Tiene 60 años y es el más joven del pueblo: el huracán María podría acelerar el envejecimiento de Puerto Rico

Unas semanas después de que el huracán María inundara el pequeño poblado Media Luna, al norte de Puerto Rico, Alberto Cabrera se encontraba sacando barro y escombros de la casa de un vecino.

A sus 60 años, Cabrera dice que tiene una obligación de ayudar a los que están cerca: él es el más joven del pueblo.

Aún antes de que esta monstruosa tormenta azotara la isla de 3.4 millones de personas, Puerto Rico estaba envejeciendo a pasos agigantados. La recesión que lleva una década y el 10 por ciento de desempleo ha forzado a muchos jóvenes a abandonar la isla para encontrar trabajo en el continente.

Según un estudio publicado en el 2016 por el gobierno de Puerto Rico, el 23.3 por ciento de la población es mayor de 60 años, un porcentaje más alto que cualquier país del Caribe o de Latinoamérica, excepto por las Islas Vírgenes de EEUU, que es un lugar de retiro.

Mientras el total de la población en Puerto Rico se redujo en 200,000 personas entre el 2010 y el 2014, la población mayor de 60 años subió a 250,000, según la oficina del Censo de EEUU.

Y esa tendencia puede que se acelere después del paso de María.

Hunter College’s Center for Puerto Rican Studies estima que la isla perderá un 14 por ciento de su población entre el 2017 y el 2019. Eso significa que 470,335 residentes se van a ir, la mayoría de ellos en edades productivas. Se espera que muchos de ellos se muden a la Florida.

“En otras palabras, Puerto Rico va a perder la misma población en un par de años después de María que la que perdió durante la década anterior debido al estancamiento económico”, explicaron los investigadores de Hunter College. “Nuestras proyecciones señalan a Florida como el estado que va a ser más afectado por este éxodo –con un flujo anual estimado entre 40,000 y 82,000 personas”.

Eso significa que las personas mayores en la isla van a tener que vérselas por sí mismos.

Más de un mes después de María, muchos de estos residentes mayores de edad en Puerto Rico se encuentra física y económicamente desamparados, dijo José Acarón, director en Puerto Rico para la ARRP, anteriormente la Asociación de Personas Retiradas.

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Aurea González, de 62 años, inspecciona los daños a su casa en Media Luna, Puerto Rico, luego del paso del huracán María. La persona más joven en el pueblo tiene 60 años.

Jim Wyss Miami Herald

Cerca de tres cuartas partes de la isla sigue sin electricidad, lo que ha creado otra nueva serie de obstáculos.

Los bancos y los cajeros automáticos (ATM) están fuera de servicio, por lo que las personas no pueden acceder a su dinero del Seguro Social. La falta de semáforos en funcionamiento ha convertido las carreteras en una pesadilla que intimida hasta los conductores más diestros. Y luego están aquellas personas atrapadas en apartamentos con elevadores fuera de servicio y que no pueden subir o bajar escaleras.

“Si hay algo positivo de este huracán es que ha levantado la cortina y ha dejado ver cuán desamparada la población envejeciente realmente es”, dijo Acarón. “Un huracán tiene tantas ramificaciones en las que realmente nadie piensa”.

Esta semana ARRP comenzó a llevar alimentos a entre 6,000 y 7,000 personas mayores que están varados en 18 comunidades. Pero el programa solo tiene fondos para un mes.

Uno de los retos para llegar a estas personas es que solo un 2 por ciento vive en facilidades para envejecientes o comunidades de retirados. La gran mayoría vive a través de toda la isla dependiendo de familiares o amigos.

Media Luna es un ejemplo de ello.

Mientras Cabrera ayudaba a limpiar la casa de su vecino, de 93 años, su esposa, Aurea González, de 62 años, era la cuidadora no oficial de su vecino de 66 años quien perdió todos sus medicamentos para la presión alta en la inundación y tenía dificultad para caminar.

Aurea dijo que miembros de la comunidad –compuesta de apenas 20 casas en una región rural de Toa Baja–tienen que cuidarse unos a otros porque todos los jóvenes se han ido de allí en busca de trabajo. Ella tiene a sus hijos en Orlando y Texas.

“Los jóvenes están emigrando”, dijo ella. “Nosotros los viejos no hablamos inglés y algunos ni siquiera sabemos escribir. No habría trabajo para nosotros, no habría nada allá afuera”.

Lenta recuperación

No se sabe cuánto le tomará a la infraestructura de Puerto Rico estar lista para la población envejeciente.

Edgardo García es el propietario de Centro de Cuidados para Envejecientes en Gurabo, en la parte este de la isla, y en el que residían 102 personas. El día antes de que llegara el huracán, García estaba ansioso y preocupado y muchos le dijeron que estaba exagerando. Movió a 32 de los pacientes que consideró más frágiles a un albergue municipal y envió el resto a casas de familiares.

Fue una decisión inteligente. El Centro se inundó con cuatro pies de agua, parte del techo se desprendió y una pared se cayó.

“Salvamos a 102 personas mayores”, dijo García. “Hubiera sido una catástrofe y yo probablemente estaría en la cárcel. Pero gracias a Dios fuimos proactivos”.

Durante las semanas siguientes fue moviendo a los evacuados de un albergue a otro, pero la falta total de comunicaciones en la isla significó que no estaban recibiendo los suministros que necesitaban. Eventualmente tuvo que enviar a algunos de sus clientes a otros centros que no estaban afectados.

García está tratando de reconstruir pero dice que ha sido un camino cuesta arriba conseguir materiales de construcción. También está tratando de recaudar dinero para comprar paneles solares y baterías porque es posible que el municipio tarde más de un año en restablecer la electricidad en la región.

Lo que tal vez sea aún más difícil de reparar es el ecosistema de proveedores de servicios –farmacéuticos, enfermeras, terapeutas físicos y del habla– de los que depende la población que envejece. Muchos de esos profesionales, dijo, van a estar tentados de irse a los Estados Unidos.

De vuelta a Media Luna, Cabrera dice que sus hijos han tratado de que se mude a Estados Unidos pero él dice que no va a dejar el pueblo en el que su familia ha vivido por tres generaciones.

Cuando un grupo de jóvenes pasó por el pueblo para evaluar los daños, Cabrera les gritó: “¡Necesitamos gente! ¡Necesitamos sus brazos!”

El carro no se detuvo.

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