Machete, origami y lectura: la vida cotidiana en San Juan después de María

De día, Alejandro Araujo arma rompecabezas. De noche, duerme en una hamaca en el patio con un machete al lado. Después de haber limpiado la calle de las ramas y escombros que dejó el huracán María, la vida cotidiana de la clase media en las afueras de San Juan transcurre entre el miedo y la espera.

Hace diez días, el huracán María arrasó Puerto Rico y dejó la isla incomunicada y sin electricidad en un ambiente de destrucción masiva. En el área metropolitana, los residentes pasan los días haciendo cola para comprar hielo, combustible, agua, alimentos.

En algunas zonas donde hay señal celular, bien puede ser en medio de una carretera, se ven enjambres de residentes con los teléfonos al aire. Muchos no han bebido algo frío en diez días. El calor es aplastante. Los que salen a trabajar, lo hacen mayormente porque sus comercios tienen generadores.

Los demás tienen que tener paciencia. En un sector de clase media en Guaynabo, en las afueras de San Juan, los Araujo -Alejandro, Juana y su hijo Xavier- sólo esperan que la vida vuelva a la normalidad.

Se enteran de lo que ocurre a través de noticias contradictorias que escuchan en la radio y del boca a boca entre los vecinos; caminan en lugar de manejar para ahorrar gasolina y se sienten vulnerables por los saqueos que se reportaron en la isla apenas pasó el huracán la madrugada del 20 de septiembre.

“Por precaución duermo afuera con el perro y con un machete en mano, porque prefiero tener algo en mano que sentirme indefenso”, cuenta Alejandro Araujo, un experto informático de 53 años, en el patio de su casa.

Sin electricidad no funcionan las alarmas y los vecinos se organizaron para hacer sonar la bocina de su auto si ven a alguien extraño rondando el vecindario.

“Obviamente la policía está bien ocupada en una cantidad de cosas, ha disminuido la vigilancia y ha aumentado el nivel de gente queriendo aprovecharse de la situación”, dice Alejandro.

Las autoridades no han actualizado el número de arrestos después de pasado el huracán, aunque comerciantes a lo largo de toda la isla han denunciado a la prensa haber padecido saqueos, sobre todo inmediatamente después de la tormenta.

Las estaciones de combustible, antecedidas por filas kilométricas de coches o de personas que andan a pie con bidones, están resguardadas por policías o por guardias privados armados.

Hurricane Maria Reporters Notebook

Personas afectadas por el paso del huracán María esperan en línea en el Barrio Obrero para recibir suministros de la Guardia Nacional, en San Juan, Puerto Rico.

Carlos Giusti AP

“La gente está desesperándose. Yo no le tengo miedo a nadie pero sí hay otra gente que no está saliendo de sus casas por el miedo que los asalten, los roben, que les hagan daño”, dice Brian Lafuente, el encargado de una gasolinera Puma en San Juan.

El jueves, el gobernador Ricardo Rosselló estableció por orden ejecutiva un “cuerpo de oficiales de paz” para “asistir a las fuerzas de orden público estatales” y “proteger las propiedades, la salud y la seguridad de todos nuestros ciudadanos”.

Este cuerpo de paz se compone de oficiales federales que dan apoyo a los agentes locales de seguridad pública, aunque no se especificó cuál sería su número.

En cualquier caso, en el área metropolitana, los residentes dicen que no hay suficientes policías.

Para los Araujo, esta sensación de vulnerabilidad se suma a un estado de letargo. Ella es psicóloga y profesora universitaria; él depende de internet para trabajar. Ninguno tiene nada qué hacer.

“Esta situación me ha hecho idear proyectos. Por ejemplo tejer un suéter, empecé a bordar, a hacer cosas que para mí eran importantes como para justamente intentar drenar la angustia del día a día”, dice Juana, de 59 años.

Sin internet, electricidad, teléfono ni televisión, la vida cotidiana está afectada en las cosas más pequeñas.

Por ejemplo, los Araujo ahora se acuestan a dormir hacia las nueve de la noche. Pasan las tardes charlando con los vecinos. Alejandro está armando un rompecabezas, Juana borda una cortina y Xavier, de 16 años, se pasa el día haciendo figuras de origami. Y leen.

“Tenemos que comer, tenemos un techo, no nos pasó nada, somos privilegiados en eso”, dice Juana. Pero el huracán no se fue sin dejar huellas. “Yo me sentí el ser más insignifcante del Universo. Me sentí mínima. Microscópica”.

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