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La apuesta por las series españolas en Netflix

Si usted es de los que después del noticiero de las seis de la tarde acostumbraba a ver el show de Pedro Sevcec o el de Oscar Haza; o si era de los que veía las novelas brasileñas, mexicanas o colombianas, puede que desde hace un tiempo se haya enfrascado en la la serie española El Internado, bienvenido al club. Las nuevas series en español que está ofreciendo la plataforma Netflix tienen a todos enganchados. Por lo tanto, acomódese en su reclinable y disfrute el viaje: las mejores series de la Madre Patria están por llegar.

“Tras el boom de los productos exóticos y multiculturales de los últimos años (series asiáticas, árabes, etcétera), una nueva ola de superproducciones originales y en idioma español con el formato clásico y rendidor de la telenovela cautiva nuevos públicos vía streaming y on demand”, dice un artículo en La Nación.

Todo comenzó cuando Netflix pasó de ser una pequeña compañía de renta de videos por correo a un gigante que hoy compite con las grandes cadenas de la televisión tradicional. Con un inmenso catálogo de películas y series de televisión libres de anuncios donde escoger y un pago mensual de apenas $13, es fácil imaginar por qué más de 60 millones de personas se han suscrito a esa plataforma. Y también por qué algunas cadenas tradicionales de televisión, tales como Fox, Time Warner y Disney, tratan de competir con Netflix ofreciendo un servicio de suscripción similar a través de la ya famosa plataforma Hulu; aunque al parecer eso no ha sido suficiente. También compite en este mercado la plataforma online Amazon, a la que la suscripción Prime le da acceso al cliente a cientos de películas. En una reciente encuesta llevada a cabo por la firma asesora FBR Capital, el 57 por ciento de los encuestados prefirió Netflix a la televisión por cable y de satélite.

Según El Pais, “la presencia de Netflix en 190 países y sus más de 110 millones de usuarios o la popularidad y extensión internacional de Amazon Prime Video convierte a estas plataformas en grandes aliadas”. Es el caso de La casa de papel. Desde que llegó a Netflix ha sido una de las series más vistas en todo el mundo. Según este mismo rotativo, en Brasil, uno de los disfraces más populares del Carnaval fue el disfraz del ladrón. En inglés Money Heist es la versión para el mundo no hispanohablante.

Al principio, en el Miami hispano, no había muchos suscriptores. Los pocos que habían descubierto ese tesoro visual llamado Netflix se comportaban como si pertenecieran a una sociedad secreta. Es decir, los que no lo habían hecho eran, para ellos, no iniciados. Nada personal, como suele decirse. Sin embargo, lo cierto es que comenzó a ocurrir algo curioso: cuando alguien de los que todavía no conocía el mundo de Netlix era invitado a cenar en casa de uno de esos iluminados no podía, aunque este no fuese el propósito del anfitrión, dejar de sentirse excluido porque las conversaciones de sobremesa siempre eran sobre la serie que estaba de moda en esos momentos. Y como el invitado no sabía de qué estaban hablando, debía permanecer callado toda la noche.

Unas veces era la serie Tiempos de guerra y los contertulios que ya eran subscriptores de Netflix compartían detalles de una trama que giraba en torno a un grupo de damas que pertenecían a la Cruz Roja Española y que en 1920, por órdenes de la reina Victoria Eugenia, se trasladan a Marruecos para instalar, durante la llamada guerra del Rif, hospitales de sangre.

Pero si en el transcurso de la cena se señalaban coincidencias entre la verdadera historia y la ficción del argumento, ya al final de esta se preguntaban si el doctor Fidel Calderón, el personaje principal, renunciaría a su compromiso con Susana Márquez, la hija del jefe militar de la región, para casarse con la enfermera Julia Ballester. O si Magdalena Medina, una joven y rica madrileña, se convertiría al Islam por el amor que sentía por Al Hamza, el empleado marroquí del hospital.

En otras ocasiones se hablaba de Velvet, una de las series más populares transmitida por Netflix y cuya trama, ambientada en el Madrid de los años 1950, narra la historia de Ana Ribera, una humilde costurera que se enamora de Alberto Márquez, el heredero de la lujosas Galerías Velvet donde ella trabajaba desde niña. Esta vez las preguntas eran: ¿Estaría Alberto dispuesto a romper con las normas de la época y vivir su gran amor con Ana? ¿Lograría el famoso diseñador Raúl de la Riva, contratado por Alberto, salvar el negocio de la bancarrota? Ya en esta segunda cena, el invitado que no había podido hablar en la primera, podía participar y opinar. Ya no era un no iniciado. Y es que, al fin, se había suscrito a Netflix.

El éxito de estas series españolas que se están transmitiendo en Miami a través de Netflix no deja de resultar sorprendente. Las causas son varias. Una de ellas podría ser la conveniencia no solo de verlas cuando uno quiere, sino de ver todos los capítulos que se deseen en un mismo día. Otra podría ser que sus presupuestos de producción, a diferencia de las actuales telenovelas latinoamericanas, son millonarios. Por ejemplo, según un artículo de Jaime Pérez Seoane aparecido en la revista colombiana Diners, un solo episodio de la serie Velvet cuesta más de medio millón de dólares. Nada en comparación con lo que cuesta producir uno de Game of Thrones, es cierto. Pero aun así, por los estándares de la televisión española, es un presupuesto alto.

También habría que considerar que las tramas son más elaboradas, sobre todo las de carácter histórico, como las de las series Isabel, inspirada en la vida de la reina Isabel I de Castilla, Águila roja, una trama repleta de intrigas palaciegas durante el reinado de Felipe IV y Carlos, rey emperador, basada en la vida de Carlos I de España y V de Alemania, hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso.

Pero no todas las series tienen un trasfondo histórico. Ni la misma calidad. Algunas, por decirlo de alguna amable manera, tienen los mismos defectos que aquellas malas telenovelas de los años 1990 del siglo pasado: argumentos inverosímiles, personajes unidimensionales y actuaciones pésimas. La prensa especializada de España ha tomado nota y no ha tardado en identificarlas, como ha hecho con Perdóname señor, en la cual una monja regresa a su pueblo natal para buscar al hijo que había dado en adopción. O con la titulada La embajada, ambientada en Tailandia, una historia que habla de política, corrupción y traiciones.

Es verdad que las malas son las menos. Se reconocen porque sus capítulos finales son siempre similares: después de enfrentar villanos de todo tipo (suegras manipuladoras, empresarios sin escrúpulos, funcionarios corruptos) y sortear innumerables intrigas, engaños y abusos físicos, los protagonistas principales encuentran el amor y viven felices por siempre. Como en los cuentos de hadas.

Por suerte, esas no son las que se ven en Miami. Aquí solo se ven las mejores, como el El tiempo entre costuras, que está basada en una exitosa novela escrita por María Dueñas. O como Las chicas del cable, la primera serie original de Netflix producida en España, cuya tercera temporada comenzará a rodarse próximamente.

No deje que sus amigos le cuenten el último capítulo de Gran Hotel: viaje en el tiempo a la antigua ciudad de Santander, disfrute de los hermosos paisajes de la costa cantábrica y descubra los terribles secretos de la familia propietaria del hotel: los Alarcón.

Usted no tiene nada que perder. Después de todo, en cuanto a programas de televisión en español se refiere, aquí en Miami no son muchas las opciones.