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Cinco equívocos sobre el autismo

1. «Los autistas son discapacitados intelectuales»

La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que los trastornos del espectro autista (TEA) aparecen durante la infancia y tienden a persistir en la adolescencia y adultez. También señala que el nivel intelectual de las personas con TEA varía mucho de un caso a otro: pueden presentar desde un deterioro cognitivo profundo hasta altas aptitudes cognitivas.

Muchas personas con autismo se ven tan gravemente afectadas por los síntomas que no pueden llevar una vida independiente. Algunas nunca aprenden a hablar correctamente, tienden a autolesionarse o a enfurecerse. Otras también luchan contra los trastornos del sueño y de la conducta alimentaria o las fobias. Pero hay afectados que llevan una vida casi normal, tienen su propio apartamento, van de compras y trabajan en las mismas profesiones que los individuos no autistas. Algunos de ellos escriben sobre su vida con autismo y se han convertido en expertos del trastorno.

En otras palabras, cuando se habla de «personas autistas» se está hablando de una gama bastante amplia de personas. Así, el autista no existe. Cada vez más estudios apuntan en esa dirección. En 2007, investigadores dirigidos por Michelle Dawson, investigadora con autismo de la Universidad de Montreal, examinaron la inteligencia de niños y adultos con y sin TEA a partir de dos métodos de evaluación: la clásica Escala de Inteligencia de Wechsler y el test de matrices progresivas de Raven. En esta última, los participantes deben entender y continuar patrones concretos. El punto clave: la prueba de Raven no requiere las capacidades de hablar, escribir y leer. El estudio halló que si bien los sujetos no autistas lograban resultados muy similares en ambas pruebas, las personas con autismo se desempeñaron mejor en el test de Raven. Además, daban con las respuestas con mayor rapidez que las personas sin TEA. También se mostraron más hábiles en algunas soluciones. Por tanto, es posible que se subestime su inteligencia, concluye Laurent Mottron, investigador experto en autismo en la Universidad de Montreal y que cuenta con colaboradores autistas en su equipo. Mottron afirma: «El problema de la inteligencia es quizás un problema de los tests de evaluación».

El hecho de que las personas con autismo sean, de algún modo, superiores a los no autistas probablemente se halle relacionado con que su cerebro procesa los estímulos de manera diferente. Muchos científicos ven el autismo como un trastorno del procesamiento de la información y de alteraciones cerebrales asociadas con la capacidad percepción. Así, algunas áreas del cerebro, como los centros visuales, resultan más activas en las personas con TEA, mientras que las regiones que se relacionan con la planificación de la acción, la toma de decisiones y el control cognitivo presentan una menor excitabilidad. Mottron plantea la posibilidad de que el cerebro de las personas con autismo se haya especializado en otras cosas. Con todo, todavía estamos muy lejos de comprender los mecanismos neuronales exactos de este trastorno.

2. «Los autistas no tienen sentimientos»

La interacción social con otras personas suele ser difícil para los individuos con autismo. De niños, con frecuencia presentan problemas para establecer relaciones con sus compañeros: evitan las miradas y el contacto físico. A veces también parecen desinteresados. Ello contribuye a que persista la idea de que son emocionalmente fríos, e incluso incapaces de sentir nada.

En realidad, las personas con autismo tienen dificultad con las reglas tácitas de la comunicación humana, pues les resulta difícil interpretar los discursos, las expresiones faciales, el tono de voz o el lenguaje corporal de los demás. A menudo no responden a esas señales no verbales. Asimismo, tienen problemas para traducir sus emociones en expresiones faciales, gestos o tonos de voz y utilizarlas en contextos sociales. Dicho de otro modo, las personas con TEA tienen sentimientos como sus congéneres, pero no los comparten de la forma habitual.

Un metaanálisis llevado a cabo por Mirko Uljarevic de la Universidad de Cardiff, y Antonia Hamilton, de la Universidad de Nottingham, y en el que se anallizaron  48 estudios sobre el autismo y el procesamiento de las emociones, muestra que, en promedio, las personas con TEA tienen problemas para reconocer los sentimientos negativos. Algunos trabajos sugieren que poseen una teoría de la mente limitada, es decir, son menos capaces de ponerse en la piel del otro y, de este modo, anticipar sus pensamientos, expectativas y sentimientos. Pero otros estudios no han encontrado diferencias en el desarrollo de la teoría de la mente entre niños autistas y no autistas. Una vez más, el amplio espectro del autismo puede ser el punto de desacuerdo. Algunas personas con autismo pueden tener dificultades con esa capacidad social, pero otras no.

En otra investigación, científicos dirigidos por Giorgia Silani, de la Universidad de Viena, expusieron a sujetos con autismo altamente funcional, síndrome de Asperger o sin el trastorno ante dilemas morales clásicos: debían imaginar un tren que se dirigía hacia cinco personas, pero que, manipulando el cambio de agujas, podían desviar a una vía en la que solo arollaría una persona. ¿Qué decidirían? ¿Y si se les proponía que debían empujar a alguien a la vía para salvar a los otros cinco individuos? Como era de esperar, en el primer supuesto más de la mitad de los participantes decidieron sacrificar a una persona y salvar al grupo de cinco. Pero muchos se mostraron más reticentes cuando debían ensuciarse las manos. El experimento de Silani demostró que las personas con autismo no son una excepción en ese sentido: también dudaron un poco más cuando tienen que hacer daño a alguien directamente.

 Silani y sus colaboradores sugieren que la empatía limitada de las personas con autismo que revelan algunos estudios se encuentra relacionada con la llamada alexitimia o ceguera emocional. Es decir, por lo general, no pueden percibir o describir de forma adecuada sus propios sentimientos. Los investigadores no interpretan la alexitimia como un trastorno, sino como un rasgo de personalidad. Este se presenta con frecuencia en las personas con autismo, pero también afecta a personas no autistas.

3. «Las personas autistas son superdotadas»

La extendida creencia de que la mayoría de las personas con autismo tienen un don especial y pueden recitar el contenido de 12.000 libros de memoria o resolver mentalmente problemas de cálculo complejos con mayor rapidez que una calculadora de bolsillo se debe, probablemente, al cine y a la televisión. Desde, como muy tarde, el largometraje Rain Man, a menudo nos encontramos en las películas y series televisivas  en las que personajes con TEA son genios locos capaces de tirar la casa por la borda, pero que su mente es superior, en algunos aspectos, a la del resto de mortales.

Es cierto que muchas personas con autismo tienen intereses especiales, de manera que presentan una gran afición a ciertas cosas o acumulan conocimientos en un campo en particular. Pero una persona que eclipsa con creces las capacidades de otras en un campo determinado no manifiesta un signo de autismo; más bien presenta un síndrome del sabio o savant. 

Con todo, existe una cierta superposición entre ambas condiciones psicológicas: se estima que la mitad de todos los sabios son autistas, pero no todos los autistas son también sabios. De acuerdo con la teoría más común, alrededor de una de cada diez personas con autismo tiene el síndrome del sabio. Esta cifra se remonta a un estudio de 1978 en el que los investigadores examinaron a 5.400 niños autistas. En cerca de 530 de ellos, los padres reportaron habilidades inusuales de sus hijos. Sin embargo, investigaciones más recientes sugieren que ese tipo de talento es raro entre los niños con TEA. Por lo general, los sabios sin autismo tienen un trastorno del desarrollo o cognitivo distinto

[iStock/Jovanmandic]

4. «La vacunación causa autismo»

Un argumento popular entre los simpatizantes del movimiento antivacunas es que vacunar a los niños origina autismo. Como fundamento de esta tesis, con frecuencia se cita un estudio qye publicó en 1998 el médico Andrew Wakefield, junto con otros científicos, en la revista The LancetLos investigadores examinaron a 12 niños y determinaron una posible relación entre los síntomas del autismo y la vacuna triple vírica, que inmuniza contra el sarampión, la parotiditis (paperas) y la rubéola. En los años siguientes, surgió una controversia entre los científicos sobre los resultados del estudio, que llevó a que 10 de los 13 autores se distanciaran de los hallazgos de la investigación. Finalmente, The Lancet retiró el estudio. Según confirmó la revista, varios elementos de la investigación eran «incorrectos», especialmente el enfoque ético.

Por otra parte, el periodista Brian Deer aportó pruebas de que Wakefield había recibido apoyo de abogados que representaban a los padres de niños autistas, algunos de los cuales habían litigado contra fabricantes de la vacuna triple vírica. Ni la revista ni los coautores eran conscientes de este posible conflicto de intereses. Además, se dice que Wakefield solicitó una patente para una vacuna supuestamente segura antes de que apareciera el estudio y que posteriormente recomendó como reemplazo de la vacuna combinada.

En la actualidad, existen varios estudios que demuestran que no existe una relación entre la vacunación y el autismo. En 2015, investigadores dirigidos por Craig Newschaffer, de la Universidad Drexel, examinaron los datos de 95.000 niños para comprobar la correlación entre la vacuna triple vírica y el autismo. Al igual que otros trabajos anteriores, no encontraron un mayor riesgo de trastorno de TEA en los niños vacunados. Por otro lado, una revisión Cochrane de 2012, en la que los expertos examinaron más de 60 estudios sobre el autismo y la vacuna en cuestión. Llegaron a la misma conclusión. No obstante, los investigadores señalan que muchos de esos trabajos podrían mejorarse metodológicamente.

5. «El autismo puede curarse»

El autismo es incurable. Además, si se consideran las múltiples manifestaciones, resulta dudoso que algún día exista una «cura» integral. Por otra parte, para muchos investigadores, familiares y afectados resulta polémica la necesidad de una cura. Los críticos argumentan: las personas con autismo no están enfermas; simplemente, son diferentes. Por tanto, en lugar de limitarse a pensar en la mejor manera de oprimirles para que se amolden a un patrón preconcebido, se debería pensar en el modo de cambiar su entorno para hacerles más fácil el día a día,  de forma similar a lo que sucede con las personas invidentes o con discapacidad física.

Los síntomas individuales del TEA o de los trastornos comórbidos, que a menudo se asocian con el autismo, a veces se consiguen aliviar con medicamentos, como las rabietas, la ansiedad o la depresión. La psicoterapia también puede reducir los síntomas básicos, entre ellos, las dificultades de comunicación e interacción social. Sin embargo, la forma más efectiva de psicoterapia para el autismo ha sido hasta ahora objeto de controversia, en parte porque muchos métodos terapéuticos aún no se han investigado al detalle en relación con el autismo. Si un tratamiento tiene sentido y hasta qué punto depende de cada caso. Los terapeutas están de acuerdo, sobre todo, en un punto: la psicoterapia funciona mejor cuanto antes se inicie. Por ello, muchos esfuerzos van dirigidos a mejorar el diagnóstico precoz del autismo.

Los neurofarmacólogos también buscan métodos para aliviar los síntomas principales del autismo. En los últimos años, la investigación de la oxitocina ha experimentado un auge en este sentido. Algunos científicos sugieren que la administración de esta hormona en forma de aerosol nasal podría ayudar a superar los problemas de comunicación e interacción social de las personas con TEA. No obstante, por ahora los resultados de tales estudios dejan que desear, ya que bajo ciertas circunstancias, la oxitocina solo puede ayudar algo a algunas personas autistas. De hecho, todavía se sabe muy poco sobre los múltiples efectos de la oxitocina en el cerebro, así como sobre las causas neurológicas y los fenómenos que acompañan al autismo. Por ello, los expertos desaconsejan experimentar por cuenta propia con el medicamento.

Daniela Zeibig/ Spektrum.de 

Referencias:

«The level and nature of autistic intelligence». Michelle Dawson et al. en Psychological Science, vol. 18, n.o 8, págs. 657-662, 2007.

«The savant syndrome: an extraordinary condition. A synopsis: past, present, future». Darold A. Treffert en Philosophical Transactions of the Royal Society B, vol. 364, n.o 1522, mayo de 2009.

«Recognition of emotions in autism: A formal meta-analysis». Mirko Uljarevic y Antonia Hamilton en Journal of Autism and Developmental Disorders, vol. 42, n.o 7, págs. 1517-1526, 2012.

«Divergent roles of autistic and alexithymic traits in utilitarian moral judgments in adults with autism». Indrajeet Patil et al. publicado en línea en Scientific Reports el 29 de marzo de 2016.