, y tiene otra hija de 6 meses. “¿Cómo le explicas eso a una niña?”

A la tercera noche de escuchar los llantos de sus hijas, Santiago tomó la misma decisión que han tomado muchos boricuas desde la catástrofe: ir al aeropuerto de San Juan y subirse en el primer vuelo disponible a Estados Unidos continental.

El destino final de Santiago: Deerfield Beach, en el condado Broward, en el sur de Florida.

Tras la tragedia del huracán María en Puerto Rico –que provocó inundaciones y deslaves y dejó incomunicada a la isla de 3.5 millones de habitantes, sin electricidad ni agua potable– se pronostica que miles de boricuas dejarán sus hogares para venir a Estados Unidos. Ese éxodo tendrá un impacto significativo en Florida, uno de los principales destinos de la migración puertorriqueña, que ha aumentado cada año de la última década debido a la recesión económica en la isla.

Los tentáculos de la crisis creada por el huracán ya se están sintiendo en el sur de Florida.

“Hemos estado concentrados en recoger ayuda para mandar a la isla, pero ahora están llegando personas a la oficina diciéndonos ‘acabo de llegar y no tengo nada, ¿cómo me puedes ayudar?’ ”, dijo Luis DeRosa, presidente de la Cámara de Comercio Puertorriqueña del sur de Florida, con sede en Miami.

“Ahora estamos preparándonos para implementar el Plan B: recaudar dinero para crear un fondo de ayuda a las personas que están llegando sin nada. La idea es darles un estipendio de $200 o $300 para que empiecen a abrirse camino”, agregó DeRosa.

Entre el 21 y el 28 de septiembre, llegaron 18 vuelos al aeropuerto Internacional de Miami procedentes de San Juan, con 2,700 personas a bordo (la cifra incluye turistas), según cifras del Departamento de Comunicaciones del aeropuerto.

Las autoridades estatales y locales también se están preparando para la potencial ola migratoria. El gobernador de Florida, Rick Scott, anunció recientemente que el Estado del Sol asistirá a los desplazados. Scott pidió a las universidades públicas permitir que estudiantes puertorriqueños paguen matrículas a precios de residentes de Florida.

Por su parte, el distrito escolar de Miami-Dade espera recibir parte de los 350,000 estudiantes puertorriqueños cuyas escuelas aún no han podido abrir y no saben cuando reanudarán las clases. Los menores podrían ser enviados a vivir con familiares o podría tratarse de familias completas que dejen la isla, al menos de manera temporal.

La Florida es el hogar de más de un millón de puertorriqueños, de los cuales unos 100,000 viven en el sur del estado, aunque la mayoría reside en el área de Orlando y Tampa.

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Adriana Santiago llegó de San Juan a Fort Lauderdale con sus tres hijos pequeños el 26 de septiembre, dejando atrás a su esposo, su vivienda en un vecindario de clase media de la capital boricua y a otros familiares.

“Dejando atrás mis seres queridos, mi comunidad, mi vida”, dijo Santiago.

Se dio cuenta de que tendría que irse de Puerto Rico poco después de ver las imágenes de la devastación en un televisor que un vecino conectó a una batería.

En el vecindario donde vive Santiago, en San Juan, los vientos tumbaron árboles y unas cuantas casas se inundaron. Sin embargo, sin comunicación con el resto de la isla y sin poder ver o leer las noticias, Santiago y su esposo desconocían la magnitud de la tragedia.

“Cuando entramos en contacto con las noticias nos dimos cuenta de que en otros lados había derrumbes, deslizamientos de tierra, era peor. Había gente trepada en los techos de sus casas esperando que los rescatasen”, contó Santiago. “Con los días la situación en lugar de mejorar, empeoró. Se estaba acabando la gasolina”.

Para muchos boricuas, quienes son ciudadanos americanos y pueden viajar a Estados Unidos sin visa, migrar al norte “siempre se ha visto como una válvula de escape”, explicó Jorge Duany, director y profesor del Instituto de Estudios Cubanos de la Universidad Internacional de la Florida (FIU).

“[Irse a EEUU] es una estrategia de sobrevivencia ante las dificultades económicas y ahora más, con el desastre [del huracán]”, declaró Duany, quien por años ha investigado la migración boricua, tema que aborda en su libro más reciente Puerto Rico: What Everyone Needs to Know (Lo que todos Necesitan Saber).

Precisamente este año se cumple un siglo de que el presidente Woodrow Wilson firmara la ley Jones-Shafroth, otorgando la ciudadanía americana a los puertorriqueños.

Duany dijo que un nuevo éxodo debido al huracán María podría presentar características diferentes a la migración de la última década, en cuanto a la diversidad de los migrantes.

“Podría darse una fenómeno migratorio más extendido y menos selectivo”, dijo. “Hasta ahora había llegado mayormente gente entre los 20 y 40 años, que son personas en edad productiva y mujeres en edad reproductiva”, dijo.

“Ahora podríamos ver más personas mayores de 65 años y niños”, que representan la población más vulnerable tras la tragedia, explicó Duany.

Para los recién llegados, la realidad inmediata es de incertidumbre.

Varias personas entrevistas esta semana, como Stephanie Santiago y Adriana Santiago (no son familia), dijeron que aún no han decidido si inscribirán a sus hijos en la escuela. Tienen la esperanza de poder volver a la isla pronto.

“Me voy a dar una semana, para ver cómo están las cosas”, dijo Adriana Santiago, cuyo esposo es abogado y se quedó en Puerto Rico ayudando a sus vecinos mientras contacta a sus clientes.

“Ahora mismo todo está en el aire”, dijo Stephanie Santiago. Su esposo trabaja con una compañía de carga de aviones y viaja a menudo. Santiago no está segura si se establecerían permanentemente en Deerfield Beach, donde actualmente vive su madre.

“Quien sabe, quizás nos tengamos que preparar para empezar un capitulo nuevo de la vida”, comentó.

Para otros, como Wanda Gómez, que vive en Miami desde hace 16 años, la mayor esperanza es poder traer a sus seres queridos desde la isla pronto. Aunque en muchos casos eso representa un gran reto.

Gómez estaba en Juana Díaz, una zona rural cercana a Ponce, cuidando de su madre, Teresa Torres, cuando María tocó tierra. Torres, de 85 años, tuvo una cirugía del corazón recientemente.

“La quiero traer porque está muy delicada y allá no hay hospitales, el campo está incomunicado. Pero no puedo porque no hemos podido contactar a su doctor para que nos de su receta y poder comprar las medicinas aquí”, dijo Gómez, con la voz entrecortada.

Gómez logró salir desde San Juan a Chicago y luego a Miami, en un vuelo humanitario de la compañía United Airlines. Se considera afortunada. Dijo que miles de personas esperaban en el aeropuerto para irse de la isla.

“La situación es infrahumana, no se puede vivir allí. Nadie puede vivir sin agua, sin comida, sin luz, sin las cosas básicas”, dijo Gómez. “Creo que la crisis va a empeorar y también la paciencia de la gente se va a agotar… y van a venir muchos más”.

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