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El fantasma de Rusia recorre la Casa Blanca durante el primer año de Trump

Nada ha provocado más dolores de cabeza a Donald Trump durante su primer año como presidente de EEUU que la presumible injerencia de Rusia en las elecciones que le llevaron a la Casa Blanca, cuyas consecuencias están aún por llegar.

Trump heredó de su antecesor, Barack Obama, una relación tensa y muy deteriorada con la Rusia de Vladímir Putin, sobre todo a raíz de la guerra en Ucrania y la anexión de Crimea que provocaron numerosas sanciones económicas y diplomáticas estadounidenses contra Moscú.

Durante la campaña que le enfrentó en 2016 a una Hillary Clinton siempre beligerante con Putin, Trump prometió mejorar las relaciones con Moscú y se deshizo en elogios hacia el presidente ruso, que muchos dejaron de ver como el archienemigo de Estados Unidos.

También durante esa campaña hubo contactos entre el entorno de Trump, que este sábado cumplió un año en el poder, y el mundo del Kremlin que sólo se conocerían con el magnate ya en la Casa Blanca.

Fue el caso del acercamiento entre el entonces embajador ruso en Washington, Sergei Kislyak, y el que sería asesor de Seguridad Nacional de Trump, Michael Flynn, unos contactos que en última instancia le costaron a éste último el cargo convirtiéndose en la primera víctima de esta trama.

También hubo un encuentro en la Torre Trump de Nueva York entre una abogada rusa y el hijo mayor del presidente, Donald Trump Jr.; el yerno y asesor del mandatario, Jared Kushner; y el propio Flynn.

Paralelamente, el proceso electoral a la Casa Blanca sufrió una serie de injerencias en forma de “hackeos” a los demócratas, al tiempo que proliferaban noticias falsas en las redes de las que la inteligencia estadounidense no dudó de señalar a Rusia.

La presión sobre Trump por esta presunta injerencia rusa en los comicios que ganó contra todo pronóstico torcieron sus planes de mejorar las relaciones con el Kremlin y le forzaron a adoptar una actitud a la defensiva con la que reiteradamente negó tener “nada que ver con Rusia”.

El presidente, sin embargo, nunca tuvo malas palabras para Rusia ni Putin, ni siquiera cuando el Kremlin expulsó a diplomáticos estadounidenses en represalia por las sanciones de Washington que Trump no se atrevió a retirar.

El Departamento de Justicia, con el fiscal general de Trump, Jeff Sessions, a la cabeza, encargó al FBI del director James Comey una investigación sobre la injerencia del Kremlin en los comicios que convirtió a Washington en una tormenta permanente.

Trump perdió el control de la investigación rápida e inesperadamente cuando Sessions se vio forzado a dar un paso al lado, al salir a la luz que también se había reunido con el embajador Kislyak durante la campaña.

El presidente optó entonces por destituir a Comey, al que había tratado de persuadir sin éxito de que se olvidase de la investigación rusa, y con el que mantenía una relación de amor-odio desde antes de las elecciones por su manejo de otra investigación, la de Clinton y el dudoso manejo de sus correos electrónicos cuando era secretaria de Estado.

Llegó entonces el momento de Robert Mueller, un veterano abogado que pilotó el FBI después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra EE.UU. y al que nombraron en mayo “fiscal especial” de la trama rusa.

Con un equipo de fiscales trabajando sin descanso, Mueller ha interrogado (y lo sigue haciendo) al círculo más íntimo de Trump, pese a los ataques públicos a los que le ha sometido un presidente visiblemente incómodo.

A finales de 2017 se constataron los primeros resultados de la investigación con las imputaciones del exjefe de campaña de Trump Paul Manafort -en arresto domiciliario desde entonces-, y Michael Flynn, entre otros.

Trump y Putin se conocieron (como presidentes) en la cumbre del G20 en Hamburgo (Alemania) en julio y se volvieron a ver en noviembre en la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC) en Vietnam.

También se han telefoneado en múltiples ocasiones para hablar, según la Casa Blanca, sobre la guerra contra el Estado Islámico (EI) y Corea del Norte.

Putin ha rechazado las acusaciones de injerencia electoral como “delirios” de “gente que se opone a Trump”, mostrando una sintonía con el actual presidente estadounidense.

De los hallazgos de Mueller depende el futuro de Trump en la Casa Blanca, que podría ser sometido a un juicio político (“impeachment”) en el Congreso si se demuestra que colaboró con el Kremlin para ganar las elecciones.