Cuál es el verdadero choque de civilizaciones para Trump

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Previo a la reunión del G20 en Hamburgo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, expresó durante un discurso en Polonia: “Está en juego nuestra civilización Occidental”. Alertó contra “el terrorismo radical islamita” que “amenaza nuestro estilo de vida”. Y definió lo que estaba ocurriendo como un “choque de civilizaciones”.

El concepto, tal y como lo empleara Samuel Huntington en su obra del mismo nombre de 1996, predecía los grandes conflictos futuros, no basados en antagonismos ideológicos sino civilizatorios, como sería el caso del Occidente cristiano y el islam. Sacado a colación como hizo Trump en relación al terrorismo, era evitado en lo posible por las dos administraciones precedentes, una republicana y otra demócrata, como políticamente incorrecto, porque culpaba injustamente a una inmensa mayoría de musulmanes –sobre todo residentes en países occidentales–, que desaprobaban esas acciones.

Pero además, ¿son todos los terroristas, musulmanes? Evidentemente no, porque ni Timothy McVeigh ni el Unabomber lo eran. Un reciente artículo publicado en Analytiks, de Sergio García, Supremacismo blanco y extrema derecha: el otro terrorismo del que no se habla, exponía que la violencia de la extrema derecha en Estados Unidos “ha provocado más muertes en el país desde los atentados del 11S que el terrorismo yihadista”. Entonces, el choque de civilizaciones del cual habla Trump, ¿es contra todos los terroristas o sólo contra fundamentalistas islámicos? Evidentemente, no todos los musulmanes son terroristas y no todos los terroristas son musulmanes, por lo cual, si se trata del terrorismo, entonces no debe usarse el concepto en el sentido en que lo aplicaba Huntington.

Pero… ¿quiere esto decir que por el hecho de ser unos musulmanes y otros no, nada tienen en común? A mi entender, tienen más en común que lo que pueden tener musulmanes violentos con musulmanes amantes de la paz. Todos ellos, supremacistas blancos, yihadistas o cualquier otro tipo de terroristas, coinciden en el fanatismo, el odio, la violencia y la discriminación, ya sea por raza, religión, ideologías, sexo u orientación sexual, o cualquier otra diferencia.

Si lo analizamos bien, nos percataremos de que todos ellos no están haciendo nada nuevo sino lo mismo que otros seres humanos durante miles de años: guerras y sometimientos de unos por otros y exterminios sin distinción de sexos, ni edades, con la única diferencia de que esas matanzas no se realizaban en las metrópolis sino en aquellos pueblos considerados como bárbaros y salvajes, como las sangrientas cruzadas, el exterminio de indígenas americanos por las colonizaciones europeas, algo que seguiría repitiéndose con pueblos de Africa y Asia, hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis comenzaron a realizar esas prácticas en la civilizada Europa, y el propio Estados Unidos, con bombas atómicas, en Hiroshima y Nagasaki.

¿Qué civilización realizó todas esas atrocidades? No se puede decir que fue solo Occidente, pues en textos más antiguos, como la propia Biblia, nos encontramos matanzas de pueblos enteros pasados a cuchillos, incluyendo a niños y niñas de brazos por el supuesto mandato de algún dios, sin excluir al propio Jehová. Se trataría, en todo caso, de la civilización humana en su conjunto tal y como la conocimos hasta hoy, misógina, racista, homofóbica, fanática e intolerante: la civilización patriarcal.

Sin embargo, ya sabemos, por descubrimientos arqueológicos de las últimas décadas, en particular los realizados por Nicolás Platón y María Gimbutas, que esta civilización humana no fue la única ni la primera, que hubo otra con grandes avances hace más de diez mil años en las que las mujeres tenían un papel preponderante y predominaba una ética de paz.

También hoy, algo nuevo e insólito ha empezado a brotar desde hace apenas 150 años: movimientos y corrientes de pensamientos contraculturales que jamás se habían conocido durante todos esos miles de años: el feminismo, la no violencia, el ambientalismo, el abolicionismo de la pena de muerte, la lucha por los derechos humanos, por el desarme, por los derechos de los homosexuales, y hasta por los derechos de los animales. En otras palabras, un paradigma civilizatorio está agonizando, y otro naciendo en medio de estertores como cuando se produjo el tránsito del matriarcado al patriarcado. Y todo lo negativo que hoy vemos, terrorismo, armamentismo, nacionalismos estrechos y actos contra el medio ambiente, no son más que reacciones ante eso nuevo que empieza a nacer –que yo suelo llamar fratriarcado– y que está amenazando su viejo mundo, en otras palabras, un choque de civilizaciones.

Escritor e historiador