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Los residuos estadounidenses de la Guerra Química

Bajo las copas de los álamos y los robles, un equipo de geofísicos inspeccionaba el suelo del bosque en busca de reliquias bélicas de hace un siglo. Colocaron un detector electromagnético sobre la hojarasca mientras el delicado instrumento recolectaba datos acerca de los objetos que se encontraban en la tierra bajo sus pies.

En 1918, las granadas de mortero y los proyectiles de artillería se dirigían a esta área cercana al embalse Dalecarlia, uno de los suministros principales de agua para la capital de la nación. Sin embargo, aquí no peleaban los ejércitos y los soldados tampoco cargaban el terraplén. En cambio, los proyectiles se lanzaban desde el campus de investigación del periodo de guerra de la American University, donde los científicos desarrollaban armas químicas, explosivos, bombas y máscaras antigás para su uso en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial.

En el centenario del fin de la guerra, el equipo que trabajaba en el bosque fue un recordatorio de que la Gran Guerra tuvo otro nombre: la Guerra Química, un sobrenombre que refleja el papel fundamental que la ciencia desempeñó en el conflicto. Alex Zahl, gestor de proyectos para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos y un autoproclamado aficionado a la Primera Guerra Mundial, reflexionó sobre la tecnología de avanzada que estaban utilizando para detectar los vestigios de experimentos que datan de 1918.

“Hace cien años estaban utilizando tecnología de última generación para desarrollar armas químicas”, dijo Zahl, de 62 años, dentro del remolque con aire acondicionado que sirve de sede para el proyecto de limpieza. “Esa era tecnología de punta en ese entonces, y henos aquí, cien años más tarde, usando las herramientas más recientes para recuperar el material que dejaron atrás”.

La Primera Guerra Mundial, que terminó con el armisticio el 11 de noviembre de 1918, es tristemente famosa por las horrendas condiciones de sus campos de batalla, sus enfrentamientos extenuantes y sangrientos —las batallas del Somme, Verdún, Ypres, entre otras— y la masacre humana que causaron. Unos 8.5 millones de soldados fueron asesinados y 21 millones más quedaron heridos.

El papel de la ciencia no es tan recordado. La guerra aceleró el progreso tecnológico con la óptica, la radio y el radar rudimentario. El cañón de ataque más grande de los alemanes, el temido Cañón de París, lanzaba a la estratósfera proyectiles gigantescos que regresaban a la Tierra para sacudir la capital francesa, ubicada a 120 kilómetros de distancia. Los ágiles submarinos alemanes acechaban bajo las olas. La aviación, incipiente al inicio de la guerra, floreció con estruendo para las etapas finales. El inventor Thomas Edison utilizó su destreza científica para ayudar a la armada estadounidense.

Incluso antes de que Estados Unidos entrara a la guerra, la Academia Nacional de Ciencias se anticipó a la necesidad de una colaboración entre científicos, universidades, industrias y la milicia. El presidente Woodrow Wilson estableció el Consejo Nacional de Investigación en 1916 y, después de que firmó la declaración de guerra el 6 de abril de 1917, el secretario de Asuntos Exteriores de la Academia Nacional, George E. Hale, envió un telegrama a sus homólogos en el Reino Unido, Francia, Italia y Rusia: “La entrada de Estados Unidos a la guerra unifica a nuestros hombres de ciencia con los suyos para una causa común”.

Los científicos estadounidenses se sumergieron en el esfuerzo bélico. A pesar de que pocos son personajes famosos hoy en día, los mejores físicos, químicos e ingenieros de la época se ofrecieron como voluntarios. Muchos de los que venían de universidades prestigiosas eran conocidos como “los hombres de un dólar al año”, pues les pagaban un sueldo simbólico por su labor.

“El ejército tenía muchos problemas que resolver y no podía hacerlo sin ayuda”, comentó Daniel J. Kevles, profesor emérito de Historia en Yale y autor de The Physicists.

En muchos aspectos, el Servicio de Guerra Química de Estados Unidos fue la personificación de esos esfuerzos. El programa de guerra química de Alemania fue idea de sus químicos más respetados; los estadounidenses no estaban bien preparados. Al entrar a la lucha dos años después de que Alemania había detonado la carrera de armas químicas con un inesperado ataque con gas en Flandes, Bélgica, el ejército estadounidense no tenía máscaras antigás ni equipo de protección; tampoco tenían la capacidad de producir ni desplegar armas químicas. Los médicos no tenían experiencia para tratar a soldados gaseados o con quemaduras por químicos. Además, tenían poco tiempo para actualizarse.

Con el fin de corregir esas deficiencias, el Departamento de Guerra montó un laboratorio llamado la Estación Experimental de la American University. Al principio se creó dentro del ámbito de la Oficina de Minas, administrada por civiles, y contaba solamente con un edificio y menos de cien investigadores.

Para cuando la guerra estaba por terminar, casi dos mil soldados y civiles trabajaban en el campus, al cual los soldados llamaban Monte Mostaza por el agente vesicante denominado gas mostaza. El ejército arrendó algunas tierras de cultivo cercanas para usarlas como campos de prueba, y los soldados apodaron a una parte del terreno como el Valle de la Muerte. El servicio contaba con laboratorios estacionarios y puestos de avanzada en otros campus y fábricas de todo el país, un esfuerzo que algunos historiadores comparan con el Proyecto Manhattan de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando acabó la guerra, los científicos revelaron que habían desarrollado una nueva arma llamada lewisita, un agente vesicante a base de arsénico elaborado en las afueras de Cleveland en una fábrica ultrasecreta apodada La Ratonera, debido a su muy complejo sistema de seguridad. Aunque nunca fue utilizado, estaba planeado que el “gas supervenenoso” se dejara caer sobre los alemanes en 1919 si la guerra no había terminado para entonces, según señalan los informes.

“A pesar de que tuvieron muchos aciertos imperfectos, yo diría que el ascenso de la guerra química dentro de la milicia estadounidense durante la Primera Guerra Mundial es inigualable”, opinó el historiador Thomas I. Faith, autor de un libro de 2014 acerca de la guerra química, Behind the Gas Mask.

Después del fin de la guerra, la estación experimental volvió a ser de la American University. A lo largo de varias décadas, desarrolladores convirtieron los terrenos circundantes en vecindarios residenciales prósperos y transformaron el Valle de la Muerte en Spring Valley (el Valle de la Primavera), en la región norte del distrito de Columbia. El legado de la Primera Guerra Mundial en gran medida quedó en el olvido hasta 1993, cuando un grupo de constructores desenterró un alijo de morteros, lo cual desencadenó un estado de emergencia, evacuaciones y un profundo proceso de limpieza. En total, se encontraron 141 municiones en ese sitio.

Varios años después, el Cuerpo de Ingenieros reabrió su estudio del área, tras admitir que habían frenado la limpieza de manera prematura. La contaminación y los residuos resultaron ser más de lo que se había pensado en un principio, lo cual provocó las protestas de los residentes y obligó al ejército estadounidense a comprometerse con una mayor transparencia y participación comunitaria.

El cuerpo militar ha sido una presencia casi constante en Spring Valley desde entonces. Se han acarreado cientos de municiones, la mayoría encontrada en unos cuantos pozos de sepultura. El arsénico ha sido el contaminante químico más diseminado, el ejército ha sacado miles de toneladas de tierra contaminada y las ha remplazado con una capa limpia superior. El gas mostaza, la lewisita y otros compuestos químicos de la guerra —al igual que los restos de los componentes químicos que permanecieron tras la descomposición de las sustancias utilizadas en la guerra— también han sido detectados y removidos.

En la etapa más reciente del proyecto de limpieza, el ejército ha empezado a examinar el suelo de casi 91 propiedades debajo del cono de alcance de la artillería. El escaneo cerca del embalse estaba en sus primeras etapas, con el uso de una nueva tecnología que identifica objetos enterrados de metal y compara sus perfiles digitales contra una base de datos de municiones militares, tales como granadas de mortero o cartuchos de artillería de 75 milímetros. Si se determina que el objeto es un “residuo cultural” inofensivo según la jerga militar: una lata de refresco desechada, por ejemplo, entonces no la extraerán.

“Vamos a dejar en los terrenos los artículos que este equipo identifique como residuos culturales sin relación alguna con las actividades de la Primera Guerra Mundial”, explicó Zahl.