No regalarás un dron español al primer ministro ruso

No fue una buena idea. Los investigadores del Instituto Volcani habían tardado más de dos años en obtener los permisos para importar en 2015 dos pequeños autogiros del modelo Sniper de la compañía madrileña, que diseña aparatos no tripulados que pueden desarrollar misiones militares ISTAR (siglas en inglés para Inteligencia, Vigilancia, Fijación de Objetivos y Reconocimiento). Pensaron que se trataba de un malentendido. Esos drones eran las niñas de sus ojos. Cada uno cuesta cerca de 50.000 euros, y habían sido equipados con mimo para indagar sobre nuevos programas agrícolas. La decisión del ministro era, empero, inapelable. Dos funcionarios de la Embajada de Rusia en Tel Aviv se presentaron al día siguiente a recoger el regalo de Medvédev.

El espontáneo gesto de Ariel para agasajar al número dos del Kremlin ha desatado un temporal de críticas en Israel. Ni siguió los procedimientos administrativos sobre los bienes de titularidad pública, ni tuvo en consideración los intereses de la defensa nacional al entregar el dron con el número de serie y la licencia de vuelo en vigor de la Autoridad de Navegación Aérea. El helicóptero teledirigido estaba dotado con una cámara de infrarrojos de la compañía estadounidense FLIR, que también fabrica productos para uso militar y civil que requieren autorización del Departamento de Comercio para su exportación, según reveló el Jerusalem Post. “Tampoco parece probable que la entrega del dron haya contado con una licencia de exportación española o israelí para su trasferencia a Rusia, que está sometida a sanciones internacionales tras la anexión de Crimea”, apuntó el mismo periódico. Washington ya amonestó a Israel en 2005 por vender a China aviones no tripulados con componentes estadounidenses.

El Ministerio de Agricultura se ha apresurado ahora a desmentir que el regalo del dron haya implicado “un peligro para la seguridad” del país, y ha precisado que la cámara con lentes térmicas estadounidense había sido desmontada antes de que la Embajada rusa recogiera el aparato. “La cesión se llevó a cabo tras ser aprobada por los responsables adecuados”, intentó el organismo zanjar la polémica en un comunicado oficial. La prensa israelí no creyó ni una palabra y siguió husmeando en el escándalo. Los científicos del Instituto Volcani habían entregado el helicóptero Sniper (francotirador, en español) sin los dispositivos de control remoto, lo que llevó a sospechar que incorporaban tecnología secreta no transferible. Pero los investigadores no cedieron los mandos por una sencilla razón: la empresa española que los fabrica los suministra con un sistema de control conjunto para ambos helicópteros teledirigidos. “Si los entregamos, tenemos que dejar en tierra el segundo dron”, reconoció al Yedioth Ahronot su portavoz, Moshe Reuveni.

“No parece probable que la entrega del dron haya contado con licencia de exportación española para su transferencia a Rusia, sometida a sanciones internacionales tras la anexión de Crimea”, apunta el ‘Jerusalem Post’

La oposición no ha vacilado en pedir la cabeza del titular de Agricultura al que imputa la “cesión tecnologías sensibles” a terceros países. Ariel era más conocido hasta ahora por ser el centro de las críticas de la izquierda israelí, que le acusa de favorecer descaradamente a los colonos de los asentamientos, y de las invectivas de los dirigentes palestinos, que ponen el grito en el cielo a cada una de sus polémicas visitas a la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén. Es cierto también que las relaciones laborales no eran muy buenas en el Instituto Volcani en los últimos tiempos, tras haber sido aprobado por el ministro el traslado de sus instalaciones desde las proximidades de Tel Aviv a su nueva sede en el norte de Israel. Ariel ha prometido a los investigadores que les comprará otro dron a la mayor brevedad.

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