Un mes después de María, Puerto Rico sufre las consecuencias de una respuesta lenta al desastre

Antes que el huracán María arrasara el resto de la isla, pasó por la casa del alcalde Jorge Márquez.

La tormenta destrozó las improvisadas contraventanas plásticas, estremeció las ventanas y provocó que la familia, incluidos los nietos, presa del pánico, se resguardara en el baño. Durante cuatro horas, mientras los vientos más fuertes de María azotaban esta localidad montañosa en el sureste de Puerto Rico, Márquez evitó que el viento entrara en la casa empujando la mesa del comedor contra la puerta de entrada.

Al final, cuando las ráfagas amainaron, salió afuera para echar un vistazo a los daños en el poblado que ha dirigido durante casi dos décadas. Había techos destrozados en el suelo, las ramas que el viento arrancó de los árboles cercenaron líneas eléctricas. El hospital de la localidad quedó hecho añicos, al igual que la funeraria.

Márquez lloró.

La parte fácil de la tormenta había terminado. Ahora empezaba la agonía real.

“Todo lo que construimos a lo largo de 16 años quedó destruido en un solo día”, dijo Márquez el martes, haciendo una pausa para contener las lágrimas.

Ya ha transcurrido un mes desde que María arrasó en Puerto Rico, y la isla sigue funcionando en modalidad de emergencia, batallando incluso con las cosas básicas: salvar vidas, proteger propiedades, entregar agua potable, restablecer el servicio eléctrico. El tiempo transcurre en medio de la neblina del desastre permanente, una catástrofe debido a la peor tormenta que haya azotado a Puerto Rico en 85 años, y medio de la lentitud de la recuperación a cargo de los gobiernos federal, estatal y locales.

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Jorge Márquez, el alcalde de Maunabo, Puerto Rico, uno de los primeros lugares afectados por el huracán María en la isla

Omaya Sosa Pascual Centro de Periodismo Investigativo

La culpa de la mala respuesta, concluyeron el Miami Herald y el Centro de Periodismo Investigativo de Puerto Rico, está en las burocracias que no estaban preparadas para el colapso del sistema de comunicaciones y quedaron abrumadas por los retos logísticos de ofrecer asistencia en una isla donde no quedó un lugar sin daños. Incluso la Casa Blanca pareció indiferente a las necesidades de los 3.4 millones de ciudadanos estadounidenses que viven a mil millas del territorio continental.

Pero por encima de todo, un sistema financiero abrumado que ha provocado en la isla un bajón económico considerable mucho antes que llegaran los vientos de María dejaron al gobierno estatal imposibilitado de dar mantenimiento a su red eléctrica o financiar los preparativos adecuados para un huracán tan poderosos, y muchos menos pagar el tipo de recuperación que se exigiría en el territorio continental de Estados Unidos.

Un total de 48 personas fallecieron a causa de la tormenta, aunque probablemente haya más fallecidos.

Todavía queda mucho que conocer de las fallas en la recuperación, pero especialistas en manejo de desastres ya saben que la tormenta —que ha exigido que la FEMA distribuya más alimentos y agua que en cualquier otro desastre— los obligará a repensar cómo responder a un caso extremo al que los planes ordinarios no podían responder debidamente para hacer frente a la falla total y sistémica que siguió al paso del huracán.

“Si la respuesta hubiera sido perfecta, de todas maneras hubiera habido grandes sufrimientos y destrucción, porque el huracán fue muy fuerte”, dijo el senador federal Marco Rubio, republicano por Florida, quien presionó desde el primer momento por una mayor participación de las fuerzas armadas en las labores de recuperación. “Pero creo que se perdieron algunos días”

CADENA DE CALAMIDADES

La llamada urgente al gobernador Ricardo Rosselló, quien no tenía señal en su teléfono móvil, llegó pocas horas después que los vientos más fuertes de María amainaron ese 20 de septiembre. Carlos Mercader, director ejecutivo de la oficina federal del gobierno de Puerto Rico en Washington, logró comunicarse por una línea terrestre en la mansión del gobernador en el Viejo San Juan.

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Ricardo Rosselló, gobernador de Puerto Rico.

José A. Iglesias [email protected]

Mercader tenía noticias para el gobernador, recibidas de un amigo a través de un mensaje por WhatsApp: las aguas estaban subiendo rápido en Levittown, un suburbio al oeste de San Juan, y la gente se estaba subiendo a las azoteas. El secretario de prensa del gobernador verificó en los medios sociales y vio a un reportero local que acababa de publicar un mensaje similar sobre las inundaciones, a una docena de millas de distancia.

El gobernador salió a la carrera con cuadrillas de rescate y linieros con camiones especiales.

“Estuvimos allí hasta las primeras horas de la madrugada”, dijo Rosselló al Herald y al Centro de Periodismo Investigativo (CPI) en una entrevista, recordando la primera de varias calamidades que comenzaron a amontonarse: una ruptura en la Represa Guajataca. Un apagón que afectaba al 70 por ciento de los 69 hospitales de la isla. Escasez de combustible. El cierre de puertos y aeropuertos durante tres días.

“Esta es una situación fluida que, si no se atiende, pudiera empeorar”, dijo el gobernador, de 38 años quien asumió el cargo en enero, después de casi cuatro semanas de una crisis que no acaba.

El jefe de Seguridad Pública de Rosselló, Héctor Pesquera, no había podido salir de su casa porque su calle estaba llena de árboles caídos. Pesquera, ex jefe de la oficina del FBI en Miami, dijo que agarró su maletín y salió caminando con una linterna en la boca, esquivando ramas que colgaban de los árboles.

El centro de operaciones de emergencia en Caguas, al sur de San Juan, se había inundado y quedó inutilizable, dijo Pesquera. Logró comunicarse por teléfono con un policía que podía llevarlo al Centro de Convenciones de San Juan, que de inmediato se convirtió en el puesto de mando del gobierno. El viaje al centro, que por lo general demora 10 minutos, les llevó una hora.

Ricardo Ramos, jefe ejecutivo de la Autoridad de Energía Eléctrica de Puerto Rico (PREPA), fue testigo desde la sede de la agencia en Miramar cómo María dejaba a oscuras a toda la isla. Entonces fallaron los servidores informáticos de la empresa, lo que dejó en la oscuridad a la persona encargada de mantener las luces encendidas.

“No tenía Word, ni correo electrónico, ni Excel ni nada”, dijo. “Nuestros generadores de emergencia fallaron. En las oficinas de los técnicos se perdieron las computadoras y se inundaron. Esas oficinas están ahora llenas de ratones”.

Una planta generadora de la PREPA en la ciudad occidental de Arecibo, cerca de donde el ojo de María salió de la isla, que inundada a tal grado que los empleados tuvieron que subirse a la chimenea para salvarse, dijo. Después de la tormenta, Ramos envió un helicóptero a que sobrevolara otras instalaciones afectadas, tratando de identificar a trabajadores que se hubieran salvado.

Alejandro de la Campa, jefe de la FEMA en Puerto Rico, estaba en un almacén de Caguas junto a unos 300 trabajadores de la agencia que todavía estaban en la isla en respuesta al huracán Irma. El almacén recibió nuevas provisiones que la FEMA entregaba para almacenar antes de cualquier tormenta, sin importar la envergadura: unos 700,000 litros de agua y medio millón de porciones de alimentos.

Pero no alcanzó para nada y en dos días se acabaron.

Puerto Rico nunca había necesitado tan cantidad de suministros de emergencia. En el almacén no cabe mucho más, dijo De La Campa al Herald/CPI, reconociendo que un edificio más grande, quizás dos veces más grande, pudiera ser necesario ahora.

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Alejandro De La Campa, jefe de la Administración Federal de Manejo de Emergencias en Puerto Rico.

José A. Iglesias [email protected]

La única razón por la que el huracán Irma, que había pasado por la isla dos semanas antes, no había acabado con los suministros, explicó, fue porque la tormenta no tocó directamente a la isla y afectó en lo fundamental la costa norte de la isla, lo que significaba que las municipalidades del sur podían ayudar a sus vecinos sin tener que usar todas las provisiones federales.

Pero María afectó a las 78 municipalidades de la isla y dejó al gobierno sin un oasis de calma desde donde enviar suministros.

‘QUE ME DIGAN PARANOICO’

Puerto Rico abrió 500 albergues de emergencia antes de la llegada de María, una cifra récord que no atrajo a muchos evacuados hasta que las lluvias comenzaron a caer con fuerza y la gente pareció aceptar que la tormenta era tan fuerte como se había pronosticado. Después, los evacuados siguieron buscando refugio, en cierto momento llegaron a ser 15,000.

“Que me digan paranoico”, dijo Rosselló. “Yo preví que esto podía suceder, y siete días antes del huracán comenzamos a trabajar en eso”.

Pero los esfuerzos del gobernador quedaron limitados por la falta de dinero: el gobierno tenía que pagar todos los gastos incurridos antes que la Casa Blanca aprobara el 20 de septiembre la declaración de desastre, $72 millones en deuda y bajo el control de una junta fiscalizadora federal local.

Haber pedido ayuda a otros estados antes de la llegada de María, lo que podría haber coordinado más recursos para Puerto Rico con más rapidez, hubiera sido una tarea costosa sin saber los daños que la tormenta causaría.

En comparación, seis días antes que Irma tocara la Florida, el estado presentó su primera solicitud a través del Acuerdo de Ayuda Mutua para Emergencias disponible a los estados y territorios. Al final, la Florida hizo 99 solicitudes antes que Irma llegara.

Cantidad de solicitudes de Puerto Rico antes de la llegada de María: Cero.

La empresa eléctrica PREPA, que está en bancarrota con $9,000 millones den deuda y trabada en una batalla jurídica con los tenedores de sus bonos de deuda, también pudiera haber solicitado asistencia después del paso de María a través de la Asociación de Empresas Eléctricas Públicas de Estados Unidos, una red de asistencia mutua de unas 1,100 empresas de servicios públicos, como hicieron Texas y Florida después de los huracanes Harvey e Irma. Esa es la razón por la que, el menos en parte, 10 días después de Irma, las empresas de servicios públicos de la Florida restauraron el 98 por ciento del servicio eléctrico a los 6.7 millones de clientes que habían quedado a oscuras.

Pero la PREPA no aprovechó esa red de asistencia.

En su lugar, Ramos decidió contratar a una de dos compañías que habían respondido a la solicitud de propuestas por parte de la PREPA para una restauración mucho menor después del paso de Irma, pero que todavía no estaba contratada: Whitefish Energy Holdings, una pequeña y poco conocida firma de Montana establecida hace solamente dos años.

El otro licitante, que Ramos declinó identificar, había exigido una garantía de $25 millones pagadera de inmediato, dijo Ramos. En el fondo de emergencia de la PREPA sólo había $100 millones, que Ramos temía se iban a gastar rápido si contrataba a otra empresa de servicios públicos para que ayudara con las reparaciones.

La PREPA “no tiene el dinero para cubrir todos los gastos”, dijo Ramos. “Hubiera tenido que pagar primero y después solicitar reembolsos. Es un problema de flujo de efectivo”

La Autoridad de Electricidad de Nueva York envió cuadrillas al día siguiente del paso de la tormenta después que Puerto Rico solicitó asistencia directamente. Whitefish contrató posteriormente a la empresas de servicios públicos JEA, de Jacksonville, y a la Autoridad de Servicios Públicos de Kissimmee para que enviara trabajadores adicionales.

La PREPA también contrató a 60 contratistas locales, dijo Ramos, pero todavía no tenía suficientes trabajadores o camiones, ni tampoco podía recibir más por el momento: el gobierno no tenía combustible para los camiones ni alimentos o albergue para las cuadrillas.

Era harto conocido que la red eléctrica de Puerto Rico estaba en un estado precario. El 70 por ciento de los clientes de la PREPA se quedaron sin servicio durante Irma, aunque casi el 97 por ciento del servicio se había restaurado para cuando María llegó dos semanas después. Pero los equipos más nuevos del sistema son de los años 1970, dijo Ramos, y buena parte data de los años 1950 y 1960, aunque debían tener una vida útil de 30 años. Durante los últimos tres años, la empresa ha pedido más de dos terceras partes de sus trabajadores, unas 2,500 personas, dijo Ramos, a medida que las medidas de austeridad pública obligaron a la PREPA a reducir los beneficios.

La fragilidad de la red queda en evidencia ante la cifra cambiante de puertorriqueños que tienen electricidad. El domingo pasado, una subestación de San Juan quedó fuera de servicio temporalmente, lo que interrumpió el servicio que ya se había restaurado al principal hospital de la capital.

Un mes después de María, 81 por ciento de los clientes de la PREPA siguen sin electricidad.

APAGÓN DE COMUNICACIONES

La respuesta inicial se centró en salvar vidas. La FEMA colocó 16 equipos de rescate urbano. Pesquera despachó policías, bomberos y paramédicos a medida que llegaban llamados personales de auxilio ante las inundaciones, deslaves y lesiones. En Cataño, Toa Baja, Canóvanas. Ramos, el jefe de la PREPA, ordenó a sus cuadrillas que ayudaran a la gente antes de reparar la red eléctrica.

Nadie en el gobierno tenía una visión completa de la compleja situación. Antes de solicitar asistencia federal, los estados dependen por lo general de los gobiernos locales para reportar los daños. Pero en Puerto Rico la mayoría de los alcaldes sólo tenían walkie-talkies —y algunos equipos de radioaficionados— para comunicarse.

Durante las primeras 24 horas, las lluvias de María no pararon y nadie podía volar sobre la isla para determinar la magnitud de los daños.

La mañana siguiente después que el huracán tocó tierra, cuando la Guardia Nacional finalmente llegó a un hangar de San Juan a buscar un helicóptero, encontraron que el ciclón se lo había llevado, dijo el brigadier general Isabelo Rivera, jefe de la Guardia Nacional en la isla. Sus pilotos tuvieron que conducir durante horas por carreteras bloqueadas para llegar al lugar donde estaba otro helicóptero en la ciudad occidental de Aguadilla, que usaron para recoger al gobernador en San Juan.

“Quedé sorprendido cuando no pudieron tener acceso más rápido a los recursos que necesitaban para abordar el problema. Pensé que era una respuesta inadecuada”, dijo P.K. “Ken” Keen, el general de tres estrellas retirado que lideró la respuesta militar estadounidense al terremoto del 2010 en Haití.

El apagón de comunicaciones, agregó, fue parte de la razón. En Haití “el terremoto no destruyó las torres de comunicaciones celulares, algo afortunado. No se interrumpió el servicio eléctrico como en Puerto Rico, y las torres volvieron a la normalidad esa noche. Así que pudimos comenzar a usar nuestros teléfonos móviles, que fue el principal medio de comunicaciones”.

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Ricardo Garratón (centro), coronel del Ejército de Estados Unidos, y un grupo de miembros de la Fuerza Aérea, descargan suministros tras aterrizar junto al Observatorio de Arecibo en un helicóptero, para entregar insumos en un poblado aislado en Carso, Puerto Rico.

Pedro Portal [email protected]

En Puerto Rico, el gobierno designó mensajeros para ir en vehículos a lugares fuera de San Juan, para así mandar y recibir información en persona.

Se esperaba algún nivel de aislamiento: durante varios días antes de la llegada de María, Rosselló —siguiendo el consejo de FEMA que conocen todos los estadounidenses que viven en zonas de huracanes— advirtió a los ciudadanos que se prepararan para sobrevivir 72 horas sin ayuda de nadie.

“Cuando esto suceda no habrá electricidad”, dijo, pronosticando un “colapso general de las comunicaciones. Es posible que pasemos un tiempo considerable, al menos tres o cuatro días, sin electricidad”.

Qué tal, 5, o 6, o 29.

“Se nos acaba la paciencia”, dijo Alex de Jesús Maldonado, un hombre de 52 años y de Bayonne, Nueva Jersey, dos semanas después que María pasó por Utado, una localidad montañosa, donde estaba ayudando a su familia a encontrar agua. “Esto no es un país del Tercer Mundo en Sudamérica”.

De La Campa dijo que la FEMA podría tener que modificar sus directrices para recomendar que las personas en zonas de huracanes se preparen para no recibir asistencia durante al menos una semana.

“Tenemos que repensar muchas de las decisiones que tomamos”, dijo.

De La Campa, quien al final estuvo tres días viviendo en el almacén y regresó a su casa con su familia cinco días después, dijo que se dio cuenta de la fuerza de María solamente después que pasó la tormenta: salió una vez que cedieron los vientos más fuertes y se encontró con postes de hormigón, los más fuertes, en el suelo.

“Ahí fue cuando me di cuenta de lo catastrófico que fue”, dijo.

FIN DE SEMANA DE GOLF

Después de una emergencia, la cadena de mando coloca al gobernador de Puerto Rico al frente de una especie de triunvirato, con un funcionario federal de coordinación —De La Campa, nombrado por la FEMA en Washington— un funcionario estatal de coordinación , Abner Gómez, director ejecutivo de la Agencia de Manejo de Emergencias de Puerto Rico, nombrado por Rosselló.

Para el 30 de septiembre, Gómez sería oficialmente reemplazado por Pesquera, el jefe de Seguridad Pública que funcionó como segundo de Rosselló desde el primer día. Para el 11 de octubre, De La Campa sería reemplazado por Mike Byrne, llamado a funciones después de coordinar exitosamente los esfuerzos de recuperación de la FEMA tras el huracán Harvey.

La FEMA caracterizó en un comunicado de prensa el cambio a Byrne como una “ampliación” del equipo federal de dirección, una decisión planeada que liberó a De La Campa para que regresara a sus responsabilidades como director de la agencia para el Caribe. Algunos puertorriqueños frustrados, y algunos críticos de la FEMA dentro del gobierno de Rosselló, lo vieron como una admisión táctica de los problemas que el gobierno inicialmente la respuesta de la agencia.

El presidente Donald Trump, sobre la base de una solicitud que le hicieron Rosselló y De La Campa por teléfono, había firmado rápidamente la declaración de desastre para que la FEMA pudiera comenzar a enviar fondos. Pero la fórmula normal de compartir costos exige que el gobierno federal se haga cargo del 75 por ciento de los gastos, dejando a cargo de Puerto Rico cubrir el 25 por ciento restante.

En la Florida, ese 25 por ciento se divide a partes iguales entre el estado y los gobiernos locales. Pero en Puerto Rico, ni el estado ni las municipalidades podían hacer frente e esos gastos.

No esta claro si Washington se dio cuenta inmediatamente del nivel de ruina que provocó María en Puerto Rico. Fuentes federales insistieron en que la Casa Blanca participó de cerca en la respuesta. Pero Trump pasó el fin de semana jugando golf en Nueva Jersey y tuiteando sobre las protestas de los jugadores de la NFL cuando tocan el himno nacional, lo que desvió la atención de la mayor parte del público sobre la situación en Puerto Rico.

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Robert Rodríguez (izquierda) y José Méndez recogen agua que baja de la montaña junto a una carretera en el poblado de Utuado, Puerto Rico.

Pedro Portal [email protected]

Fueron el administrador de la FEMA, Brock Long, y Tom Bossert, asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, quienes parecieron activar finalmente la alarma en Washington el 25 de septiembre —cinco días después que María tocó tierra en Puerto Rico— después de una visita a la isla en la que sobrevolaron el territorio. También escucharon a líderes puertorriqueños criticar en privado la lentitud de la respuesta federal. En público, Rosselló advirtió de una “crisis humanitaria” que podía llevar a un “éxodo masivo”.

“Nos queda mucho por hacer”, reconoció Long en una conferencia de prensa de regreso en Washington. “Nos damos cuenta que María estuvo a 1 milla por hora de ser una tormenta de categoría 5, pero es la peor que ha pasado por Puerto Rico. Para nosotros ha sido una respuesta muy compleja desde el punto de vista logístico”.

El día siguiente, la Casa Blanca dio el paso extraordinario de enmendar la declaración de desastre para cubrir el 100 por ciento de los gastos de recuperación en Puerto Rico durante seis meses.

UNA GUARDIA NACIONAL PARALIZADA

La respuesta militar más inmediata llegó de la Guardia Nacional de Puerto Rico, que activó a sus 8,000 miembros. Pero solamente 4,500 pudieron reportarse.

Más de un millar trabajan como rescatistas civiles y no fueron convocados. Aproximadamente mil más se habían mudado a territorio continental de Estados Unidos, huyendo del desempleo en la isla. Otros perdieron propiedades en la tormenta y no pudieron llegar a sus bases, y se quedaron hasta que pudieron asegurar suministros para sus familias y se abrieran las carreteras al tráfico, dijo Rivera, el comandante de la Guardia Nacional.

“María nos trató a todos por igual”, dijo, agregando que demoró tres días en comunicarse con todos sus efectivos. Por lo menos 1,300 soldados de la Guardia Nacional de otros estados llegaron para ayudar.

Rivera, cuya antigua oficina fue dañada por María, se mudó a una habitación pequeña sin aire acondicionado en un hangar de la Guardia Nacional en San Juan. Podía trabajar desde el Centro de Convenciones, que sí estaba climatizado y quedaba al otro lado de la calle, pero prefiere ir al lugar solo una vez al día, para una reunión al amanecer con Rosselló y otros administradores clave.

Eso ha mantenido a Rivera alejado de la atención pública, a pesar de su alto cargo. Rivera atribuye su bajo perfil a su postura inicial de crítico en privado de la FEMA. La agencia alegó que tenía suministros pero no los podía enviar, mientras que Rivera insistió en que tenía soldados listos paro ninguna provisión que cargar.

Para fortalecer la asistencia militar, la Marina informó el 26 de septiembre que enviaría el USNS Comfort, un barco hospital, de Norfolk a San Juan, una travesía de cinco días que no podía iniciar de inmediato porque no estaba listo para zarpar.

Las autoridades federales habían discutido enviar más pronto el Comfort, unos tres días después de María, pero se echaron atrás. Una fuente atribuyó la demora a un error de comunicaciones con el gobierno de Rosselló. Otra fuente dijo que a Puerto Rico le preocupaba tener que pagar los costosos servicios del barco hospital. Pero los generadores que mantenían con electricidad los hospitales de la isla seguían fallando, y a final de cuenta nadie pudo justificar no enviar el Comfort.

Pero el barco solamente ayudó con un problema. El senador Rubio llegó con el Servicio Guardacostas el mismo día que Long y Bossert, y concluyó que la isla enfrentaba un reto mucho mayor: distribuir la asistencia en cantidades cada vez mayores en puertos y aeropuertos que solo funcionaban parcialmente.

María arruinó camiones y convirtió a los conductores en víctimas de los daños. E incluso si hubieran podido ir a trabajar, la escasez de combustible, que el gobierno puertorriqueño finalmente solucionó, y la cantidad de carreteras intransitables dificultaban mucho el transporte de suministros. Rubio pidió que se entregara la distribución de suministros a los militares, una solicitud que, dijo en retrospectiva, debió haberse hecho antes. Algunos miembros del gobierno de Rosselló se molestaron mucho.

“A ninguna organización gubernamental le gusta admitir que sus necesidades son mayores que su capacidad”, dijo Rubio al Herald/CPI. “Hasta el gobierno mismo fue una víctima de la tormenta, de muchas maneras…. La capacidad logística del gobierno quedó comprometida”.

LOS REFUERZOS DEL EJÉRCITO

El 27 de septiembre, una semana después que María tocó tierra, el Pentágono encargó al teniente general del Ejército Jeffrey Buchanan la supervisión de las operaciones de asistencia en tierra.

“Esto es lo peor que he visto nunca”, dijo Buchanan tres días después de llegar.

El militar había llegado por avión desde California, donde supervisó la respuesta a los incendios forestales. A pesar de ayudar a dirigir la respuesta en Texas después del huracán Harvey y en la Florida después de Irma, Buchanan dijo al Herald/CPI que no esperaba encontrar en Puerto Rico una situación tan crítica, especialmente en los hospitales.

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Jeffrey Buchanan, teniente general del Ejército de Estados Unidos, supervisa las operaciones militares de asistencia en Puerto Rico.

José A. Iglesias [email protected]

A pesar de los preocupantes reportes de su personal en el terreno, Trump y Elaine Duke, secretaria en funciones de Seguridad Nacional, restaron importancia a la magnitud del desastre. Duke dijo descuidadamente en una conferencia de prensa en la Casa Blanca que la respuesta a María era “una buena historia noticiosa”. Eso enfureció a la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, una potencial competidora de Rosselló a la reelección.

“Cuando uno está tomando agua de un arroyo, eso no es una buena noticia”, dijo estupefacta Cruz a CNN. “Cuando uno no tiene alimentos para un bebé, eso no es una buena historia noticiosa”.

Trump se trabó entonces en una prolongada pelea con Cruz en los medios sociales, y llegó a llamarla “grosera”. También dio a entender que los puertorriqueños —quienes estaban cortando árboles caídos y amarrando cables eléctricos en las calles por su cuenta— eran vagos.

“Tal es el mal liderazgo de la alcaldesa de San Juan, y de otros en Puerto Rico, que no pueden hacer que sus trabajadores ayuden”, tuiteó Trump. “Quieren que se lo hagan todo, cuando debe ser un esfuerzo comunitario. Los 10,000 trabajadores federales que están ahora en la isla realizan un labor fantástica”, agregó.

Al final, Trump visitó Puerto Rico el 3 de octubre y pasó cuatro horas en San Juan. Dijo que María no había sido una “catástrofe real”, como el huracán Katrina en Nueva Orleans. Entonces se dedicó a lanzar jubilosamente rollos de papel toalla a los refugiados en un albergue en Guaynabo. Diez días después, tuiteó que el gobierno federal no puede seguir ayudando a Puerto Rico “por siempre”.

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Un grupo de la Fuerza Aérea de Estados Unidos descarga un generador eléctrico y otros suministros de emergencia de un helicóptero Chinook tras aterrizar en la isla Culebra, en Puerto Rico, tras el paso del huracán María.

Pedro Portal [email protected]

Buchanan reconoció que parte de las críticas a la respuesta del gobierno federal a María eran válidas.

“Si usted está esperando ayuda, no tiene mucha paciencia”, dijo. “Y no debería tener paciencia”.

OSCURIDAD PROLONGADA

Inicialmente, el gobernador Rosselló y Ramos, el jefe de la empresa eléctrica, calcularon que la reanudación del servicio —un paso crucial para regresar a la normalidad— y reparar la red demoraría medio año.

Aproximadamente una semana después del paso de la tormenta, la Casa Blanca había encargado al Cuerpo de Ingenieros del Ejército la reconstrucción del sistema eléctrico de Puerto Rico. “Agradecemos esa ayuda debido a nuestro problema de liquidez”, dijo Ramos.

Pero Whitefish, el contratista de la empresa eléctrica puertorriqueña, sigue trabajando de manera paralela con el Cuerpo de Ingenieros. Y Ramos ha contratado a una segunda empresa, Power Secure, para acelerar las cosas: “El proceso del Cuerpo de Ingenieros se mueve con lentitud”, dijo.

Ante las críticas constantes en los medios locales de una población cada vez más impaciente sobre la falta de electricidad, Rosselló y Ramos presentaron el 14 de octubre un cronograma más acelerado de restauración del servicio, y prometieron que el 95 por ciento de los abonados tendrán electricidad para el 15 de diciembre, casi tres meses después de María.

El anuncio se hizo después que la FEMA entregó $128 millones a la empresa eléctrica puertorriqueña para trabajos de emergencia. La FEMA ya le había entregado a la empresa $213 millones para cubrir los costos relacionados con María.

El lunes, la FEMA y el Cuerpo de Ingenieros firmaron un contrato de $240 millones con Fluor, una importante firma de Texas, para liderar el proyecto en Puerto Rico. El Cuerpo de Ingenieros había contratado previamente a Weston Solutions, compañía de Pennsylvania, por $35 millones para reanudar las operaciones de la planta generadora de Palo Seco, en San Juan.

Para estas agencias que se financian con dinero de los contribuyentes, desembolsar esa cantidad de dinero demora un poco, dijo De La Campa.

“Estamos hablando de mucho dinero”, agregó. “Nuestra agencia tiene que ser fiscalmente responsable”.

LOS ALCALDES

Además de las agencias federales, estatales y los militares, parte de la respuesta recayó en los 78 alcaldes, un colorido y políticamente poderoso grupo cuyos miembros —dependiendo del día— alabaron, presionaron o rogaron a sus diferentes contrapartes en el gobierno.

Ni el gobierno puertorriqueño ni los militares tenían suficiente personal para organizar puntos de distribución para que la población fuera a recibir directamente los suministros, como hizo la Guardia Nacional en los Cayos de la Florida después de Irma. De manera que la FEMA se dedicó a entregar alimentos —en muchos casos raciones de papas fritas, caramelos y otras opciones poco saludables— y agua en zonas de almacenamientos regionales y encargaron a los alcaldes recogerla y distribuirla.

Pero no todas las alcaldías tenía camiones adecuadas, ni aparentemente buenas intenciones. El FBI está investigando a cinco alcaldes sospechosos de acaparar suministros u ofrecerlos a sus aliados políticos.

Sin embargo, Márquez, el alcalde de Maunabo, el poblado montañoso de unas 12,000 personas, defendió a los alcaldes, a quienes consideró que fueron los que respondieron a la tormenta con más efectividad.

“Si algo colapsó en esto, fue el gobierno”, dijo Márquez, del Partido Popular Democrático, de oposición. “No hubiéramos sobrevivido si no hubiera sido por las municipalidades”.

Márquez dio crédito a sus empleados y habitantes del lugar por limpiar las calles. Contrató a propietarios de camiones y tractores, aunque su municipio, golpeado también por las reducciones en el presupuesto de la isla, no puede pagarles por ahora.

“Todo es en préstamo hasta que la FEMA pueda pagar”, dijo.

Varios cientos de los vecinos de Maunabo pidieron lonas azules a la FEMA para sus techos, pero la semana pasada sólo llegaron 58, dijo el alcalde. Márquez estableció un hospital improvisado en la estación de policía, una sala de conferencias fue convertida en sala de emergencias con un par de camas, un catre y varios ventiladores. El director y el embalsamador de una funeraria quienes perdieron parte de su local se mudaron temporalmente a un edificio vacío al otro lado de la calle.

“ESTAMOS ABIERTOS”, decía un letrero en el frente.

Los soldados llevan agua y alimentos todas las mañanas desde la zona de almacenamiento regional en Ceiba. Los trabajadores comienzan la distribución a las 8 a.m. en el estadio de béisbol. Por lo general, los suministros se acaban para el mediodía. La comida escasea y es lo primero que se acaba. El martes se terminó a las 10 de la mañana.

“La gente pide pan. Y fórmula para bebés. Y Pampers para adultos”, dijo Luis Lafuente, asistente de alcalde.

En este momento, un mes después, no tenía nada de eso para entregar.

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Luis Torres barre el frente de la casa de su madre en un suburbio de San Juan, que fue seriamente dañada por el huracán María.

Carl Juste [email protected]

Sosa Pascual reporta para el Centro de Periodismo Investigativo de Puerto Rico (CPI), que trabajó con el Miami Herald en este reportaje. Tim Johnson, corresponsal de McClatchy, contribuyó desde Utuado, Puerto Rico.

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