La economía de Puerto Rico detenida tras el paso del huracán María

La semana pasada, los puertorriqueños se resguardaron del paso del huracán María, que dejó al menos a 16 personas muertas, a la isla sin luz, y derribó hogares, comercios, caminos y granjas.

Luego de que pasara la tormenta, los isleños excavaron el lodo y escombros que dejó la peor tormenta en golpear la isla en casi una década. Se fueron a la búsqueda de necesidades básicas: agua, comida, combustible para el generador, señal de celular y Wi-Fi abierto para conectarse con familiares.

Todo ello sigue siendo escaso después de una semana y ahora muchos se preguntan cuánto tiempo pasará hasta que la vida regrese a la normalidad en el territorio estadounidense de 3.4 millones de habitantes.

A continuación, algunas historias de personas que vivieron la tormenta y luchan con sus consecuencias:

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OFRECE LO QUE PUEDAS

Días después de que la tormenta pasara el 20 de septiembre, el café de Rosa María Almonte en San Juan seguía sin luz y todos los otros comercios cercanos estaban tapiados. Pero incluso así lograba servir alimentos calientes para la gente que se quedó con poco tras el paso de María.

No había agua corriente ni electricidad, pero en una estufa de gas, su hija cocinaba arroz, frijoles y chuletas.

Desde hace 21 años Almonte atiende El Buen Café, y no es la primera vez que pasa por momentos difíciles. Pero la gravedad de los daños de María y el prospecto de que la recuperación podría tardar semanas o meses, le hizo preguntarse si hay motivo para quedarse.

“No sé si pueda continuar”, dijo la mujer de 73 años mientras secaba el agua que se filtró a la tienda.

“¿Qué hago aquí?”, se cuestionaba.

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TOTALMENTE AISLADOS

En el pueblo norteño de Montebello, Maribel Valentín Espino y su esposo dijeron que no habían visto a nadie del gobierno puertorriqueño, muchos menos a la Agencia Federal para Manejo de Emergencias, desde el paso de la tormenta.

Ella, su esposo e hijo adolescente se refugiaron con familiares cuando llegó el huracán. Después de que pasara, los vecinos formaron brigadas de voluntarios para cortar árboles caídos y despejar caminos montañosos. Ahora los amigos y un rancho local de ganado proveen agua para ayudarlos a sobrevivir en el calor tropical.

“La gente dice que la FEMA nos va a ayudar”, dijo el martes Valentín. “Seguimos esperando”.

En Montebello, anidado en lo que solían ser montañas frondosas cerca del municipio costero de Manatí, María dejó los árboles desnudos y los esparció como fósforos.

“Parecía un monstruo”, recuerda Valentín.

La comunidad continúa aislada.

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EN BUSCA DE CONEXIÓN

Ricardo Castellanos hace dos visitas diarias a un lugar con internet abierto en San Juan, uno de los pocos lugares en estos días donde los puertorriqueños todavía pueden conectarse y comunicarse con parientes en la isla y el extranjero.

Castellanos intenta contactarse con sus dos hijas en el pueblo central de Gurabo y también envió algunas fotos a amigos de la devastación causada por María.

La comunicación se ha convertido en un recurso tan valioso como la luz y el agua. Algunos puertorriqueños se detienen a la orilla de las autopistas en busca de señales más fuertes de internet. Otros, tanto en la isla como afuera, han llamado a estaciones locales de radio para dar nombres, números y direcciones de los seres queridos de los que aún no tienen noticias.

También hay enojo por lo que algunos llaman la falta de comunicación de proveedores de telefonía celular sobre qué torres están funcionando.

“No nos informan nada”, dijo Castellanos, asesor de negocios. “Estamos en estado de emergencia”.

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APROVECHANDO LA ADVERSIDAD

La economía de Puerto Rico se ha detenido casi por completo. Las filas aún son largas en un puñado de bancos que han abierto y en un número limitado de cajeros automáticos que aún tienen dinero. Muchas personas no pueden trabajar u operar sus comercios porque no hay luz o diésel para los generadores. Las tiendas casi nunca pueden procesar tarjetas de crédito o débito y sólo aceptan efectivo.

Pero como en cualquier crisis, hay algunos que están mejor que otros.

Elpidio Fernández, quien vende helado de coco y maracuyá en un carrito en San Juan, tiene un proveedor con un generador y dice que el comercio está al alza. Desde la tormenta, ha habido días en los que ha ganado 500 dólares.

“El negocio ha crecido como por mil”, dice Fernández, de 78 años, y agrega: “Aunque me va bien, no me siento bien porque sé que hay otras personas que sufren”.

Christian Mendoza dijo que el autolavado en donde trabaja está cerrado así que ha estado vendiendo agua embotellada, aunque no está refrigerada.

“El agua (estaba) caliente y aun así salió de no creerlo”, dijo.

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¿IRSE O QUEDARSE?

Con la economía en ruinas, hogares derruidos y escasez de alimentos, agua y otros servicios básicos, muchos puertorriqueños consideran irse. Pero otros no se imaginan la vida en otra parte.

Israel Molina, de 68 años y propietario del Israel Mini Market en San Juan, dijo que tiene la tienda desde hace 26 años. La compró y la reconstruyó luego del huracán Hugo en 1989.

Partes del techo salieron volando, pero Molina quiere quedarse.

“Soy de aquí. Creo que debemos enfrentarnos a la tarea. Si se van todos, ¿qué haremos? Con todos los pros y contras, me quedaré aquí”, dijo el viernes.

Después de una pausa, añadió: “Quizá mañana tenga una respuesta diferente”.

Cerca de ahí, la copropietaria de un salón de belleza, Diana Jáquez, valoró el daño con ayuda de su esposo mientras los niños jugaban.

“Todavía no me decido”, respondió a la pregunta de si se quedaría.

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